La trascendencia humana de Leonard Cohen

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Por Carlos Montenegro
Imagina esta escena: Él se despierta una mañana y mira por la ventana. Es el Montreal de mediados de los 60’s y está listo para reunirse con ella. Es todo lo que puede soñar: Hermosa, casada, inalcanzable… De pronto lo siente. Siente que todo es correcto. Es la mujer que va a enseñarle “donde mirar entre la basura y las flores”. Es el momento indicado y el lugar preciso para ese encuentro. Y siente el ansia, pero una que va más allá de sus deseos carnales. Ansia de entendimiento mutuo, de ese que ocurre pocas veces en la vida, que irresistiblemente nos atrae a unos con otros, dejándonos con poco que hacer al respecto más que lidiar con ello. Por un momento, quedan irresistiblemente solos el uno para el otro y de igual forma tienen que lidiar con ello así como lidian con sus cuerpos y con sus corazones, almas y mentes. Todo en la más absoluta necesidad de saciar ese apetito urgente, esa ansia que va más allá del deseo físico. Esa ansia que en determinado momento adquiere un concepto abstracto y se vuelve una unión de espíritus que de pronto y sin avisar pasa a ser una comunión con Jesucristo que nos avisa que no estamos ante una canción de amor, sino una canción de trascendencia humana que ocurre gracias al vínculo entre dos seres en una escena de simpleza absoluta en la que Suzanne Verdal sirve té y naranjas  a Leonard Cohen. La escueta escena de dos “amantes” que adquieren ese nombre a pulso en un acto donde lo físico pasa a un plano secundario y la trascendencia los roba por completo.

“Jesús era  marinero cuando caminaba sobre las aguas.

Y pasó mucho tiempo observando desde su solitaria torre de madera y cuando supo con certeza que sólo los hombres ahogándose podían verlo dijo ‘todos los hombres sean marineros hasta que el mar los libere’.

Pero él mismo estaba roto, mucho antes de que el cielo se abriera. Abandonado, casi humano, se hundió bajo tu sabiduría como una piedra.”

Es la letra de “Suzanne” de 1967. Ha muerto Leonard Cohen a los 82 años y es difícil plasmar en palabras el objetivo de hacer justicia a la enorme figura que el mítico poeta y cantante representa, por ende parece simplemente conveniente comenzar hablando de trascendencia humana para departir de su vida y su obra.

Imagina la siguiente escena ahora: Un hombre perdido en el tiempo y espacio se ayuda a encontrarse a sí mismo mediante la música de Cohen. Apenas conoce su obra pero el afecto que le provocan sus temas lo hacen transportarse a diferentes tiempos y lugares.

“Hey, That’s No Way To Say Goodbye” lo hace transportarse a una tranquila mañana en la que el sol pega directamente sobre sus ojos mientras que su compañía hace lo propio sobre su corazón.“Famous Blue Raincoat” lo hace vivir una vida distinta transportándolo a una fría Nueva York en vísperas del año nuevo donde la nostalgia se cruza con recuerdos de traición e incertidumbre. La grandilocuencia de “First We Take Manhattan” lo remite muy cerca de ahí, al peligro, a la anarquía orquestada por una sinfonía ochentera llena de sintetizadores.

“Hallelujah” lo coloca en medio de una crisis existencial acerca de la fe, la vida y el amor. La música de Cohen lo hace sentir emociones intensas. “Democracy” lo coloca en una fársica América donde la sociedad juega a engañarse y fingir bienestar para ocultar lo podrida que se encuentra. De pronto Cohen lo hace cuestionarse. Hace que le importe. Le otorga trascendencia o al menos los deseos de lograrla.

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Imagina esta última escena: Es septiembre de 1934 en los suburbios de Montreal, Canadá. Un niño al que llamarían Leonard Norman Cohen nace en medio de una familia judía intelectual de clase media. Este niño crece y comienza a perseguir sus intereses en la poesía y la música mientras también se sumerge en la teología judía y las historias del Antiguo Testamento, lo cual en muchos sentidos proporciona los planos e influencias de gran parte de su obra posterior, que se extenderá por los mundos de la literatura, la mitología, la poesía y la simple canción con una lirica magistral que definitivamente se convertirá eventualmente uno de sus rasgos definitorios.

Comienza a tocar la guitarra a los 13 años pero su gran afinidad por los trabajos de Federico García Lorca y Jack Kerouac al final puede más a la hora de decidir su futuro.  Asiste a la Universidad McGill en 1951 pero de alguna manera sus escritos tienen prioridad sobre sus estudios. Se gradúa en 1955, y al año siguiente publica su primera colección de poemas. Tras unos años probando suerte como escritor llega a la conclusión de que no será capaz de ganarse la vida con esa única profesión, y empieza a explorar de nuevo la música, viéndola no sólo como un vehículo natural para su poesía, sino también como uno potencialmente más lucrativo.

Ya entrado en sus 30’s, se muda a Nueva York para estudiar la música de la ciudad. Firma con Columbia Records y en 1967 nace Songs of Leonard Cohen, su álbum debut, en el cual se incluye “So Long Marianne”, tributo a una de sus musas, Marianne Jensen, a quien definiría como “la mujer más hermosa que conoció en su vida”. Su trabajo como cantautor combina deliciosos arreglos suaves, con su barítono distintivo y entrega letras magistrales llenas de melancolía que van sobre temas como sexualidad, amor, espiritualidad y desesperación en canciones que de alguna manera consiguen ser simultáneamente simples y complejas. A partir de ahí intercala su obra con discos y diversos libros de poesía.  En 1974, graba “Chelsea Hotel No. 2”, basada en un encuentro amoroso que tuvo con la cantante Janis Joplin en dicho hotel y en la cual hace la poderosa declaración “Somos feos pero tenemos la música”. Una década después nace “Hallelujah”, probablemente su tema más reconocido y aunque no precisamente por su voz ya que eventualmente sería grabado por más de un centenar de cantantes y grupos distintos. Después de no grabar nada por casi una década, en 1999 regresa con el álbum Ten New Songs, que incluye el tema “In My Secret Life”, una impresionante y pegajosa melodía con una lírica aún más destacable y digna del más clásico Cohen. Se mantiene activo con la llegada del nuevo milenio, lanza nuevos álbumes que parecen demostrar que, como el buen vino, el talento de Cohen solo mejora con el paso de los años. En 2011 es reconocido con el premio Príncipe de Asturias de las Letras.

En julio de 2016 fallece Marianne Jensen, su eterna musa y el aparente amor de su vida. Cohen le escribe una emotiva carta en la que le dice “Estoy tan cerca de ti que si estiras tu mano creo que puedes alcanzar la mía”. En octubre de 2016 lanza el álbum You Want It Darker, cuyo tema principal homónimo comienza con las palabras “Estoy listo, mi señor”. Ese mismo mes hace unas declaraciones sobre lo tranquilo que se encuentra respecto a su propia mortalidad. En noviembre de 2016 fallece dejando la sensación de haber tenido una vida completa y un final lejano a toda la tristeza y tragedia que comúnmente invade al mundo de la música. Un curso natural que llega a su conclusión con una obra final pulcramente planeada, como suele ocurrir cuando se desea esa trascendencia que ni siquiera la muerte puede opacar. Imagina esta larga escena y luego imagina el puerto de Montreal, “Suzanne” inmortalizada para siempre. Finalmente imagina al hombre perdido en el tiempo y el espacio, quien tiene la música de Cohen para recordarle que hay una trascendencia allá fuera y que simplemente, a ojo de buen cubero, está finalmente ha alcanzado al buen Leonard. Descanse en paz Leonard Cohen.

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