El color de las amapas: El balón que cruzó el atlántico

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Por Ignacio Lagarda Lagarda
Ésta es la historia de un sueño y de dos naufragios. Un grupo de muchachos, náufragos de la miseria en la España franquista de la posguerra, arrojan al mar de la esperanza dentro de una botella su sueño, poder jugar al fútbol con un balón reglamentario. Al otro lado del océano, un emigrante español en México, náufrago del exilio tras la Guerra Civil, lee el mensaje y hace realidad el sueño. Esta es una historia que mezcló la ilusión de una juventud de posguerra, la emigración, el periodismo…y el fútbol.

La España de los años sesenta arrastraba las heridas de la guerra civil y la pobreza. Los pueblos de algunas regiones se vaciaban por la falta de trabajo, en los mercados faltaban muchas cosas, el dinero no sobraba, el analfabetismo seguía siendo un problema terrible. La clase media no existía en las zonas rurales. Los hombres pasaban el tiempo en los bares y las mujeres trabajaban como mulas en el campo o en casa. Una mujer trabajando en un pueblo de España era una cosa desconocida salvo que limpiara o cocinara en la casa de un rico.

Corría el año 1960, en un pueblo de 6,130 habitantes localizado en la provincia de Cáceres en Extremadura, ubicado en la penillanura cacereña entre las elevaciones de Cáceres y la sierra de San Pedro, llamado Malpartida de Cáceres, un grupo de muchachos tenía una gran pasión por el fútbol pero, más de veinte años de dictadura franquista han hundido al pueblo en la miseria.

En Malpartida de Cáceres no había campo de fútbol, ni dinero, ni trabajo. Pero sí unos muchachos con ganas de jugar al fútbol. Tenían afición, pero jugar fútbol no resultaba tan sencillo, sobre todo si el único balón que les ha dado el ayuntamiento se ha descosido una y otra vez, y una y otra vez lo han llevado a coser, hasta que ya no se puede arreglar más, y menos, en un terreno de juego que era de tierra y estaba lleno de piedras.

En esa época, el diario Marca era uno de los pocos periódicos que llegaban al pueblo, y particularmente a la peluquería donde trabajaba José Mateos Cambero, capitán del equipo de aquellos jugadores de futbol. El diario tenía una sección de cartas de los lectores titulado “El buzón de Marca”.

Cansado de dar patadas por campos de tierra y piedras a un balón mil veces remendado, Mateos, apodado “Risitas” por la permanente sonrisa que asomaba en su cara, una tarde de desocupación recostado sobre el sillón de la peluquería leyendo el diario Marca, tuvo una brillante idea: escribir al diario Marca, en nombre de todos los compañeros del equipo, una carta para pedir como regalo de Reyes a “un club, más o menos poderoso”, al que le sobre un balón, o a “una persona altruista, aficionada al fútbol”, un balón de profesional reglamentario “aunque sea usado”.

Quince días después, el miércoles 28 de diciembre de 1960, la carta de “Risitas” se publicó en la sección “Buzón de Marca” del diario con el siguiente texto:

Somos once muchachos que formamos un equipo sin fondos en metálico. El balón que teníamos se nos ha destrozado y ahora nos encontramos sin balón para jugar a nuestro deporte predilecto. Pensamos si en toda España no habrá un club, más o menos poderoso, al que le sobre un balón y quiera regalárnoslo. O si, en ausencia de altruismo de algún club, si no existirá alguna persona altruista aficionada al fútbol que quiera ponernos como regalo de Reyes, un balón aunque sea usado. En nombre de los ‘Once muchachos de Malpartida’, les da las gracias José Mateos.

Lo que esos aficionados al fútbol no podían imaginar es que su petición había llegado hasta México. En la ciudad de México, Rogelio Rodríguez de Bretaña, un emigrante español de la Guerra Civil de origen gallego, que dirigía el programa deportivo de radio Tirando a gol”, de Radio Información, en el que cada domingo informaba de los avatares y resultados de la liga española, se conmovió al leer la carta del diario y organizó una colecta solicitando entre los oyentes que quisieran colaborar la cantidad máxima de un peso por persona para adquirir aquel balón.

Los aficionados radioescuchas de “Tirando a gol” respondieron al llamado del náufrago del exilio y fue posible comprar el ansiado balón.

Poco tiempo después Rodríguez de Bretaña, desde el otro lado del Atlántico, enviaba en un vuelo de Iberia, que no cobró por el flete, un balón de cuero, hecho a mano hasta la redacción del diario Marca en Madrid con una dedicatoria que decía: “…como una prueba de afecto y solidaridad deportiva de un grupo de aficionados de México”.

