La Perinola: Este oficio delirante

La Perinola: Este oficio delirante

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Por Álex Ramírez-Arballo
Álex Ramírez-Arballo
He vivido, leído y escrito lo suficiente como para entender que la palabra y la libertad son las dos caras de una misma moneda. No reconozco a estas alturas de mi vida un poder superior sobre mí alma que el de la escritura cotidiana, la revisión meticulosa y sacrificada, el agobio mayoritario y las repentinas satisfacciones que este oficio delirante me ha acarreado. Me veo envejecer frente al espejo y sé bien que ya no hay para mí más camino que este anonimato elegido en el que he fraguado miles de páginas que creo me justifican de un modo que yo mismo no puedo entender enteramente. Es una locura y no puede decirse más de algo que no tiene causa ninguna, al menos ninguna que sea comprensible por nadie, y eso, por supuesto, me incluye a mí mismo.

Frente a nuestros propios errores solemos experimentar la tentación de querer borrar (como lo hacemos con los manuscritos) algunos desvíos morales, algunas malignidades inexplicables y dolorosas, como si buscáramos corregir con la experiencia ganada lo que no supimos hacer o decir en su momento y lugar precisos. Es inútil, pero los deseos humanos suelen ser así: no se detienen un momento a pensar en esa línea dolorosa e invisible que separa lo posible de lo irrealizable.

Lo que no se hizo ya no se podrá hacer. El tiempo se agosta y el círculo de las probabilidades se estrecha en torno a nuestro cuello, hasta que termine por ahogarnos fatalmente. Sabido -y muy bien- todo esto, ¿por qué no mejor destinar nuestras energías vitales a vivir en el ahora aferrados a esa perla de luz inextinguible que es la vocación; una de las mayores lacras del utilitarismo es hacernos creer que todo es instrumento al servicio de una causa visible. Y no es así, no señor: no todo el alimento que necesitamos para seguir viviendo es algo que se puede comprar en un supermercado, medir en una balanza o tocar con las manos. Hacer del día de hoy una tregua me resulta tan urgente como el oxígeno que mantiene vivas mis células.

Este oficio de locos, pues, es todo lo que tengo para poder lidiar con las culpas de ese irresponsable ser que fui y sigo siendo. No es mucho ni es poco, es todo. Gracias a él he aprendido a ser radicalmente libre. Eric Clapton afirma que nunca se suicidó porque sabía que después de muerto no podría emborracharse; a mí me pasa algo más o menos parecido: siento una anticipada nostalgia por mí mismo al verme muerto porque sé que cuando eso suceda estas páginas que he escrito van a ir a dar a la basura y, lo que es peor, que nunca más volveré a poder escribir un solo renglón en parte alguna, que jamás volveré a suponer un hogar para mí en alguna página vacía.

Mientras esa hora llega, que llegará más pronto que tarde, celebro estas cosas que voy diciendo y que aquí quedan como las huellas de un animal fugitivo. Me ilusiona infantilmente suponer que alguien, no sé cómo ni dónde ni cuando, encontrará este mensaje y sabrá, como yo mismo nunca supe, comprender a cabalidad la clave que explica todo esto.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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