Espejo desenterrado: Terrorismo inaudito

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Por Karla Valenzuela
Karla Valenzuela
Según la Real Academia de la Lengua, la palabra terrorismo significa “actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”. Si esto, estimad@ lector@ le suena a cosa de todos los días, probablemente esté en lo cierto. Los crímenes perpetrados de una manera estratégica, realizados casi sin que nos demos cuenta, deliberadamente planeados para desestabilizar ya no son nada más ficción, ni algo que no pueda estar cercano a este mundo, este tercer mundo tan enseguida del primero, pero instaurado en el último, en el de América Latina.

Y es que en la era de la información –y también de la desinformación-, es prácticamente imposible no darse cuenta de lo que “verdaderamente” pasa en todos lados, y lo pongo entre comillas porque, la mayoría de las veces, ni lo que nosotros pensamos es ciertamente la verdad absoluta, así tengamos –según sea el caso- cualquier cantidad de pruebas.

Lo claro es que vivimos inmersos en el miedo hasta el punto del terror, máxime después del 9/11, más ahora después de París y, en estos momentos, de San Bernardino, California y, luego, tal vez cansados de tanta realidad, perdemos la capacidad de asombro y empezamos a ver todo de nuevo como si fuera ficticio, falso al fin. Pero no.

terrorismo

Lo triste es que nuestra realidad, la de todos los días, puede llegar a ser inauditamente violenta, tanto hasta caer en el terrorismo. Y así, pasamos las horas entre terroristas que se pueden ver y tocar, que se pueden presentir y sentir pero aparentamos estar tranquilos. Vivimos entre violencia: perros que aparentemente matan a mordidas a un hombre que mucha gente teoriza que ya estaba muerto cuando cruzó esa barda; grupos que tiran balazos, a discreción, en pleno supermercado, policías que forman parte de una banda de rateros y también de la corporación policiaca –aunque suene a veces redundante- , y no pasa nada, ni siquiera nos estremecemos.

Tenemos la creencia absurda de que eso no es del todo terrorismo, porque al final de cuentas, esa palabra se aplica a una “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”, y –bendita sea la hora- un día despertamos y nos damos cuenta de que esta sociedad en la que vivimos tiene mucho ya de terrorista y la ansiedad invade todos los corazones, en vez de que la razón llene todo nuestro cerebro para poder pensar. Sólo entonces la verdadera dominación se hace presente para quedarse: la enajenación. Y ¡zas! el fin último del terrorismo permanece. El fin único y simple dominarnos por el terror.

Somos libres para crear un mejor futuro para nuestros hijos y los seres queridos y para seleccionar en qué creer y en qué no.

Después de esto, yo invito a tomarse el tiempo necesario para respirar tan profundo como se pueda y darle espacio al razonamiento y que no dejemos que nuestra vida cotidiana repleta de violencia, de política, de temor, nos haga olvidar quiénes somos: seres pensantes con la capacidad del libre albedrío para elegir hasta nuestras emociones y la manera de ver el mundo. Somos libres para crear un mejor futuro para nuestros hijos y los seres queridos y para seleccionar en qué creer y en qué no. Sólo así, con libertad y no con terror, podemos razonar de manera cierta. Somos libres para hacer la paz diariamente y a cualquier hora. Somos libres hasta para ser felices aún a la mitad de tanta violencia. Yo –y que se vaya al diablo el terrorismo- elijo la razón más que el miedo. Elijo ser feliz, como toda persona que goza de libre albedrío, si Dios quiere.

 

 

 


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