Espejo desenterrado: Another brick in the wall

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Por Karla Valenzuela
Hay una anécdota que relata que durante la visita del fundador del surrealismo, André Bretón, a México, éste concluyó que era el país más surrealista del mundo, y es que cuentan que el escritor francés –maravillado por la artesanía mexicana- solicitó a un carpintero una silla y la bocetó. En el dibujo, la cuarta pata quedaba oculta por el asiento, así que días después, el carpintero le entregó, sí, una silla perfectamente labrada a Bretón, pero con sólo tres patas, según se veía en el modelo del europeo. Más tarde, también Salvador Dalí llamaría surreal a estas tierras.

Han pasado los años  y aún México puede asociarse con el surrealismo, aunque esté del todo anquilosado.

La visita “amistosa” de Donald Trump a México no dejó buena imagen de ninguno de los dos personajes en cuestión: ni del candidato republicano, ni del presidente Peña Nieto. Es más, esa visita no debió darse, como tampoco debió darse la invitación.

“Fue surrealista porque Trump ha dedicado toda su campaña a pintar a México como una nación de violadores, traficantes de drogas y de comerciantes estafadores; quienes tienen que pagar por el muro de más de 3 mil kilómetros de largo que quiere construir en la frontera”, sentenció este día una editorial del New York Times.

Y es que, según se vio, el candidato se comportó más o menos adecuadamente y hasta –digamos- guardó la compostura, pero no desaprovechó la ocasión para dejar en claro que sí habrá muro y que no se discutió quién lo va a pagar.

Por el contrario, Enrique trató al “señor” candidato como si ya fuera un jefe de Estado. Es cierto, dijo que los mexicanos de aquí y de allá merecemos respeto, pero a mi gusto le faltó ser enfático, le faltó dureza al hablar, le faltó –por supuesto- severidad, por lo menos en la rueda de prensa; incluso, pese a todo lo que yo opine sobre los desplantes y mala educación de Vicente Fox, me atrevo a asegurar que él hubiera tratado a Donald Trump como se merece, con todas las carencias lingüísticas que pudiera tener, con todo el mal gusto que se notaba hasta en sus zapatos de charol, Fox hubiera hecho de las suyas y le hubiera dicho “comes y te vas” y ahí sí hubiera sido de buen gusto ser intolerante y exigir una disculpa al pueblo de México. Si no era así, no sé para qué lo invitaron y sí sé para qué vino: para burlarse de nuevo de los mexicanos y dar una cara aquí y otra apenitas pasando la frontera, donde –entonces sí- despotricó contra México y contra los mexicanos que viven en Estados Unidos.

Este jueves, gracias al cielo, EPN contestó al “México will pay for the wall” de Trump un contundente: “Repito lo que le dije personalmente, Sr. Trump: México jamás pagaría por un muro”, y todos nos quedamos con un “ya se armó la revuelta”.

Les soy sincera, no me gusta este surrealismo, aunque sí me gusta el arte de ese movimiento, pero la política, estimado lector, está muy lejos de parecer artística y  estas cosas seguirán pasando mientras no derribemos como ciudadanos los muros que nos impone el miedo, la desidia, la conformidad.

Yo no sé si será que la canción de Pink Floyd de veras nunca pase de moda, pero es totalmente cierta, con toda la fatalidad que implica, lo de Trump, como muchas cosas, no deja de ser Another brick in the wall.

 

 

 

*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.


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