La Perinola: Maravillas del ensayo

La Perinola: Maravillas del ensayo

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Por Álex Ramírez-Arballo
Álex Ramírez-Arballo
Hay dos cosas que prefiero en la escritura: claridad y brevedad. Las considero virtudes esenciales que acercan la lectura al plano de la conversación y hacen de la lengua un camino hacia el conocimiento del mundo, que es también, no tendría por qué recordarlo aquí, el conocimiento de uno mismo. Hay algo más a lo que aspiro cuando tomo la pluma y que, según mis registros, nunca he mencionado en mis contribuciones periódicas: amo la contradicción implícita en las reflexiones ensayísticas, las que van siempre elevándose sobre la página impulsadas por esa vocación de absoluta libertad que poseen quienes practican dicho género. Se trata, pues, de escribir por escribir, con impunidad pero buscando no perder nunca el decoro. El ensayista ha de ser un bucanero con modales de cortesano.

El ensayo ha sido para mí una manera de concebirme en el mundo. Procedo ante la página como procedo ante la vida: observando y diciendo, traduciendo en simultáneo el caos delicioso y agónico que me rodea. Parto sin saber a dónde voy y no me importa; lo único que me interesa es poseer la voluntad de dar un paso y el otro, y el siguiente, porque sé bien que donde plante el pie habrá de obrarse el milagro de un mundo nuevo que florece. Para el ensayista es imposible experimentar el vacío de los místicos y los suicidas; no puede vaciarse porque es un fenomenólogo puro. Le basta una burbuja de gas subiendo trabajosamente entre los hielos de su bebida para construir un deleitoso imperio de conjeturas. Conviene recordarles a los que tanto fastidian con la monserga del “miedo a la hoja en blanco”, que lo difícil no es escribir, lo verdaderamente imposible es dejar de hacerlo.

Soy un animal mestizo y me deleito en la fortuna de pertenecer a una estirpe que es en sí misma una exaltación de la más digna impureza. Quiero convocarlo todo, quiero anudarlo y desatarlo todo, quiero proceder en la mecánica de la escritura igual que hacen los niños en sus juegos, que nunca dejan de consumar en sus historias los matrimonios más inverosímiles: ensayar es jugar a las analogías develando ese sutil sistema de relaciones enredadas y contradictorias que subyace tras la aparente uniformidad de lo visible. Solo los dogmáticos evaden la paradoja: esto lo saben bien los posmodernos y sus tatarabuelos medievales.

El ensayo es a la escritura lo que es la modernidad a la historia: un escenario para la discusión perpetua, el autoexamen y el debate interminable.

Se trata de construir con palabras un espejo en el que va apareciendo por primera vez nuestro rostro, pero pocos son los que de verdad quieren asomarse al pozo del espíritu y gritar su nombre para escucharse a sí mismos en las ondas concéntricas del eco: todo el que escucha su voz producida por una fuente distinta a su boca experimenta un extrañamiento casi indistinguible de la repulsión. Conocernos y reconocernos puede ser a un tiempo un milagro y una pesadilla, redención y tragedia, conocimiento total y agonía.

Los límites del ensayo son los límites del ser. Donde concluye el argumento comienza la duda, que derivará nuevamente en tesis que crecerá siguiendo las rutas del silogismo para cumplir un nuevo ciclo, un nuevo recorrido del pensamiento. Es un viaje al centro del laberinto o, mejor aún, un ascenso en espiral hacia la nada.

La ética del ensayo, como he dicho, es la libertad que demuestra y su belleza radica en los rudimentos del lenguaje empleado para atrapar imposibles. El ensayista-Prometeo asciende para robar los fuegos sabiendo que le va la vida en ello. Pertenece a la estirpe de los locos y los santos, por eso es perseguido y adorado a partes iguales.

Ensayar es testimoniar. El ensayo es también a su manera la crónica de todos los desenvolvimientos del universo interior. Al leer las obras de un ensayista estamos atestiguando el caos prodigioso de su intimidad, donde moran ángeles y bestias en perpetuo combate. La lectura del ensayo nos atrae porque nos hermana con los demás en la gloria y la miseria del pensamiento infinito que somos todos. Somos peregrinos de la mente, fugitivos sin culpa en este valle donde poco podemos sacar en claro.

A mí se me ha planteado una disyuntiva particular debido a mi formación académica. ¿Debía dedicar mi vida a la escritura de artículos de crítica gremial o tenía que declararme en rebeldía ante un sistema autoritario, simplista, unívoco? Creo que la respuesta ahora la tengo más clara que nunca; si he decidido caminar por las rutas del ensayo (creativo dicen algunos despistados) es por una sola razón: no creo que haya nada más digno de defensa que la libertad. Sé bien que esto tiene consecuencias, pero serán siempre una molestia menor si es que conseguimos abonar las causas de la creación, que es hacia donde la vocación me ha impulsado desde pequeño. Crear, como digo, es conocernos, y no creo que exista pasión más estimulante que esta. No tengo ni he tenido más alta consigna que la de morir siendo experto en mí mismo. No es mucho ni poco, es lo justo y necesario.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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