La Perinola: Confesión de Tolstoi

Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmail

Por: Álex Ramírez-Arballo
Hay libros y autores que contienen auténticas respuestas a las preguntas que una y otra vez me he hecho a lo largo de la vida. Son estos textos los que más hondo me calan, los que, por qué no decirlo, me han ayudado a vivir y han arrojado un cono de luz ahí donde no había sino sombras y silencio. A esos libros vuelvo todo el tiempo, no tan a menudo como quisiera, pero siempre con la misma sensación de pertenencia intelectual y moral que me alienta a reconocerme en ellos como en una estirpe.

Confesión (1880) de Tolstoi es un texto fundamental en su obra y en su vida porque entraña un debate existencial que busca ser resuelto de algún modo; al principio, el escritor ruso busca conseguir dicho cometido siguiendo los caminos de la razón y concluye recurriendo a andar los senderos del corazón, que son los únicos que pueden llevarnos a alguna parte. Aristócrata y violento, en sus años mozos Tolstoi se lanza a la vida con auténtico frenesí, devorando libros y abrazando la carrera militar (participó en la guerra de Crimea), bebiendo con un vitalismo extremo el tiempo que le había tocado en suerte. Autor de Guerra y paz y Anna Karenina, alcanza fama mundial como un auténtico clásico viviente; a la fama le vino aparejada la solvencia económica y la incorporación a la élite intelectual rusa. Es ahí, entre aquellos encumbrados de las letras, que Tolstoi comienza a preguntarse por qué a pesar de ser un hombre saludable, intelectualmente fuerte y próspero no encontraba el sosiego interior que se le supondría a cualquiera que se encontrara en una situación como la suya:

“Pues bien, una vez comencé a dudar de la veracidad de la religión de los escritores, me puse a observar más de cerca a sus sacerdotes y me convencí de que casi todos los sacerdotes de dicha fe –los escritores- eran personas inmorales, la mayoría de carácter malo y ruin, muy por debajo de las personas que había conocido durante mi vida anterior, mi vida militar y mi vida disipada, pero estaban seguros de sí mismos y se sentían satisfechos como sólo pueden estarlo los santos o los que ignoran qué es la santidad”.

Realizando un esfuerzo intelectual titánico, junto con Camus se enfrenta al doloroso y altísimo deber de resolver la madre de todas las cuestiones: “¿Para qué he nacido?” o “¿cuál es el sentido de todo esto?” Por principio, asumió con Schopenhauer, con Aristóteles, con Salomón y con Buda que la vida es un mal en sí mismo, una especie de patología de la que es preciso curarse con el suicidio; sin embargo, advirtió muy prontamente que ante el abismo de la nada sentía un vértigo que lo devolvía a este lado de la conciencia. Era como si la vida insistiera en perdurar en su carne. Esta vocación de existencia le sugería alguna respuesta, lo que después, con el concurso de la religión, la vivencia de la fe de los campesinos y la superación racional del antagonismo entre lo finito y lo infinito, hubo de consolidarse en la idea de que: “Los actos del pueblo trabajador, de aquellos que crean la vida, se me presentaron como el único camino posible. Comprendí que el sentido que proporcionaba esa vida era la verdad, y la acepté”,

El primer libro que leí de Tolstoi fue La muerte de Ivan Ilich, en una de mis clases de literatura comparada; me conmovió hondamente y me produjo un enorme deseo de leer más al autor de aquel relato. Así lo hice, aunque con menor fortuna: Guerra y Paz -como Anna Karenina– me resultaron pesadas y por momentos soporíferas. No fue el Tolstoi novelista sino el pensador terrenal, cristiano y radicalmente libre el que me ayudo a comprender mi condición humana. Sé que estas cosas, dichas así, en este tono y en pleno siglo XXI pueden parecer un disparate, pero a mí esos posibles desprecios me importan muy poco. Desde pequeño he buscado en la literatura un camino de vida, y en esa jornada he apostado fuerte. No me arrepiento. Ahora puedo decir junto con Tolstoi: “Sin fe es imposible vivir”.

Si usted piensa que vivir es un juego, una broma cruel a la que hay que responder con indiferencia, o si siente que no hay más sentido en esta vida que “fumarse” uno a uno los capítulos de The Walking Dead, entonces absténgase de leer este hermoso libro: los bostezos pueden ocasionarle una luxación mandibular.

Dicho queda.

 

 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster.


– PUBLICIDAD –


Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmail

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *