Ludibria: La serpiente y el paraíso

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Ramón I. Martínez
Ramón I. Martínez. La ChicharraSi bien se dice que la historia la escriben los vencedores, esto era válido en los tiempos antiguo ante la ausencia de documentos accesibles para las mayorías. En la actualidad la historia se escribe casi al mismo tiempo en que ocurren los hechos, y es relativamente más fácil encontrar versiones distintas en las que vemos consagradas por el sistema escolar y no por los mass media, sino por la acuciosa labor de investigadores y divulgadores de aquello que los vencedores han pretendido ocultar. Muestra de esta labor acuciosa es el ensayo histórico de César Vidal, La estrategia de la conspiración. Conjuras antidemocráticas en el siglo xx (Barcelona: Ediciones B, 2006, 378 pp).

La historia de las conspiraciones es tan antigua como la humanidad si hemos de tomar a pie juntillas el relato bíblico de Eva tentada por la serpiente (el primer conspirador) que convenció a Eva y ésta a su vez contra Dios (e.d., el poder establecido). Como suele suceder, las acciones de quienes fueron llevado por el conspirador se revirtieron en su contra. La presente obra –estructurada a partir de documentos en parte inéditos procedentes, entre otras fuentes, de los archivos secretos de la URSS– analiza conspiraciones y las agrupa en dos tipos: La conspiración utópica: Lenin, Mussolini, Hitler, Franco, la conspiración soviética en los estados de Europa del este; La conspiración de contención: El asesinato de John F. Kennedy, la caída de Allende o la conspiración contra la revolución. Y remata con una profundo análisis de estas conspiraciones buscando las condiciones que las hicieron posibles, y partiendo de este análisis logra establecer las perspectivas de las democracias. La democracia considerada como la menos mala forma de gobierno conocida.

A propósito del conspiraciones utópicas, apunta el autor: “Sus protagonistas pretendían alcanzaar a cualquier coste lo que consideraban una utopía realizable y para ello no sólo conspiraron contra la democracia sino que abrazaron con entusiasmo la idea de eliminar cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. Los resultados, sin embargo, distaron de ser tan felices como pensaron millones de personas millones de personas que los persiguieron.” (p. 17) El caso de Lenin es paradigmático. Financiado con recursos de Alemania (que en ese momento se encontraba en guerra con la URSS, lo cual constituye un delito de traición a la patria) se esforzó por medio de la agitación y de la conjura política en acabar con la incipiente monarquía constitucionalista que se estaba buscando a través de la realización de las Dumas (congresos). Desestabilizó el país y, si bien en un principio se pronunció en contra de los soviets, propagando une serie de calumnias logró que los soviets derrotaran a la naciente democracia Rusia (revolución de octubre de 1917), en un golpe de estado que entronizó a los bolcheviques –que contrario a su nombre no constituían la mayoría ni muchos menos; éstos se hicieron del poder desatando una represión y exterminio con tal de imponer su proyecto político. Según Lenin, era el precio indispensable para que el proletario asumiera el poder, siendo que estos fueron los primeros en sufrir las terribles consecuencias. Stalin no fue novedoso en la represión y el genocidio: Lenin ya le había puesto el ejemplo, según lo documenta Cesar Vidal.

Mussolini –que a decir de Lenin “era el único revolucionario verdadero de Italia”–, se valió de los facios para sembrar el terror y luego con el mayor descaro decir “que los únicos que podían poner orden en la república eran los fascistas”; si bien no llegó al poder por un golpe de estado sino por la vía democrática (vale decir, vías viciadas en unas elecciones por decir los menos fraudulentas), una vez en el poder embarcó en una aventura bélica insaciable cuyas consecuencias terribles culminaron con la derrota de la segunda guerra mundial.

Caso muy similar fue el de su discípulo dilecto Hitler (utopista racial), con todo y el fracasao Putsch de Munich. Tratado con suma indulgencia de su intento de golpe de estado (lo subestimaron), logró hacerse apoyar por los grandes industriales (que lo veían como favorecedor a sus intereses); merced a una campaña de terror por sus fuerzas paramilitares y aprovechando el descontanto popular, logró acceder al poder eliminando a quien se le pusiera enfrente. La historia de las desgracias acarreadas por el Tercer Reich son de dominio público; el autor esclarece y detalla las redes y complicidades que lo permitieron (Stalin incluido), desde las cúpulas del poder.

El asesinato de Kennedy pertenece a una conspiración de contención, pues si bien el presidente no atentaba contra la democracia, sí atentó contra los poderes fácticos (CIA incluida con sus nexos con la mafia), entre los cuales destaca ese complejo armamentístico referido Por Eisenhower en su discurso de despedida: “…La conjunción de una inmensa estructura militar y de una considerable industria armametística es nueva en la experiencia americana… tenemos que protegernos contra la adquisición de una influencia sin garantías, sea o no buscada, por parte del complejo industrial militar… Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestra libertades o los procesos democráticos.”

¿Sobrevivirán las democracias a las conspiraciones? El precio de la libertad es la vigilancia constante. Con un concienzudo análisis a la luz de las conpiraciones analizadas, César Vidal da pie a la esperanza. La respuesta a esta pregunta la tiene la acción de los pueblos. Nunca hay que subestimar a los conspiradores, sino desarmarlos a tiempo. De ello, la historia da muestras fehacientes. Como las presentadas por el presente ensayo histórico.

 

 

*Ramón I. Martínez (Hermosillo, 1971) Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, profesor a nivel bachillerato en el Distrito Federal. Ha publicado Cuerpo breve (IPN-Fundación RAF, 2009). Cursa el doctorado en Humanidades en la UAM-Iztapalapa.


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