La vocación de César Gándara

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Escribir es como surfear, es una vocación, es un estilo de vida

 

Por Carlos Sánchez
Santiago ronda en el interior del café. Su padre lo mira y lo presume. Es mi hijo, dice. Desde esa acción se describe la persona que el padre es. La importancia de la querencia.

César Gándara tiene la vocación paternal. Tiene también claro la pasión por su oficio, que es el de escribir. De eso vive. Para eso vive.

Ahora que camina la ciudad que lo vio nacer, Hermosillo, en una pausa a sus quehaceres en el otrora de efe, donde radica y hace guiones, literatura en diversos géneros; optimizamos el encuentro y lo invitamos a conversar:

¿Cómo es que encuentras la literatura, o la literatura te encuentra?
La literatura como cualquier otro oficio ya lo traes desde chico, aunque a veces no lo sepas. A mí me costó mucho trabajo darme cuenta que mi vocación son las letras. Anduve rebotando en muchos intentos de formación, estudié ciencias marinas, física en la Normal Superior, luego estudié música siete años. Andaba de acá para allá.

Un día, por accidente, mientras estudiaba música también participaba en un consejo interuniversitario, en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Hacíamos actividades, conciertos, reuníamos a políticos para que hablaran de temas de cultura, en una de esas se nos ocurrió hacer un periódico que se distribuyó en todas las universidades de Monterrey, necesitábamos colaboradores y yo dije: ‘yo me echo un cuento’. Así, de buenas a primeras. Empecé a escribir, me di cuenta que me gustaba mucho y dije voy a tratar de hacer esto en serio. En ese tiempo, ingenuamente, pensaba que si estudiaba la carrera de letras me iba a hacer escritor, terminé estudiando letras españolas. Luego de ahí tuve la oportunidad de hacer una maestría en Barcelona, España, en literatura comparada y me di cuenta que no era lo mío.

Básicamente me formé en los talleres literarios con mi muy querido maestro Rafael Ramírez Heredia, con otro muy querido maestro de Monterrey, Genaro Huacal y participaba en los encuentros de escritores, aquí en Hermosillo y adonde me fueran invitando. Eso es lo formal o informalmente formal, pero la vocación como tal siempre he dicho que la traigo desde niño nomás que no lo sabía.

Me encantaba escuchar historias, desde chico y mis primeras maestras fueron mis dos abuelas. En el caso de mi abuela paterna, Marcela Camou de Gándara, que en paz descanse, ella siempre se la pasaba contándonos historias de aparecidos, decía que tenía contacto con espíritus, con almas, sobre todo con las ánimas del purgatorio y de gente que había fallecido y se encontraba justamente en el purgatorio, que le enviaban señales. Era una fascinación y un terror al mismo tiempo, escucharla y saber que en esa casa se aparecían espíritus. Por momentos me daba miedo entrar solo a casa de mi abuela, pero me fascinaba.

Por el otro lado, Martha Conant, que también en paz descanse y mamá de mi mamá, me contaba historias de los vecinos, de sus vidas y era una fascinación poder conocer a esas personas a través de la voz de mi abuela. Al decidir que quería ser escritor entendí que lo que más me atrae es la condición humana. Me preocupo por la forma, por el estilo, por el tratamiento del lenguaje, pero todo eso tiene que estar hecho, –por lo menos en mi experiencia, en mi deseo y en mi búsqueda-, para iluminar esas zonas oscuras de los personajes que muchas veces no conocemos ni de nuestras personas más queridas y cercanas. Yo creo que eso es en el caso de la narrativa, del teatro, de la novela; es lo que nos atrae de esas historias.

