Urantia: Passarola

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Lo humano me satisface pues ahí encuentro todo, hasta lo eterno.
Margueritte Yourcenar.

 

Miguel Manríquez Durán
Miguel Manríquez1: Amar causas perdidas parece ser ya una vocación honorable. “No existen las causas perdidas“, me dijeron. Desde entonces me dedico a imaginarlas, construirlas con ahínco y disciplina poco recomendable. No es un buen oficio. Tal vez por ello, la obsesión por lo fragmentario en estas colaboraciones es más evidente por una intención de coleccionista que por afanes comunicativos. Y todo se debe a un libro leído en mis juventudes: La Voz de las Cosas de Marguerite Yourcenar. Ese texto no sólo es una caja de resonancia plena de sabiduría sino también de pensamientos, fotos y lugares visitados y, por si fuera poco, es un homenaje a Jerry Wilson. Para mí es evidencia de un destino: la trayectoria de un corazón humano a la búsqueda de belleza y sabiduría. Fue su libro de cabecera con pensamientos de veneros tan increíbles como de diversas tradiciones tanto occidentales como orientales. Después de todo, “cuando se ama la vida, es normal que se lea mucho”, diría años después Yourcenar.

Mis lecturas de adolescente estuvieron marcadas por esa fatalidad de causa perdida: la novela histórica y la literatura clásica. Eso me transformó en solitario a la hora de no poder compartir lecturas en el húmedo verano guaymense. Las Memorias de Adriano (1951) es retrato fiel de un poderoso emperador que fortaleció un Imperio Romano que se desbarataba y, al mismo tiempo, es historia también de pasiones perdidas, como la que sintió por su amante Antinoo, quien pereció ahogado y a quien convirtió en Dios. Esas narrativas hacen de mi causa perdida un acto menos trágico y muy vital: una filosofía de la vida. Con traducción al español de Julio Cortázar, la novela que la propia Marguerite Yourcenar describe a partir de una frase de Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”. Hoy no existen los dioses. Por ello, Adriano representa esa alma nostálgica con la que dialogamos para mantener lo amado: una buscada perpetuidad que por necesaria es causa perdida. Todo está en la última reflexión de Adriano: “Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos”.

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2: Amigarse con las causas perdidas es mi búsqueda de héroes personales. Dicho de otro modo: tener un “alma que permanece de pie, sin desfallecer” como dice el filósofo ocultista Agrippa de Nettesheim a manera de frase final en Adriano. Un héroe personal es Baltasar Mateus, el sietesoles. Este legendario amante de causas perdidas es el protagonista de Memorial del Convento (1982) de José Saramago. Es un soldado licenciado que emprende un largo camino por territorio portugués sin más objeto que el de volver a Lisboa como el hijo pródigo. Baltasar, hijo de campesinos, Marta María y João Francisco, que no sabe “desde cuándo y por qué nos metieron los siete soles en casa, si fuésemos siete veces más antiguos que el único sol que nos alumbra, entonces deberíamos ser nosotros los reyes del mundo”. Baltasar Mateus, esposo de Blimunda Sietelunas, es el personaje que cuida amorosamente de la passarola como quien mantiene un sueño y, al mismo tiempo, por azares del destino, es el único que vuela dos veces en la máquina a tal grado que, solo y asustado, en su segundo vuelo asciende al cielo y se pierde hasta que Blimunda lo encuentra nueve años después ejecutado en la hoguera inquisitorial.

El personaje refiere, sin duda alguna, al hijo del Dios que muere sacrificado a causa de sus pecados (volar, soñar y amar), pero también es una alusión a Miguel de Cervantes con quien comparte no sólo su condición de exsoldado que perdió la mano en una batalla, sino también su “triste figura” ya que es un hombre alto (más alto que Juan V) que, quijotescamente, recorre parte del territorio de Portugal (Evora, Montemor, Pegões, Aldegalega, Lisboa y Mafra) desempeñando los trabajos más humildes y viviendo, en ocasiones, de la caridad pública.

La vida de Baltasar se entrecruza en múltiples ocasiones con la Historia: dueño de un espigón producto del ingenio humano, testigo de los autos de fe, recorre Lisboa, obrero en el convento, amigo de Bartolomeu el volador, compañero de los obreros, participante de guerras, hijo de campesinos despojados de su tierra, víctima del Santo Oficio, amante incansable y eterno. Es un rey terrestre y anónimo cuya marginalidad será redimida por dos caminos: participa en la construcción de la utopía, la máquina de volar (volar y soñar) y Blimunda (el amor y la santidad terrestre). Baltasar Sietesoles (siete días en que se creó el Universo) volará dos veces: en los viajes de la passarola y muchas noches sobre Blimunda.

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3: En Saramago, la passarola (la máquina de volar) es metáfora de la libertad y el sueño que sobrevuela Lisboa desde espacios nunca vistos por hombre alguno. Los privilegiados en este vuelo son Baltasar, su mujer Blimunda y el inventor de la máquina, Bartolomeu Lourenço, el Volador, quien fue objeto de escarnio por parte de la Iglesia, los intelectuales y algunos enemigos. Este personaje histórico también es amigo de causas perdidas. Bartolomeu Lourenço de Gusmão nació en Brasil en 1685 y residió en Portugal desde 1708 y fue famoso por su “prodigiosa memoria y sus habilidades mecánicas”. En 1708, envió una carta a Juan V en donde le comunica el haber inventado un instrumento para volar. Le llamaron, en efecto, El Volador. Realizó estudios de mecánica en Holanda y se doctoró en Cánones en Coimbra. El rey le nombró Académico de la Historia. En septiembre de 1724, huyó de Lisboa ya que se iniciaría un proceso inquisitorial en su contra, por lo que pasó a España y murió en el Hospital de Toledo en noviembre de 1724. Los historiadores anotan que, más allá de sus delirios, el Volador inventó el globo aerostático y fue uno de los precursores de la aeronáutica. El Volador es “un hombre que ha querido prender fuego a un sueño”.

Aquí ya es evidente que, como amigo y artífice de causas perdidas, tengo una passarola. Se alimenta de sueños y voluntades y espero que Blimunda (la romana) las atrape en esferas de cristal para navegar conmigo y comprenda que “el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres, si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo”. Quizá, diría Faulkner, no se puede nadar hacia nuevos horizontes hasta no tener el coraje de perder de vista la costa. Mi passarola existe porque todos deberíamos tener dos vidas.




Miguel Manríquez Durán. Poeta.


SUM Comunicación
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