Espejo desenterrado: Aprendamos a escuchar a los jóvenes

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Por Karla Valenzuela
Recuerdo que cuando era jovencita lo mismo me daba comer que no comer, salir descalza por ropa que había dejado en el tendedero o ponerme zapatos, hablar alto o bajito, pasarme las horas escuchando un muy buen disco u hojeando un buen libro. Todo pasa, decía… y sí, sí pasaba.

Entonces gritaba a los cuatro vientos mi subversión, mi necesidad de hacer valer mis derechos a toda costa sin que nada me detuviera; no sabía a ciencia cierta cuáles eran mis derechos, pero hacía respetar ante cualquiera mis convicciones y mi integridad. En aquel entonces, el libre albedrío, la capacidad de elección estaba subordinada – aún más que ahora- a lo que dijeran nuestros padres.

Así, fuimos pocos los que verdaderamente tuvimos oportunidad de elegir en qué secundaria estar, en qué prepa estudiar, qué carrera elegir, y los que lo hacíamos éramos de verdad pioneros; estábamos rompiendo paradigmas  y forjando un futuro que nosotros mismos – y nadie más- se había imaginado para nosotros.

Mis padres no pretendieron jamás –como pasó en otras generaciones- realizarse a través de mí, ni que yo terminara de construir sus sueños; por supuesto, pretendieron que tenía que cometer los mismos errores que ellos, o sufrir sólo para que la vida me enseñara qué tan dura podía ser. Yo me fui enterando poco a poco de lo cercano que puede ser el sufrimiento, de la maldad que a veces inunda al ser humano, pero mis papás nunca me pusieron ahí.

Y ahora resulta que – como si estuviéramos en la época de oro del cine nacional- hay padres de familia  -no muchos- que creen que hacer sufrir a los adolescentes les otorga crecimiento, como si no fuera suficiente dolor ya vivir la misma adolescencia.  Esos padres piensan en ellos, en cómo lograr que sus retoños se vuelvan no fuertes, sino duros, imponiendo su voluntad a cualquier precio. Y eso está mal.

En esta época, la libertad de la juventud es tanta que es casi imposible cortarles las alas sin que les afecte, precisamente porque están acostumbrados a ser libres y elegir lo que más los haga felices. Sé que no son todos, pero deberían serlo.

En estos tiempos, no se puede aspirar a tener toda la información del mundo a cualquier hora y pretender que nuestros jóvenes no tengan voz ni voto. En estos tiempos, como padres, tan sólo pretenderlo es de retrógradas, intolerantes, impositivos y, por lo mismo, cavernícolas.

Hoy, Día Internacional de la Juventud, los invito a acercarse a los jóvenes y escucharlos, conocer sus inquietudes y sus argumentos ante la vida. Estoy segura de que tenemos mucho qué aprenderles para vislumbrar un futuro mejor hasta para los que ya no somos tan jóvenes. ¿Y tú, qué tipo de padre eres con los jóvenes?

 

 

*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.


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