La Perinola: Saudade

La Perinola: Saudade

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Por Álex Ramírez-Arballo
Álex Ramírez-Arballo
Qué tristeza siento por mí esta mañana. Es una tristeza reconocible, una compañera inútil que destruye por las noches lo que yo levanto con sudores y rebufos a lo largo del día; es hija de un escepticismo mestizo que me acogota y me hace vacilar cuando más seguro estoy de lo que hago. Comienzan entonces las preguntas, las vacilaciones del orgullo y la vanidad, las conspiraciones del miedo que se empoza en los cuencos del espíritu y nos amarga un poco la ceremonia de irnos a la cama para descansar. Así me pasa. No es un tormento, no diré eso; es más bien una herida abierta, una incurable marca o quemadura que nos recuerda su presencia cuando queremos movernos un poco, cuando esperamos actuar como si nada y entonces ese dolor nos molesta para atarnos a nuestra condición perecedera. Es como si fuera un contrapeso que la realidad se ha encargado de colocar en alguna región de nuestra alma, como esa cola de trapo que los niños de mi tiempo solían colocarles a los papalotes para que pudieran remontar a contraviento en los días de la primavera.

No estoy hablando de esa tristeza remilgada de los nostálgicos, que se sientan a recordar los días pasados porque creen que en ellos se ha perdido un paraíso; esto es mentira, pero son tontos y no se dan cuenta de que las prestidigitaciones del recuerdo les juegan una broma evidente. De verdad creen que fueron felices alguna vez, que la dicha estuvo para ellos al alcance de la mano, que la juventud y la niñez fueron un solo jardín de flores fragantes y deliciosa frescura. Es mentira: la vida de todos los hombres es siempre una condena fastidiosa, la obligación de tirar la piedra de un molino de tiempo: somos la bestia que gira ensimismada por el hastío de tener que seguir vivos para ser testigos de nuestra miseria incurable. El espectáculo más triste del mundo ha de ser el de mirarse -cuando nadie nos ve- en un espejo.

Digo tristeza y digo aburrimiento. Hablo de ver la misma película siempre, comer lo mismo, esperar los mismos aspavientos al doblar la esquina de media semana, las mismas recompensas que nos ofrece esa madre vieja y cegatona que los sociólogos llaman vida cotidiana. Pero nada más, y he aquí la cuestión, la de saber, como sabemos, aunque no dé miedo decirlo, que aspiramos a conseguir algo que se nos niega por sistema; por eso es por lo que hemos desarrollado el truco de la resignación, tan caro a los cristianos y otros místicos que se hacen trampas al solitario y van por la vida dibujando con un gis puertas y ventanas sobre los muros oscuros que nos rodean. “Esto es lo que hay”, dicen algunos viejos con un aire de suficiencia, apelando a esa majadería de la sabiduría popular y no sé qué flautas, y luego regresan a sus rutinas y su indiferencia animal. A mí me recuerdan a los bueyes que una vez de niño vi echados y rumiando mansamente en los corrales del matadero. Era de madrugada y los matarifes afilaban ya sus “fierros”.

Vivir de veras es ser conscientes de que estamos fatalmente condenados a no llegar a tiempo, a no saltar lo suficiente, a cruzar la meta siempre cuando alguien más la ha cruzado.

Esta tristeza mía, pues, es el rostro más duro de la inteligencia de los hombres. Saber que somos mortales no es tan grave como saber que los días que nos tocan en suerte están señalados por la marca de lo insuficiente: todos moriremos de sed y hambre. Aguardamos, más allá de nuestra continua decepción, que algo suceda por fin, como en las películas hacia los momentos finales en los que la trama adquiere un talante resolutivo que distribuye a cada quien lo suyo según fueron sus actos. Esto me hace pensar que nunca logramos despojarnos de ciertas expectativas de infancia, lo que hace incluso más doloroso nuestro estado de indefensión total frente a la vida y todos sus demonios. El cinismo, por otro lado, tampoco es buen plan porque tiene mucho de impostura y falseamiento; no podemos sonreír de cara a la catástrofe porque somos bestias morales, porque algo hay dentro de cada uno de nosotros que busca inexplicablemente lo eterno: esta es la tragedia de todo lo que se sabe vivo.

Ya está saliendo el sol y mi perro se mueve y respira, escucho el cascabel que lleva junto a su medalla de vacunas atado al cuello. Duerme en una cama de perros, una especie de nido mullido que le hemos comprado para que haga de él su sitial de descanso. Creo que mi perro me quiere, pero, claro, esto es una simple suposición. Le hablo como si me entendiera y a mí esto me parece algo doloroso; con ello ratifico todo lo que digo en esta página: no tenemos más impulso que el de querer alcanzar la otra orilla, comunicarnos por fin con alguien, así fuera por un brevísimo instante. Pero ahora no le hablo, ahora lo veo junto a mi sillón, en su cama, respirando, vivo hasta la raíz, tibio y peludo, flotando como sobre un lago. Lo envidio como nadie podría jamás entenderlo, ni él que es perro, ni tú que me lees, ni yo que me dedico a escribir con el solo deseo de pensar mejor.

Por eso estoy triste, porque todo esto no es un problema para resolver, como piensan los ingenieros, sino una condena irrevocable. Hacer o no hacer da lo mismo: no hay gloria en lo poco que se logra, ni vergüenza en no conseguir aquello que por imposible está determinado a ser para siempre lejanía. Entre el abatimiento y el deseo es que crece este huerto que yo cultivo, el de la melancolía oscura y fría; ahí me he aposentado para rayar mis páginas, para escribir mi poesía como quien resuelve crucigramas mientras el barco en el que viaja se hunde irremediablemente en un océano sin orillas y sin fondo. Todo es la noche, como dice Novalis, todo esto es no saber la razón definitiva de nuestra carne.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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