La Perinola: El oficio del lector

La Perinola: El oficio del lector

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Por Álex Ramírez-Arballo
Álex Ramírez-Arballo
Hay autores que nos han tocado de tal manera que, después de haber pasado por sus páginas, no podemos volver a ser las personas que éramos antes de toparnos con ellos. Sucede simplemente que la experiencia de su lectura provoca un desacomodo interior de tales magnitudes ontológicas, que la vida no vuelve a ser la misma debido a que la mirada que arrojamos sobre ella ha sido trastocada hasta la raíz: ocupamos de pronto una perspectiva largamente desconocida. Nuestro mundo es ya otro mundo. Encontrar a nuestros escritores tutelares es algo más que un descubrimiento, es una auténtica revelación.

Durante muchos años, en gran medida debido a mi formación académica, he lamentado profundamente mi mala memoria, mi predisposición natural al caos y, sobre todo, la facilidad con que cometo traiciones lectoras, entregándome con pasión a un libro nuevo cada vez, desembarazándome con facilidad de querencias librescas apenas adquiridas y que bien me hubieran parecido indestructibles. Puede decirse analógicamente que soy un glotón, o un promiscuo que se entrega al goce por el goce mismo, dejando para después (o para nunca) los deberes críticos de mi profesión letrada. ¿De qué sirven estas experiencias gozosas si no me es posible sistematizar nada, publicar nada de valor que compruebe de cara a la galería que soy por fin el erudito en algo? Estas boberías me han torturado más de una vez, aunque por fortuna (¿será el cinismo propio de los años?) cada vez menos. Voy consiguiendo extirpar la culpa, voy liberándome de las manías aprendidas en el gremio y cada vez más, para bien o para mal, vuelvo a parecerme al lector pequeño que se acercaba a un libro con la simplicidad curiosa de quien se asoma a una ventana para contemplar la vida de los otros. Esto es algo de lo que no se habla jamás en las aulas: entre las páginas de un libro suceden auténticos milagros.

Preguntarnos sobre el valor práctico de la lectura es una actitud que a mí siempre me ha parecido extraña. ¿Alguna vez nos hemos preguntados sobre la utilidad del color amarillo, la muerte, el sonido de las cosas cuando se quiebran, el placer desatado y explosivo de los orgasmos, los estornudos o las carcajadas? Me parece que no y sin embargo a cada rato me topo con “promotores de lectura” que nos quieren vender la idea de cierta utilidad económica o moral implícita en los libros. Salvo en aquellos que funcionan como vehículos de instrucción tecnológica, en los libros donde se esconde la literatura no hay nada más que vida simple sin más; y, por cierto, no han sido pocas las veces que he encontrado en ellos el camino más corto al despilfarro y la inmoralidad más escandalosa.

Creo que la lectura es una extensión de los sentidos, un viaje interior que nos descubre regiones del espíritu que de otro modo permanecerían para siempre sumidas entre tinieblas. La realidad se muestra como algo más que una simple experiencia de contacto y nos presenta sus posibilidades analógicas: la asociación metafórica, el patrón metonímico, el imprevisto inmotivado como señal de un devenir profundo que se nos escapa siempre en el tráfago natural de lo cotidiano. Los saberes que se adquieren en la lectura no son instrumentales, son existenciales y definitivos. Leer es dejarnos tomar por otras memorias y otras voces que se anudan a las nuestras y que de este modo nos van poblando de experiencias ajenas que se injertan en nosotros y se vuelven nuestras de un modo irrevocable; infinidad de veces me he descubierto confundido sin poder determinar si aquello que estoy pensando es un recuerdo de vida o de lectura o de sueño. Muy probablemente sean las tres caras del ser inabarcable. Entre lo que vivo, lo que leo o imagino hay un millón de vasos comunicantes que van construyendo esto que soy, que voy siendo, que no es otra cosa que la formulación cotidiana de una conciencia que no solo quiere comprender, sino que además quiere comprenderse dentro de un inagotable flujo de imágenes. El lenguaje quiere acotar esta realidad sobreabundante, pero al ser un aparato tan rudimentario está condenado al fracaso: lo que nombramos es una sombra vaga de lo que nos habita. Todo texto es una traducción imperfectísima de lo que bulle en la conciencia de los hombres, es verdad, pero no tenemos más.

Todo libro es un espejo en el que nos reconocemos. Toda escritura trasciende el marco de su página y nos alcanza con voracidad invasora, habitándonos para modificar nuestras intimidades esenciales, haciéndonos en una multiplicación constante de posibilidades del ser. Un lector es un ser que ha crecido. Un no lector es un ser atrofiado, detenido en sus deformidades y los tremendos límites que la mala fortuna o la pereza le han impuesto. La voluntad de leer es más importante que la voluntad de hacer, porque toda acción no mediatizada por la lectura se encuentra más cerca del impulso instintivo que del acto trascedente. La lectura nos vuelve conscientes de nuestros límites, es verdad (nadie puede leerlo todo), pero también de la sofisticada red de símbolos que nos pueblan.

A mí me enseñó a leer mi hermana y creo que seguramente ya lo ha olvidado, pero ella me dio sin saberlo una llave que abre todas las puertas de este misterio encarnado que somos como especie. No creo que exista habilidad humana más importante que esta porque simple y llanamente arropa a todas las demás ciencias (prácticas o meditativas). No hay porvenir personal o colectivo que no pase obligadamente por el puente de la lectura.

Por último y quizás pagando la deuda a los románticos a quienes leí con vehemencia durante largas temporadas en mi primera juventud, diré que la lectura es un pacto con la vida, la experiencia de conocer pliegues ignorados del mundo -de nuestro mundo- donde resplandecen la fuerza y el carácter que hacen falta para vivir a fondo este milagro inasible que somos todos. En esto es que la lectura se parece a la fe, en que reclama una confianza en poderes que no alcanzamos a comprender del todo, pero que son necesarios para vivir con dignidad auténticamente humana. Leer nos hace soñar y el sueño, no lo olvidemos nunca, es la forma más rotunda y deliciosa de la libertad.

 




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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