Luces y sombras: El olimpismo, supremacía política y doping

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Por: Armando Zamora
Armando ZamoraRÍO DE JANEIRO (Enviado especial por La Chicharra). Ambos son paseos turísticos obligados para quienes viajan a Río de Janeiro: el Cristo Redentor, o Cristo de Corcovado, una estatua de 38 metros considerada como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno, ubicada en el cerro del Corcovado, un monte de 713 metros, y el Pão de Açúcar (o “Pan de Azúcar”), un gigantesco monolito de granito de casi 400 metros de altitud, situado en la entrada de la Bahía de Guanabara.

En los Juegos Olímpicos de Río 2016, el Cristo de Corcovado y el Pan de Azúcar han resultado excelentes postales para la televisión, y han servido para ocultar lo que los medios de comunicación le niegan a la realidad: una creciente inconformidad social, una delincuencia galopante que ha golpeado a los turistas y a los atletas, una pobreza indignante —tan ofensiva como las hermosas vallas promocionales colocadas sobre las avenidas para que los turistas no puedan ver las favelas o barrios miserables e irregulares que hormiguean detrás de esos anuncios— y una desorganización inmensa, tan grande casi como los paseos turísticos de marras.

Los Juegos de Río han sido un fracaso en casi todos los aspectos, incluido el deportivo. Y era de esperarse, porque nunca como ahora estamos ante unas olimpiadas con un fuerte tufo a clientelismo político y económico.

Puede decirse que el olimpismo, tal como lo soñó el pedagogo francés Pierre de Freddy, Barón de Coubertín, hace mucho que dejó de existir: la llegada de los deportistas profesionales, el guerra de la televisión y de las marcas patrocinadoras y la utilización del deporte con fines políticos e ideológicos terminaron por enterrar la mítica frase: “Lo importante no es ganar, sino competir” para darle paso a “Ganar no sólo es importante: ganar es lo único que vale”.

Así, los atletas que radican y entrenan en países del tercer mundo, o para estar a tono con las “Olimpiadas políticamente correctas” de Río: países emergentes, no tienen posibilidad alguna de destacar en los escenarios deportivos y se quedan siempre en la orilla de la orilla. Irónicamente, son esos atletas los que le dan el aire de democracia representativa a los juegos, indispensable para legitimarse como certamen de nivel mundial. Sí: hay representantes de todos los países, la mayoría asiste al alcanzar el mínimo puntaje requerido, y los países que no lo alcanzan pueden estar en los juegos gracias a una invitación que les extiende la federación internacional correspondiente, que se prestan al juego del Comité Olímpico Internacional (COI), la mafia más alta del deporte en el planeta.

La XXXI Olimpiada ha resultado un verdadero espectáculo mediático, tipo show de medio tiempo del Súper Bowl, en el que sólo un puñado de atletas han llamado la atención por su arrasadora participación, borrando cualquier mínima intención de sospecha de doping.

Porque en el deporte de alto rendimiento de nuestros días es prácticamente imposible que un tipo de 31 años siga dominando la natación —una competencia extremadamente difícil y que exige un esfuerzo inaudito— sin la ayuda de sustancias no permitidas para elevar su rendimiento. Y que lo haga prácticamente todos los días tendría que alimentar no sólo los noticiarios y las páginas de la prensa que se desbordan en halagados hacia un nadador norteamericano, sino también al menos una mínima sospecha de que hay algo irregular en ello.

Y los deportes cuyos resultados se basan en la apreciación de los jueces, ya se sabe hacia dónde se cargarán cuando compiten representantes de Estados Unidos.

Citius, altius, fortius

Si bien los Juegos Olímpicos de la era moderna, de 1894 a la fecha, intentaron fomentaron una filosofía humanista que enfatizaba el rol del deporte en la educación de los jóvenes, su impacto social y su misión pacífica y moral, en nuestros días le ha quedado poco de filosofía, de humanismo, de impacto social y de misión pacífica y moral, para decirlo en los mismos términos.