– La realidad, lo que atañe a la sociedad, lo que tiene qué ver con lo tangible.
– La realidad que no es lo mismo que realismo. La realidad también se puede manifestar y expresar de muchas maneras. A mí me encanta la literatura realista, pero también la literatura fantástica, y a veces me parece que pueden ser más críticos los escritores como Kafka, por ejemplo, que hizo una deconstrucción de un momento social y tuvo la capacidad de anunciar lo que estaba por venir, que es lo que estamos viviendo en la actualidad. Y obviamente lo veía con terror porque no hay otra manera de verlo: este capitalismo salvaje y desmedido en el que vivimos y en el cual el dinero es más importante que las personas. Eso explica todo lo que está sucediendo y no hay otra manera de que uno comprenda por qué suceden las cosas que suceden en este mundo, no solo en México. Esa realidad me encanta, el realismo me encanta pero no creo que sea la única manera de hacer literatura.

César, cuéntame sobre el momento de creación, de construcción, partiendo de lo mismo que te interesa en el ser humano, de lo que ocurre, de ese instante de crear en soledad, ¿cuáles son las experiencias que vives al estar creando?, ¿qué contextos prefieres para escribir?
Ha ido cambiando. Estoy convencido que ser escritor es un oficio, como ser carpintero, como ser herrero, como ser mecánico y de lo que se trata es de ser lo mejor posible en ese oficio. Tienes que partir de la honestidad, uno tiene que saber qué quiere escribir, por qué quiere escribir eso, a quién se dirige cuando escribe y esas preguntas cuando te las empiezas a contestar, es a lo que llaman estilo. El estilo tiene que ver con tener una conciencia de por qué estás escribiendo, para qué quieres escribir y a quién te diriges cuando lo haces; de ahí emana la forma en que lo vas a hacer.

Cuando era muy joven necesitaba un espacio donde no hubiera ruido, prefería trabajar de noche, incluso era un poco bohemio y me quería tomar una copa y escribir, pero con el paso de los años y las necesidades esos espacios se fueron volviendo muy difíciles. Ahora escribo mucho, por trabajo y por gusto, y si me tuviera que esperar a ver a qué hora se duermen mis hijos y me puedo tomar una cerveza y al otro día me tengo que levantar a las cinco de la mañana, pues no tendría nunca tiempo para hacerlo. Entonces uno va agarrando otros espacios y otros momentos. Ahora trabajo en cafés, vivo en la Ciudad de México, en la colonia Roma y en Álvaro Obregón hay un café que es mi oficina, independientemente de si está lleno, si está vacío, si está la televisión prendida, si hay música, sigue siendo un espacio de intimidad porque cuando estoy trabajando me desconecto.

El ejercicio de la escritura como un estilo de vida, como un oficio, tiene que ver con lo que te digo, te vas adaptando. Cuando ya traes la vocación de escribir, las ganas, el deseo, vas buscando la manera de hacerlo. Obviamente si tienes un trabajo al que tienes que entrar a las ocho de la mañana y salir a las siete de la tarde, va a ser muy difícil hacerlo, pero entonces uno lo que hace es buscar la manera de cómo ganarse la vida escribiendo, o trabajando en lugares que te den el espacio para poder escribir. Escribir es como surfear, es una vocación, es un estilo de vida y no hay voz autorizada para decir quién es escritor y quién no, hace mucho dejé de creer en esos cánones, en ese sistema validador que más bien me parece impositor de ciertos intereses y poderes. Entonces, al igual que el surfer habrá algunos que son talentosos, que tienen la garra, que tienen corazón, que les va muy bien y que andan por ahí paseándose por el mundo, surfeando en Hawai, tomándose fotos con chicas en bikini para vender algún aceite para el cuerpo, pero también habrá otros muy talentosos que no pudieron llegar hasta allá, que están en su casa, que tienen un trabajo en un puesto de hamburguesas pero todas las mañanas se levantan, agarran su tabla, se meten al agua y agarran una ola y con esa ola ya hicieron su día. No importa dónde, o en qué grado de la escalera del éxito y la fama estés, eso nadie lo va a despreciar si lo llega a tener, pero no es en sí lo que anda buscando el escritor. Creo que el escritor honesto no busca eso, y creo que el escritor que escribe para ser famoso, ya empezó mal, porque si no logra la fama vivirá infeliz.

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