La Perinola: Señales en el cielo

La Perinola: Señales en el cielo

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Por Álex Ramírez-Arballo
Álex Ramírez-Arballo
El siete de marzo de 1986 sucedieron dos cosas: cumplí 10 años y en el cielo nocturno apareció un cometa. Se trataba de un viejo conocido, el Halley, ni más ni menos, ese mismo cometa que nos trajo a Twain y que después se lo llevó de vuelta cumpliendo la profecía. Ahora que un nuevo visitante ha aparecido en nuestro cielo, no pude sino recordar ese año de la “estrella errante” en el que, además, sucedieron tres cosas que recuerdo con la misma nitidez: la explosión del trasbordador espacial Challenger, el accidente nuclear de Chernóbil y el mundial de México.

Pero el asunto que me interesa en esta página es el cometa. Pues bien, como en la escuela y en las noticias abordaban el asunto un día sí y al otro también, un amigo mío de entonces y yo nos pusimos de acuerdo para ir a “ver el cometa” en una loma cercana a mi casa. Durante tres días pasó por mí en su bicicleta y yo, montado en la mía, salía detrás de él jugando carreras para ver quién era capaz de llegar más pronto hasta la cima. Nunca gané. Pero eso poco importaba; si llegaba hasta lo alto sin aliento, la visión de aquel nódulo luminoso del que se desprendía unas no menos llameantes y sutiles greñas, me hacía latir el corazón de tal manera que ya me parecía a mí que se me iba a salir saltando por la boca. Quedábamos ahí nomás, dos niños sin otra obligación que vivir a cabalidad aquel asombro cósmico bajo la noche del desierto. Desde entonces aquella impresión de pavor y entusiasmo, de horror y deleite a partes iguales, me ha acompañado cuando pienso una y otra vez en mis días de infancia y cómo fue que poco a poco fui descubriendo las maravillas que construyen las tramoyas de la tierra.

Algunos años después aparecieron dos cometas más, uno en 1996 y otro en 1997, pero entonces yo ya había dejado de ser un niño y entre el mundo y yo se había levantado un impalpable muro de costumbre. Ya no era una bestia natural, la educación me había convertido en un ciudadano más y los deberes de mi condición dirigían mi atención hacia lo que vale la pena, es decir, había dejado de leer la realidad como una larga cadena de acontecimientos y ya lo hacía en la clave burocrática de los simples asuntos. Una pena inevitable, después de todo.

En fin, era solo esto, la llegada de otro cometa que ha despertado mi memoria y me ha llevado de nuevo a aquel sitio, a aquel preciso momento de estremecimiento vivo junto al mar. Supongo que los escamoteos de la memoria agregan color y vida a una historia insulsa, aunque en mi defensa repetiré unos versos del poeta gaditano Alberti, quien a los ocho años vio también al Halley: “Ya era yo lo que no era, /cuando apareció el cometa”.

No importa, pues, lo que fue, importa lo que vuelve a ser, lo que aun no habiendo sido, en nosotros despierta y se levanta. ¿No es acaso nuestra historia personal sino una serie de fábulas, desvíos, traiciones autobiográficas, confesiones exageradas, desplazamientos y abiertas fantasías? El valor de recordar lo vivido no radica en la precisión de los hechos sino en la fidelidad a la emoción que consiguió implantarlos en alguna región fértil de nuestro espíritu. Eso basta y sobra.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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