Mientras tanto en Malpartida de Cáceres, aunque los muchachos vieron publicada su carta en las páginas del periódico, pasaba el tiempo y su ilusión se iba apagando poco a poco, por la falta de una respuesta que no llegaba, hasta que el 24 de febrero de 1961, cuando los futbolistas ya daban su esperanza por perdida, el mensaje de socorro de los náufragos cacereños tuvo respuesta en forma de una carta que llegada desde la redacción de Marca anunciando el envío de un balón.

El balón viajó desde Madrid hasta Malpartida de Cáceres en manos de los periodistas Carlos Méndez “Cronos”, Martínez Gandía y el fotógrafo Alfredo Benito. Al llegar al pueblo, los periodistas se encontraron con un recibimiento extraordinario. Todo estaba preparado para la ceremonia de entrega de aquel balón que les permitiría a los chicos seguir jugando.

Todo el pueblo de Malpartida se puso de fiesta ante la llegada de aquel ansiado regalo, pero el alcalde, que recibió personalmente y en ceremonia oficial el presente que enviaban desde México, decidió que aquello era demasiado importante como para ser pateado día tras día, así que mandó habilitar una vitrina especial para que el balón fuera expuesto en el ayuntamiento de la localidad y no permitió que nadie jugara con él.

El domingo siguiente se jugó un partido con otro equipo de la zona para seguir festejando el gesto solidario llegado desde tan lejos. Pero no se jugó con aquel balón de cuero tan maravilloso.

Los muchachos no entendieron la razón y los once organizaron una pequeña venganza: hicieron desaparecer para siempre la válvula que hacía falta para inflar el balón. En el pueblo no había nada parecido para inflarlo y cuando perdió aire, así se quedó. El balón terminó desapareciendo y no hay nadie que sepa dónde fue a parar. El balón que vino de México nunca botó por los campos de fútbol extremeños ni recibió las patadas de los once muchachos que lo pidieron. Hasta ahora, ninguno de ellos confiesa quién se quedó con la irremplazable boquilla.

El regalo mexicano fue el punto de partida para que el fútbol fuera la religión más importante de Malpartida.

Aquel balón cambió la historia del fútbol en aquel pueblo cacereño y consiguió que la población se interesara por ese deporte de una forma más seria.

Con el tiempo, los muchachos recibieron uniformes completos y algunos balones cedidos por equipos profesionales como el Atlético de Madrid, y así, comenzó a instalarse una gran afición por el fútbol en el pueblo.

Hoy en día, Malpartida de Cáceres cuenta con un equipo de fútbol llamado CP Malpartida que juega en Primera Regional, en el campo de fútbol Vicente del Bosque situado en la ciudad deportiva Emiliano Pedrazo inaugurada por Don Vicente del Bosque González, marqués de Del Bosque el 30 de diciembre de 2010.

Esta historia sirve también para recordar recordar que México y España, esas dos orillas del Atlántico, no serán nunca una frontera, sino una puerta, como quería Tomás Segovia, por la que pasan de ida y vuelta el cariño, la complicidad, el agradecimiento.

En 2009, la historia sirvió también de inspiración a Jerónimo García Castela para filmar el documental “El balón que vino de México”, que ha ganado varios premios internacionales, entre otros el del I Certamen Audiovisual Internacional sobre Migraciones y Exilios de la Asociación Española de Cine e Imagen Científicos (Asecic) y la UNED.

 

 

*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


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One thought on “El color de las amapas: El balón que cruzó el atlántico

  1. Hace unos días con mis tíos recordábamos al Abuelo. Soy la nieta mayor de Rogelio Rodríguez de Bretaña y con gusto les comparto que fue su primogénito, Alexandro Rodríguez y Martín quien compró el balón por encargo de su padre y quien lo llevó a la compañía aérea a pasados sus setenta años se emociona al recordar y platicar esta historia, que a todos nos fascina.
    Un abrazo y nuestro agradecimiento por este hermoso homenaje y recuerdo.
    De parte de sus hijos (Alda, Alexandro, Pilar y Marina); de sus nietos (Karime, Alejandra, Adrian, Martha Milagros y Rogelio Alejandro) y sus bisnietos (Regina Sofía, Kitzia, María José, Diego y Adrian).
    Un abrazo de agradecimiento
    Karime Peñuelas Rodríguez

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