Luces y sombras: Recuerdos de la infancia, herencias personales

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Entonces yo vivía en Navojoa. Yo tenía seis años y ella 24. Se llamaba Dorita y era esbelta, no muy alta. Bonita. Su cabello brillaba en medio de la mañana como un sol oscuro y breve flotando entre el misterio. Su voz era como ella: delgada y risueña, etérea.

Por: Armando Zamora
Armando ZamoraDorita fue la primera en mi vida. Luego vinieron Blanca, Dolores y Margarita, y después las demás. Pero aquellas primeras cuatro mujeres de mi lejana infancia se abrieron ante mí como gajos de naranja dejando su fragancia maravillosa en todas mis células. Me enseñaron tantas cosas que aún hoy, durante el silencio que precede a la madrugada, las recuerdo nítidamente y les agradezco todo lo que en ese tiempo no alcancé a agradecerles porque mis prioridades eran otras.

No olvidemos que entonces yo tenía seis años, y como todos los chamacos de esa edad, lo único que deseaba era jugar, vagar, perjudicar a los perros, corretear por las calles aquellas de tierra suelta en una ciudad que poco a poco fue perdiendo su encanto pueblerino y el perfil silvestre de sus habitantes, al grado tal que los prohombres navojoenses de hoy han perdido también algo de aquel estilo que hacía que la gente los mirara con envidia.

Parafraseando al Gabo, podríamos decir que Navojoa era entonces una aldea de casas amontonadas a las orillas de los caminos para mulas que los primeros habitantes habían trazado a fuerza de andar trajinando su reciente sedentarismo agrícola. El mundo parecía acabado de hacer, y muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que mostrarlas con el dedo y asentir con un gracioso «egüi», que después de algunas clases en primero de primaria se transformaba en un coloquial “sí”.

Así aprendimos todos los chiquillos del barrio el valor de las letras en la escuela primaria “Centro Escolar Talamante”. Y fueron nuestras maestras quienes nos heredaron para siempre el tesoro de saber el significado de las palabras.

Dorita Martínez, Blanca Barreras, Dolores Estrella y Margarita Pérez Arce fueron mis primeras maestras: ellas navegaron por la candidez de mi infancia con su presencia, sus gises y la contundencia de aquellos libros de texto gratuito que ostentaban en la portada el dibujo de la sólida matrona morena asida del asta de la bandera nacional: sí, la Patria.

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No las he vuelto a ver, pero en mi memoria siguen dándole clases con la voz clara y la mirada luminosa a aquel niño de seis años, continúan descubriéndole los ríos navegables del alma, las capitales del país de la ternura y las tablas amarillas del dos por dos mientras el mundo, afuera, era un nudo gordiano que el tiempo se encargó de ir deshilando.

Al mismo tiempo que mis maestras, sobre la mesa de la cocina de aquel galerón en que floreció mi infancia, mi madre me enseñaba el significado críptico, armonioso y dulce de los sonidos que se esconden detrás de las letras y de las palabras.

Como digo: aprendí a leer como aprendimos todos en aquel barrio que ya no existe más en una ciudad perdida en la memoria del tiempo: sin televisión, sin nintendo, sin fantasías cibernéticas que nos robaran la imaginación simple de niños que correteaban descalzos bajo los árboles y metían los pies en los canales anegados y se trepaban árboles de mangos para robarles el sabor de los sueños agridulces a aquellas frutas que atemperaban el estómago con su verdor.

Entre el camino de tierra y la tarde de los sábados de catecismo aprendí a leer. Guiado por la mano de mi madre y el bullicio de la chamacada jugando detrás de las paredes de adobe y carrizo aprendí a descifrar el significado de aquellas figuras menudas sobre el papel que brotaban de la nada como flores y conejos de la chistera de un mago fascinante vestido de mujer: fue algo de lo que me dejó para toda la vida.

En cambio, de mi padre heredé la calvicie, el pigmento y la vocación de solitario; de mi madre, la terquedad, las ilusiones y el gusto por la música y la literatura. Lo escaso de más que tengo, lo he ido recogiendo de la vida: buscando en los botes de basura de los sueños, levantando los harapos de la felicidad, llenándome de fantasías poéticas que poco o nada tienen que ver con estos dos desaliñado siglos que en parte nos ha tocado vivir.

De mi padre heredé también este apellido español (leonés, para ser concreto), que no me salva del mestizaje cultural, y de mi madre, este otro (vasco, por cierto), que me llama con su voz sin acentos desde más allá del atlántico del dolor.

Soy, al igual que mis hermanos, la única herencia de mis padres a la posteridad.

Mis padres simplemente llegaron al mundo en lugares distantes, separados por más de dos mil kilómetros, y un tiempo designado acaso por algún dios bromista, y vivieron en su lugar y su tiempo hasta que ese dios los hizo tropezarse uno con el otro en un lugar y un tiempo diferente. Lo demás corrió por cuenta de ellos: del vientre de mi madre nos deshilamos seis criaturas siguiendo el mismo procedimiento que han seguido miles de generaciones en la faz de la tierra.

Sí: de mi padre heredé la resequedad del habla; de mi madre, la miopía y el pie de atleta, así que cuando me rozaron las alas del dios extraviado que algún dios mayor comisionó para cumplir con el precepto cristiano de nacer, crecer, multiplicarse y morir, me pusieron a parir cuates: yo, que no hablo ni bailo, que no voy al cine ni a las fiestas, que colecciono búhos y dolores extraños en diferentes partes del cuerpo, me enamoré de una muchacha que dio de comer a las palomas que cruzaron por mis sueños en su búsqueda, una muchacha que fue la respuesta a esa pregunta benedetiana que jamás formulé, una muchacha con la repetí el procedimiento antiguo de observación y práctica, sobre todo la práctica; el viejo argumento del amor, el inacabable sentimiento de la felicidad, y de sus entrañas brotaron tres capullos formidables que nos robaron el sueño con sus berridos y el corazón con sus sonrisas.

Mis hijos tienen ese apellido leonés, ese pigmento sefardita que me arropa con cierta crueldad, ese lenguaje de carretonero que me enaltece la piedra en el riñón y la uña enterrada en el dedo gordo del pie derecho: pero nada de eso me pertenece, les llegó desde el principio de los tiempos a través de mí, como esa herencia que mis padres, sin ellos saberlo, me dejaron debajo de la almohada junto a la moneda que el ratón me trajo cada vez se me caía un diente.

Ellos, mis tres hijos alocados y el agua clara que es mi mujer, son la sangre que llena mis venas, el trago que sorbo a escondidas, el «te quiero» que se me queda casi siempre a flor de labios.

Y yo, que no tengo más herencia que dejarle a nadie que estas ganas por la poesía y la lectura, cierro los ojos cada tarde y le pido al primer lucero de la noche que me siga dando entusiasmo para llevar adelante proyectos literarios, escritos que surjan de la nada, porque estoy convencido de que ahí están esos granitos de arena que podemos aportar en favor de la niñez y de la juventud: esa, ineludiblemente, es nuestra herencia moral para quienes nos preceden sin saberlo.

 

Armando Zamora. Periodista, músico, editor y poeta.
Tiene más de 16 libros publicados, 12 de ellos de poesía. Ha obtenido más de 35 premios literarios a nivel local, estatal y nacional. Ha ganado el Premio Estatal de Periodismo en dos ocasiones.  Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (FECAS). Una calle de Hermosillo lleva su nombre.


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