Las Olimpiadas se han convertido en un producto comercial que los países intentan arrebatarse y llevarlo a casa, inclusive a través de acciones y transacciones basadas en la corrupción de los federativos que tienen voz y voto en el COI, como ya se ha demostrado. (La corrupción que impera en la FIFA para organizar los campeonatos mundiales es sólo una más de las hijas putativas de las enseñanzas negativas de los dueños del olimpismo mundial).

En algunas páginas de internet podemos encontrar que la palabra Olimpismo y su concepto no existieron en la antigüedad. Sin embargo, se puede decir que toda la cultura generada tras la celebración de los Juegos Olímpicos antiguos (776 a.C. a 394 d.C.) dio paso a una actitud que hoy cobra fuerza en la época contemporánea. Su más cercana definición fue expresada por el orador Isócrates en su Panegírico, cuando hablaba acerca de los principios que respaldan los Juegos Olímpicos y el pensamiento Olímpico, enfocados en su fortaleza para unir en paz a los pueblos.

El Olimpismo moderno, basado en el de la antigüedad, nació como una “filosofía de vida”. Esto significa que es una experiencia de vida, no es una teoría acerca de la noción de una situación, sino la práctica de la teoría misma, con el ser humano como centro de tres enunciados teóricos:

El hombre como ser, como individuo y su búsqueda de la excelencia; El hombre como integrante de la sociedad, y El hombre como parte de la comunidad mundial.

Hoy toda esa filosofía inicial ya está debidamente podrida en un recipiente para basura olvidado en la esquina más oscura del tiempo. Hoy lo que importa es practicar deporte de manera profesional, beneficiarse de los adelantos tecnológicos que mejoran el rendimiento de los atletas, desde el equipamiento y avituallamiento necesario hasta los suplementos alimenticios, pasando por las sustancias indetectables que las industrias producen y los mecanismos más sofisticados, profesionalizados y exitosos para que nunca dar positivo.

Con ello se fabrican superatletas que cumplan con ciertas especificaciones de acuerdo a las necesidades del momento (sexo, color de piel, disciplina deportiva y lo que la situación sociopolítica requiera), y esos personajes son los que barren no sólo en los campeonatos mundiales, sino también, y en especial, en los Juegos Olímpicos para enseñarle al mundo quién es el que manda.

Un extraño dopaje de Estado

Difícil de explicar, pero fácil de poner en práctica: la acusación de un dopaje de Estado que favoreció a los atletas rusos, que surgió del llamado Informe McLaren. “El Estado ruso, a través de su ministerio de Deportes, y con la asistencia de la policía secreta (FSB) organizó entre finales de 2011 y agosto de 2015, al menos, un sistema, que podríamos llamar Metodología de los positivos que desaparecen para proteger a los deportistas sometidos a dopaje organizado”, concluye el informe de marras. Se dio a conocer a unas cuantas semanas de iniciar los Juegos de Río 2016, y excluyó del certamen deportivo a atletas con altos registros que los colocaban como favoritos para ganar medalla en la Olimpiada.

Siguiendo un encargo de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), Richard McLaren, un abogado de Toronto, emprendió en mayo una investigación unipersonal para verificar las acusaciones de manipulación vertidas en el New York Times por el exdirector del laboratorio antidopaje de los Juegos de Invierno de Sochi 2014.

Una de las primeras conclusiones de McLaren es que Grigory Rodchenkov, el director que lanzó la denuncia, es una persona “sincera y creíble”. Después, McLaren detalla cómo en 2010, el Estado, preocupado por los malos resultados de los Juegos de Invierno de Vancouver 2010, puso en marcha su metodología para manipular las muestras de orina en los laboratorios antidopaje rusos.

Según McLaren, meses antes de cada evento deportivo de gran calibre, los técnicos rusos designaban a aquellos deportistas que tendrían más posibilidades de medallas para someterlos a sus planes de dopaje. No deberían preocuparse por los controles fuera de competición, uno de los puntales de la lucha antidopaje, les dijeron, pues en el laboratorio de Moscú, donde se analizarían todas las muestras ya sabrían qué hacer cuando les llegara su orina.

