La Perinola: La nueva religión

La Perinola: La nueva religión

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Por Álex Ramírez-Arballo
Álex Ramírez-Arballo
Las creencias religiosas nos han permitido durante milenios explicar el mundo y explicarnos a nosotros mismos en el mundo: nuestra causa primera, la brújula moral de los días, la esperanza en la vida más allá de la muerte, la naturaleza misteriosa de la iniquidad humana, etc. La experiencia religiosa es sobre todo una solución definitiva y dulce a los dolores naturales de la existencia consciente. Ha sido un sistema perfecto, pero debido a la secularización sostenida de los últimos dos siglos ha ido perdiendo su poder para construir mitos; la consecuencia de esto es el desconcierto, el nihilismo, la acedia y otros males del espíritu. Pero el alma de los hombres -se sabe- no puede prescindir de este alimento, por eso a las religiones formales les ha sucedido un nuevo relato que, apartándose de los hermosos espejismos de la metafísica, se ha apropiado de los dominios de la sociología, la política, la economía y ese nuevo “Dios padre” que se nos menciona cada dos por tres: el poder. Este batiburrillo se condensa en teorías conspirativas que, como la religión, sirve para explicarlo todo, pero, muy especialmente, para autojustificarnos y creer, porque de eso se trata, de creer, que la verdad está siempre de nuestro lado.

La nueva religión es la teoría de la conspiración. Los ideales ilustrados de la razón han sido arrojados al bote de la basura y en su lugar se ha establecido una narrativa emocional delirante que amenaza con destruir las estructuras democráticas establecidas por la práctica política liberal durante dos siglos. A diferencia del discurso teologal, la propaganda conspirativa no requiere estructuras filosóficas complejas porque su discurso es reduccionista y está marcado por su carácter maniqueo; no precisa tampoco de templos porque oficia sus rituales inmundos a plena luz, en la plaza pública del mundo virtual, contaminándolo todo con su intrínseca malignidad. Los demagogos populistas han tenido en ella su herramienta más poderosa. Ahora mismo hay millones de personas dispuestas a abrazar un cuerpo dogmático por el que, como los fanáticos de todos los tiempos, están dispuestos a sacrificar su vida. No se puede dialogar con ellos porque no existe un suelo común, unas reglas del juego claras y justas; no tienen la capacidad de mirarse a sí mismos con un sano escepticismo porque se encuentran ebrios por la certeza espuria que les provee su práctica cultual: se refuerzan unos a otros en un delirio colectivo ubicuo, telemático.

Enfrentamos ahora mismo un problema civilizatorio debido a los avances tecnológicos de información y comunicación, que diseminan con extrema rapidez y alcance global la más oscura propaganda. El problema, sin embargo, está del otro lado; me refiero a que son las personas, masivamente incapacitadas intelectualmente para comprender semejantes mensajes, quienes ayudan a la difusión y el contagio. Nunca como en nuestra era se ha precisado de un esfuerzo hermenéutico-filosófico para educar a los receptores de tan nocivos contenidos. ¿Es posible revertir el daño? No lo sé. En mañanas como esta quiero creer que sí, que los liberales podremos mantener un proyecto de educación filosófica plural, de largo alcance, capaz de destruir los prejuicios tribales étnicos y nacionalistas que impiden la construcción definitiva de un orden planetario más justo para todos. Es una lucha por la que vale la pena esforzarnos todos, con convicción, alegría, creatividad y paciencia. La razón es nuestra, es decir, de todos.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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