Reseña: Stoner (1965) de John Williams

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Por: Álex Ramírez-Arballo
En una fría mañana de enero de 2009 Barack Obama tomó posesión de su cargo como presidente de los Estados Unidos. Ese día impartí mi clase en Penn State University -como cada mañana- aunque en dicha ocasión tres cuartas partes de mis alumnos se habían ausentado porque habían viajado hasta Washington contagiados de una profunda esperanza. La clase fue corta y dispersa: a la distancia, nosotros compartíamos el mismo entusiasmo de nuestra patriótica expedición y desvariamos impunemente hablando de esto y lo otro; terminamos antes de lo debido. Me sobró pues un poco de tiempo y decidí utilizarlo en comprarme un café y leer una novela guarecido del frío brutal en un cafetín de nuestro pueblo. La novela era Stoner de John Williams (1922-1994) y no sabía al leer sus primeras palabras que estaba a punto de entrar en un universo narrativo que literalmente me conmovería hasta las lágrimas; aun más, puedo afirmar hoy, en el invierno de 2017, que éste ha sido un libro que no he podido olvidar en todos estos años.

La historia es sencilla, un chico del medio oeste norteamericano, hijo único de unos granjeros con una férrea ética del trabajo, es enviado a la universidad a estudiar agronomía. Los padres, pobrísimos y estoicos, han decidido hacer un esfuerzo sobrehumano para conseguir que su hijo aprenda nuevas técnicas que ayuden al desarrollo de su granja; sin embargo, un día, durante una clase de literatura, un maestro ejemplar dice algo, pronuncia una frase mágica que, combinada con la atmósfera de una tarde sofocada del verano de Misuri, le revelan al joven William Stoner los poderes luminosos de la poesía. Obedece el llamado y decide dejarlo todo, quiero decir, las ciencias agronómicas para dedicarse en cuerpo y alma al estudio de las letras clásicas.

No les dice nada a sus padres. Concluye sus estudios y los invita a la ceremonia de graduación; los viejos se desplazan desde la granja en su carreta y observan todo aquel ritual académico con auténtico azoro. Acabadas las celebraciones se retiran a su casa, los tres a bordo del mismo armatoste. El joven Stoner les comunica después de algunos días la verdad: no es agrónomo y, algo más, tiene pensado volver a la ciudad en unas semanas para ocupar un puesto como profesor en la misma universidad donde ha obtenido su grado. Los viejos están destinados a morir solos en su granja.

Así es como Stoner comienza una carrera académica en la que no hay brillos ni reconocimientos. Jamás consigue ascender al grado de full professor porque le faltan habilidades para las relaciones públicas y le sobra dignidad; las intrigas palaciegas propias de la academia, el matrimonio fallido con una neurasténica clasemediera y el peso demoledor de la costumbre hacen de la vida de Stoner un doloroso mosaico de grisuras. Hay una sola floración en su existencia, los meses en que compartió cama y lecturas con una de sus antiguas estudiantes: todo lo demás es fracaso, pero él resiste y confía.

Me emociona el carácter del héroe vencido, la pobreza de espíritu, el talante, la simplicidad franciscana de un hombre que se deja tocar el alma al escuchar unas cuantas palabras de su profesor de literatura: “Shakespeare le está hablando a través de trescientos años”. Lloro ante la imagen de un caballero incapaz de comprender el lenguaje de un mundo envilecido, cerrado e indiferente. Ciertamente esta novela de Williams posee un temple particular, un ánimo de profunda melancolía que nos interpela si es que además de lectores somos personas con alma y corazón. Williams ha escrito una catedral simplísima, minúscula y cotidiana en la que oficia el misterio de la decepción humana, de los sueños frustrados, las traiciones y el dolor ineludible de la conciencia; pero no hay melodrama: la vida pasa a su ritmo, cuesta arriba y sembrada de escollos y profundas injusticias; tampoco hay gimoteos sino resistencia callada y detrás de todo, como telón de fondo, la consolación de la lectura en solitario.

Tal vez Stoner me conmueva tanto porque algo de mi biografía va en ella, pero también y sobre todo porque representa el amor radical a la literatura, la sencillez esforzada del mundo rural, que es primigenio y por ello nos habla de nuestro estado original, y por último por el hecho simple de mostrar la fuerza y la dignidad que encierra la defensa del honor y la ética, aspectos hoy arrancados de lo cotidiano y arrojados al bote de las ridiculeces.

Hace ocho años, mientras a Barack Obama lo hacían presidente de este país en un día de mucha alegría para algunos y mucha nieve para todos, yo me encontraba sin querer un auténtico tesoro; hoy, aquí, al salir de mis clases me refugio en el mismo sitio para leer una vez más esta magnifica pieza literaria. Sé que lloraré y que cerraré el libro con nostalgia porque nuevamente me sentiré atravesado por el relámpago invisible de la poesía y la certeza de que el tiempo pasa y, digan lo que digan los entusiastas incurables, nos arrastra sin más remedio: nuestro destino natural es el morir y todo lo demás será silencio, abdicación y olvido

Les tengo una tarea, muchachos: vayan y lean esta obra maestra, sé que me lo agradecerán toda la vida.

 

 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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