“De este método se han aprovechado la inmensa mayoría de los deportes olímpicos de invierno y verano de Rusia.  Durante las grandes competiciones mundiales, el laboratorio actuaba bajo control independiente de la AMA, con lo cual el método de tapar los positivos no servía. Era necesario cambiar la orina de los frascos antes de que se analizara y se encontrara sustancias prohibidas. Así, a los probables medallistas de Sochi se les hizo meses antes congelar muestras de orina limpias. Estas muestras llegaron al laboratorio de Sochi, donde, por la noche, especialistas de la FSB, usando una técnica que no hemos llegado a descubrir, abrían los frascos con sus muestras reales, en teoría una tarea imposible sin dejar huella, y cambiaban la orina por la previamente conservada. Así se taparon al menos positivos de 15 medallistas rusos en Sochi”, concluye McLaren.

Más de 60 atletas rusos quedaron fuera de la competencia, por sospechas de doping, entre ellos a los medallistas olímpicos Alexander Dyachenko, Alexei Korovashkov y Yelena Isinbayeva, así como el campeón mundial Sergey Shubenkov, por participar en el presunto dopaje de Estado, mismo en que la atleta rusa Yulia Stepanova, corredora de 800 metros, fue informante clave.

Curiosamente, Stepanova huyó de Rusia y se refugió en Estados Unidos, donde recibe una pensión  gubernamental disfrazada de contribuciones de deportistas amigos. La atleta de 30 años, quien para darle veracidad al informe McLaren confesó que también se había beneficiado del dopaje de Estado, habría recibido permiso de la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) para competir en los Juegos de Río, pero el COI consideró que no cumple con los “requisitos éticos para poder ingresar en unos Juegos Olímpicos”.

Con esta medida se perjudica la real competencia en atletismo en las Olimpiadas, y se beneficia a un país, al que le permitieron enviar deportistas que, al igual de los rusos, también tienen un comprobado historial de doping, porque en Río competirán algunos de sus más excelsos representantes, como Justin Gatlin, Lashawn Merritt y Tyson Gay; además de los jamaiquinos Shelly-Ann Fraser, Yohan Blake y Asafa Powell; los chinos Ning Zentao y Sun Yang, los franceses Frédérick Bousquet y Grégory Baugé, la suiza Martina Hingis, el croata Marin Cilic, el español Alejando Valverde, la tunecina Oussana Mellouli y  el italiano Andrea Baldini, por mencionar sólo algunos.

Entre los deportistas rusos que podrán participar en los Juegos de Río está Daria Klishina, saltadora de longitud, quien consiguió la autorización de la IAAF, debido a que entrena desde hace años en Estados Unidos. ¿Casualidad o intención perversa? Hasy más de lo segundo que de lo primero en una posible respuesta.

¿Por qué el COI castigó a Isinbayeba y no a Mo Farah? Ambos atletas siempre han dado negativo a las pruebas antidoping. Si la causa de la exclusión de los Juegos Olímpicos era la simple sospecha, entonces deberían haber castigado a ambos por la misma razón: sospechas. De Isinbayeba se dice que se benefició del dopaje de Estado, pese a no haber pruebas; y Farah, atleta somalí nacionalizado británico, quien ganó dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Londres y una más en Río, se le vincula al doping por su entrenador, el cubano nacionalizado estadunidense Alberto Salazar, quien trabajó durante años con sustancias prohibidas con su grupo de entrenamiento “Nike Oregon Project”, en Estados Unidos.

Sobre Michael Phelps también existe una creciente sospecha de que ha recurrido a sustancias no permitidas: el doctor Chen Zhanghao, quien dirigió el personal médico de la delegación china en cuatro juegos olímpicos, dijo que creía que Phelps era culpable de consumir sustancias dopantes. Reconoció no tener pruebas de lo dicho; sin embargo, afirmó: “Phelps ha roto varios récords olímpicos y mundiales, y ha ganado prácticamente todas las competencias en las que ha intervenido durante muchos años. Eso no es humanamente normal”, apuntó.

Pero para la televisión, para los mismos Juegos Olímpicos y para los Estados Unidos, Phelps es una industria económica e ideológica que se vuelve prácticamente intocable. Y lo será durante varios años, hasta que sus mismos compañeros, tocados por quién sabe qué dios de la avaricia, lo señalen. Tiempo al tiempo. Es el mismo caso que el del ciclista estadunidense Lance Armstrong, ganador de la Tour de France por siete ocasiones y quien nunca dio positivo a un examen antidoping, salvo uno por utilización de cocaína.

El doping y la gran sombra del dólar

El doping en el siglo XXI no parece ser un flagelo de otros tiempos. Por el contrario, el dopaje genético, imposible de detectar por ahora, es la gran amenaza que se cierne en la mayoría de atletas de todo el mundo, como asegura el experto Benjamín Ruiz Loyola, profesor titular de la carrera de Química Orgánica en la UNAM, químico de profesión y diplomado en la especialidad de periodismo científico. En entrevista para un medio electrónico nacional, señaló lo siguiente:

– ¿De qué drogas hablamos en el doping deportivo del siglo XXI?

BRL: Hablamos de las de siempre más otras alternativas. Las de siempre tienen que ver con aumentar el rendimiento con las hormonas de crecimiento, los esteroides. Ya que se han conocido muchas de estas sustancias químicas, que se detectan y se castiga a quienes las utilizan, lo que hacen los laboratorios es reproducir nuevas hormonas hasta que éstas comienzan a ser detectadas y así… También hablamos de la posibilidad del dopaje genético y creo que eso es lo que va a ser más difícil de poder manejar.

– ¿El doping siempre va delante de los controles oficiales?

BRL: Sí, lamentablemente es una realidad a la que se ha llegado por el hecho de que los verdaderos deportistas compiten no sólo por una corona de laureles sino por miles millones de dólares. Ese es el mayor atractivo de la competencia de alto rendimiento hoy.

– Lo curioso es que países que no tienen posibilidades de ganar medallas, como muchos latinoamericanos, también recurren al dopaje…

BRL: Porque aunque no sea una situación de carácter mundial, el tener los primeros lugares en su propio país, les da por lo menos prestigio.

– ¿El problema del dopaje pone en duda las marcas quebradas en las últimas décadas?

BRL: No, no diría eso, porque cuando se ha demostrado que los competidores habían recurrido a sustancias prohibidas, se los ha despojado de las marcas y de las medallas. Como ha pasado con el campeón de ciclismo Lance Armstrong, que tuvo que admitir que había recurrido al dopaje.

– Aunque no fue ni será el único en el ciclismo

BRL: Lo que pasa que ese fue un caso que él negó durante mucho tiempo y por eso se volvió paradigmático. Al final tuvo que admitir el doping.

– ¿Diría usted que el doping es la gran sombra del deporte moderno?

BRL: No, creo que la gran sombra del deporte es el dólar. El dopaje es un reto para los propios atletas, pues debe haber ética para no consumir sustancias no autorizadas. Lo que ocurre en realidad es que el deporte se ha comercializado mucho y la figura de los deportistas destacados se ha vuelto verde no de laureles sino de billetes. El dinero condiciona no sólo el deporte olímpico, como vimos al destaparse la cloaca de la FIFA. Todo se reduce a la falta de ética profesional. El dopaje es un elemento más de esa carencia de moral. En la marcha, por ejemplo, los jueces suelen sancionar cosas que sólo ellos vieron y eso también es un grave problema para el deporte de alto rendimiento.

– Unos Juegos Olímpicos sin la presencia de los atletas rusos parecen unos Juegos disminuidos, ¿verdad?

BRL: Bueno, yo esperaría que se revisara la sanción a algunos atletas como la pertiguista Yelena Isinbayeva (no ocurrió, como sabemos), porque efectivamente su ausencia restará de una primera figura a la competencia de salto con garrocha. No quiero decir que ella es la que iba a ganar el oro sí o sí, pero sin duda hablamos de una atleta estelar que al no participar dejará incompleta la prueba de su especialidad.

 

Se va Phelps, pero el patrocinio ya tiene su reemplazo

Los viejos románticos recordamos con una cierta ingenuidad que en la gimnasia olímpica de hace más de 30 años se ponía al arte por encima del músculo, la gracia sobre la potencia, la cadencia sobre la explosión.

Quienes comparan a Simone Biles con Nadia Comaneci e incluso con gimnastas de hace 50 años, están absolutamente errados: no hay punto de comparación en este manoseo absurdo en el que la norteamericana sale perdiendo.

En las olimpiadas de los lugares comunes de los atletas, las frases hechas de los comentaristas, los clichés gastados de los analistas, los narradores de la gimnasia repiten ad nauseam que Biles ha revolucionado el mundo de la gimnasia artística. No, discúlpenme, pero lo que Biles hace está más cercano a las acrobacias de circo de tres pistas o a las luchas de la UFC, con competidores rebosantes de músculos, que a la gimnasia pura.

En la gimnasia saltar no es suficiente, hace falta mucha gracia, de la que Simone carece. Pero a cambio tiene una nacionalidad que le facilita altas calificaciones de los jueces, sobre todo en las competencias internacionales. Además, el color de la piel es un plus en los escenarios, pues resulta políticamente correcto apoyar a la comunidad negra, tan vapuleada en los Estados Unidos.

Que esta gimnasta tuvo una infancia difícil marcada por una madre drogadicta, que fue recogida por las autoridades sociales y entregada a los abuelos es nada comparado con la historia de la mayoría de los competidores latinoamericanos, que muchas veces no sólo no tuvieron un techo o una cama para dormir, ni siquiera un duro mendrugo qué comer. Así que la cosa no va por ahí.

En Río 2016 se ha constatado que los jueces son fáciles de deslumbrar cuando un atleta tiene una enorme maquinaria de comunicación a sus espaldas, y un puñado de deportistas lo tienen, entre ellos precisamente Simone Biles. Y los comentaristas han hecho lo suyo para poner en orden el medallero: magnificar las rutinas de un equipo que para unos tiene barras y para otra estrellas, y restar importancia a los demás.

Phelps puede irse tranquilo: la televisión y los patrocinadores ya tienen su nueva figura, y eso le ayuda mucho al olimpismo, sobre todo en su cartera.

 

¿Los juegos de la hermandad?

Río 2016 no han sido propiamente los juegos de la hermandad que tanto se pregona en la televisión, aunque ha habido escasas escenas donde triunfa el deportivismo, como el episodio protagonizado por la neozelandesa Nikki Hamblin y la estadunidense Abbey D’Agostino, corredoras de 5,000 metros que, en su eliminatoria del martes, tropezaron y cayeron. La estadounidense quedó visiblemente más afectada que la neozelandesa y recorrió los más de 1,500 metros restantes de la prueba con el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha roto, se levantó con la ayuda de Hamblin y se alentaron para llegar a la meta. Llegaron últimas, pero los jueces decidieron darles el paso a la final, una competencia que no podrá cubrir D’Agostino por su grave lesión.

Fuera de eso, hay poco deportivismo que rescatar al día de hoy en estos juegos. Por el contrario, hay más escenas negativas entre deportistas y el público, tonto en los estadios como en las redes sociales.

El judoca egipcio Islam El Shehaby, al ser derrotado por su adversario israelí Or Sasson se negó a darle la mano. Por ello, el Comité Olímpico Internacional tras considerar que su actitud es un atentado contra las reglas del juego limpio y el ‘espíritu de la amistad’ que representan los Juegos, expulsó al egipcio de Río 2016.

En lucha estilo libre femenil, la india Sakshi Malik venció a Aisuluu Tynybekova, representante de Kirguistán, en los últimos segundos, que provocó que Tynybekova no reconociera el triunfo de la india y se negara a darle la mano.

En la piscina del complejo olímpico de Río, la soberbia norteamericana se dejó ver en la medallista de oro Lilly King, quien no sólo se negó a saludar a la ganadora de la plata, la rusa Yulia Efimova, sino que aprovechó la oportunidad para criticarla: “Esto prueba que puedes competir limpio e igual ganar”, señaló la estadunidense asumiéndose en juez y parte. La rusa había sido suspendida por haber consumido esteroides anabólicos prohibidos por la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), y había ganado una apelación unos días antes de iniciar Río 2016, que le permitió estar en los Juegos.

El público brasileño ha jugado un papel importante en algunas competencias, particularmente en las que ha intervenido un compatriota suyo. No es pasión desbordante lo que han manifestado, sino una franca falta de respeto hacia los adversarios deportivos de los suyos. Los competidores no brasileños y algunos periodistas locales se han quejado que el comportamiento del público en ciertos casos ha sido más de un fanático del futbol que de un simpatizante con el deporte olímpico.

Por ello justamente, el atleta francés Renaud Lavillenie estalló de rabia antes de dejar el estadio olímpico de Río de Janeiro la noche del lunes: “Es jodido tener un público de mierda así en los Juegos Olímpicos”, disparó. El record mundial de salto con garrocha acababa de ser derrotado por el brasileño Thiago Braz da Silva, quien le arrebató el título olímpico que poseía desde Londres 2012.

Por su parte, la nadadora brasileña Joanna Maranhão presentó una denuncia policial por los insultos que recibió en redes sociales tras ser eliminada en 200 metros mariposa. “No es posible que alguien te desee que te violen o que mueras. No tienen por qué quererme, pero es necesario tener respeto” dijo Maranhão, criticada por ser de izquierda y del noreste brasileño, más pobre que el sur. “Brasil es un país machista, un país racista, un país homofóbico, un país xenófobo. No estoy generalizando pero hay personas así “, afirmó.

El público brasileño se ha hecho notar desde el inicio mismo de estos Juegos, al abuchear al presidente interino en plena ceremonia de inauguración, y en las competencias se han metido con los atletas adversarios y han llegado a los golpes con aficionados de otros países, particularmente con argentinos, con los que mantienen una rivalidad encarnizada producto fundamentalmente de los encuentros de futbol que constantemente sostienen los países en Sudamérica.

Producto de los Juegos, no podemos olvidar el linchamiento al que fue sometida la gimnasta mexicana Alexa Moreno. Lo realmente curioso es que fue por sus propios connacionales, quienes desataron su ira o su frustración o su mediocridad no en la actuación de la atleta, sino en su figura.

Alexa fue la única mujer en representar a México en esta disciplina durante los juegos de Río, y ocupó el puesto 12 entre las mejores del mundo en la categoría de salto. Eso no importó. Los mexicanos criticaron por estar “gorda”. De hecho, Alexa en su intervención no cometió algún error grave, estuvo a su nivel, que hay que reconocer que no es el supremo que tienen las estrellas de la gimnasia olímpica, y se mantuvo en la competencia con un papel decoroso. Ante la crítica no por su desempeño, sino por su figura, dijo: “Me sentí triste, sí me dolió. No soy un robot que no siente”. Con todo, su desempeño no tuvo nada que ver con su peso, según los especialistas en esta disciplina.

El costo de la medalla

Aquello de competir en nombre del país ya no tiene credibilidad en los atletas de alto rendimiento. Ellos van a lo suyo: obtener más patrocinio de las grandes marcas, y los deportistas de medio pelo van a tratar de arañar una medalla para obtener un ingreso extraordinario. El cuarto lugar no sirve porque al final no deja sino satisfacciones personales y seguramente marcas nacionales que no le sirven de mucho a la televisión para vender más espacios de publicidad.

El olimpismo puro, el que sólo permitía atletas amateurs ya no existe. Ahora los profesionales invadieron los escenarios olímpicos en una suerte de círculo vicioso entre el COI, los patrocinadores, la televisión y los atletas profesionales: y todos van a ganar.

Las medallas que obtengan los atletas de Río 2016 les acarrearán mucho más que la gloria de subir al podio, algo que pocas personas han hecho a lo largo de 122 años, pues aseguran un ingreso extraordinario a los ganadores.

Cada país tasó las medallas con distinta cantidad. La tabla que sigue nos muestra lo que los medallistas obtendrán de acuerdo a la nación que representan. (Las cantidades están en dólares):

Singapur: Oro, 753,000.

Azerbaiyán: Oro, 250,000.

Italia: Oro, 168,000; Plata, 84,000; Bronce, 55,000.

México: Oro, 160,000; Plata, 110,000; Bronce, 55,000.

España: Oro, 105,000; Plata, 48,000; Bronce, 30,000.

Argentina: Oro, 75,000; Plata, 35,00; Bronce, 25,000.

Rusia: Oro, 61,000; Plata, 38,000; Bronce, 26,000.

Perú: Oro, 60,300; Plata, 30,100; Bronce, 22,000.

Francia: Oro, 56,000; Plata, 22,000; Bronce, 14,000.

Colombia: Oro, 55,000; Plata, 32,000; Bronce, 23,000.

Chile: Oro, 55,000; Plata, 41,000; Bronce, 27,900.

Bolivia: Oro, 50,000; Plata, 40,000; Bronce, 30,000.

Japón: Oro, 48,000; Plata, 19,200; Bronce, 9,600.

Estados Unidos: Oro, 25,000; Plata 15,000; Bronce, 10,000.

Brasil: 11,000 por medalla individual, independientemente del lugar, y 5,500 para cada integrante de un equipo. (Si fuera futbol cada integrante del equipo obtendrá 100,000).

Gran Bretaña: entrega fondos de patrocinadores, de acuerdo al objetivo alcanzado.

Suecia: entrega una mascota de peluche a los medallistas.

Así que la enorme mayoría de los competidores en Río 2016 se llevarán sólo la satisfacción de haber participado; otros, la decepción de no haber ganado; unos pocos, la gloria de haber alcanzado una medalla olímpica y, en algunos casos, algo más: una recompensa en metálico que será un aliciente más para su carrera deportiva.

 

México: de la división a la decepción

Hasta el momento de redactar estas notas, la delegación mexicana sólo había asegurado una medalla, en boxeo, sin saber todavía exactamente de qué color.

La historia del olimpismo mexicano es recurrente en su escasa presencia en el medallero. A la pregunta de ¿Cómo cree que será la participación mexicana en Río?, el Benjamín Ruiz Loyola respondió:

Lamentablemente el deporte en México no ha sido debidamente impulsado y lo que hay son grandes fallas. Las federaciones no actúan con la debida ética profesional. Una cuestión de carácter político muestra a los dirigentes hacer como que apoyan a nuestros deportistas, pero la realidad es que eso no sucede. Si nos fijamos, la mayoría de las medallas que ha ganado México, ha sido ganada por deportistas individuales, como en la marcha, el taekwondo, por ejemplo. Son casos individuales, con la excepción del equipo de futbol, un garbanzo de a libra (que en esta ocasión no pasó de la fase de grupos).

El deporte en México es fruto de un esfuerzo individual y no de un trabajo organizado que colabore con un proyecto colectivo. Mientras el deporte sea un factor político, no vamos a avanzar. Los políticos aparecen para colgarse las medallas, diciendo que ellos impulsaron esos logros, pero sólo son palabras al viento.

Desgraciadamente, el deporte en México, no parece ser algo prioritario para el Gobierno, que tradicionalmente coloca en la Comisión Nacional del Deporte (Conade), lo que en países serios es el Ministerio de Deportes, a amigos que poco o nada saben del tema.

No hablemos de olimpismo, que el olimpismo mexicano, con sus anquilosadas federaciones y los caciques enquistados en ellas, no da para más. Hablemos de deporte para la población, deporte recreativo, y después pasemos al competitivo.

Pero los que saben del tema, han señalado que la Reforma Educativa ha eliminado la Dirección de Educación Física, y ahora los profesores pasan por la dirección de escuelas primarias, que tienen programa alguno al respecto. El deporte a partir de la educación primaria no tiene futuro.

A saber, hay tres sueños que acaricia cualquier deportista en el mundo: ser profesional (es decir, vivir de practicar su deporte), asistir a un campeonato mundial de su disciplina y participar en los Juegos Olímpicos.

Todos los que alguna vez corrimos, nadamos, saltamos, trepamos, pateamos un balón o bateamos una pelota soñamos con eso al menos en un momento fugaz de la vida. Y después viene la realidad y nos acomoda a cada uno en su nivel deportivo. Y entonces los sueños aquellos se empiezan a derrumbar para dar paso a otros, que a su vez le dejan espacio a los que siguen hasta que uno encuentra lo que quiere ser en la vida… o lo que puede ser.

Ahora que somos testigos lejanos y cómodos de la XXXI Olimpiada, o Juegos Olímpicos de Río 2016, estamos viendo cosas que nos ofrecen alguna información parcial sobre el papel que juegan los deportistas de algunos países que asisten al certamen a prácticamente “hacerle el caldo gordo” a las potencias. Las explicaciones las encontramos básicamente en internet, ya que los comentaristas de las cadenas televisivas que transmiten en México, tan dados a la subordinación hacia los atletas de Estados Unidos, no nos revelan bien a bien de qué se trata ese abismal desequilibrio, y encima les encanta hacer leña del árbol caído, que son los deportistas mexicanos, que algunos sólo asisten a mejorar su marca personal o nacional.

El analista argentino Gonzalo Bonadeo señala en su libro Pasión olímpica que “se debe explicar debidamente que la falla no está en la pasión del deportista por llegar a un juego, sino por la falta de políticas que le permitiesen a ese deportista arribar ya ducho en eso de competir en grandes estadios contra grandes rivales. Por el otro, minimizar lo difícil que es ser un deportista olímpico, aun de los que peor terminan en la clasificación”. Y es que nadie en su sano juicio quiere ir y ponerse frente al gran inquisidor que es el público de la televisión o las redes sociales, y aguantar las críticas por cualquier motivo, aún aquellos que nada tienen que ver con el deporte.

La arquera mexicana Aída Román Arroyo en una entrevista realizada en 2015, ante la pregunta de si es difícil ser atleta de alto rendimiento en México, señaló tajantemente que sí. En ese momento, previo a los Juegos Panamericanos de Toronto, Román Arroyo enfrentaría la competencia sin su entrenadora por falta de dinero, y todo porque la Federación Mexicana de Tiro con Arco no había comprobado su presupuesto a la Conade, y por ello el órgano rector de la arquería en México no recibió fondos.

Aparte, la esgrimista chilena Caterin Bravo dijo algo que no sólo describía el deporte de alto rendimiento en su país, sino también en el nuestro: “Actualmente, la gente que practica deporte de competencia es la gente adinerada. El deporte de alto rendimiento no es accesible, no es barato. Hay muchas barreras”, subrayó.

Y es verdad: debemos ver que el deporte que importa no sólo es el futbol o cualquiera que nos prometa una medalla, sino todo aquel que nos ofrezca beneficios como población, y ahí es donde se debe apoyar, porque está visto que invertir en deporte significa ahorrar mucho más en otros ámbitos. Pero aquí es donde los sueños de los atletas mexicanos no son compatibles con los sueños de los funcionarios, porque ambos ven al deporte de manera diferente.

Y de las broncas de los federativos con la Conade es cuento de nunca acabar, porque es una discusión entre bandidos, y todos se quieren colgar de la medalla del boxeador chihuahuense Misael Rodríguez mientras por debajo de la mesa se dan de patadas. Es exactamente el reflejo de nuestro deporte olímpico: una discusión sin fin en la que sólo falta que unos y otros salgan como el infame alcalde de San Blas, Nayarit, Hilario Ramírez Villanueva, “Layín”, quien afirmó en su campaña política en busca de repetir en la Presidencia Municipal que en la primera administración: “Sí robé, pero bien poquito, porque la presidencia de San Blas está bien jodida”.

Y es que así son en Nayarit: una bola de ratas… dicen en la Federación Mexicana de Boxeo.

¿Y tuercas?, reviran los demás…

 

Armando Zamora. Periodista, músico, editor y poeta.
Tiene más de 16 libros publicados, 12 de ellos de poesía. Ha obtenido más de 35 premios literarios a nivel local, estatal y nacional. Ha ganado el Premio Estatal de Periodismo en dos ocasiones.  Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (FECAS). Una calle de Hermosillo lleva su nombre.


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