La Perinola: Soledad y escritura

La Perinola: Soledad y escritura

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Por Álex Ramírez-Arballo
Álex Ramírez-Arballo
Lo peor parece haber quedado atrás, por lo menos eso es lo que percibo en las calles, los negocios, las noticias que se desprenden de los diarios y los noticieros de la tele. Fueron tres meses de cautiverio obligado, desesperación y renuncia absoluta al deber matemático de la santa rutina: todo fue permanecer encerrados, azorados por todo aquel vendaval que tan salido de la nada nos arrebato lo que era hasta entonces la vida. Pero, decía, todo eso va quedando atrás mientras las restricciones se levantan y nos vamos preparando poco a poco para volver a pisar nuevamente nuestras propias huellas, con natural cautela y con la curiosidad -al menos en mi caso- de querer corroborar que el mundo no se ha ido a ninguna parte, que las calles y avenidas y las caras de la gente… que todo sigue ahí. Me he dado cuenta de que he extrañado poco, como el asceta que soy, pero eso poco que he extrañado lo he extrañado mucho, demasiado, con auténtico dolor.

Ahora salgo a menudo, tomando precauciones, como es natural, pero he recuperado la libertad. Salgo por salir, para ver y pasear y pensar, para correr (que es un mal hábito que adquirí hace más de diez años), para reconocer las calles tan hermosas de este barrio en el que ahora vivo. He visto que la gente, como yo, se ha echado a vivir desesperadamente una vida social que a mi juicio tiene algo de impostada; el otro día descubrí una fiesta de más de treinta personas a unas casas de aquí cerca: todos se sentaron en derredor de una fogata mientras reían con exageración, tomaban cerveza y hablaban entre ellos agitando las manos. Parecía que fueran amigos que se volvieran a ver después de un largo viaje. Yo no llego a tanto: me bastó salir para corroborar que todo estaba en su sitio, entonces volví con dulce resignación a la paz de mi retiro.

Se está bien aquí, pero ahora se está mejor. Un anacoreta necesita del mundo para no estar en él; la pandemia me arrebato todo esto, por eso la escritura se hizo una cosa difícil, un trabajo infame de galeras que no produjo absolutamente nada del más mínimo valor. La escritura es ahora cuando anoto estas cosas mi hogar recuperado, mi geografía y mi más alto ministerio. Es sobre todo la conversación con uno mismo ocurriendo cuando un estado de sosiego general lo envuelve todo y no queda en el aire sino la intención purísima de escuchar lo que aparece en la página. Algo se está diciendo ahora mismo, como una señal de que las aguas de la existencia, de mi existencia, han vuelto a sus cauces originales.

Temo pecar de grandilocuencia al decir todas estas cosas, pero no puedo dejar de hacerlo. Así lo he vivido siempre y lo he aceptado como parte de mí, como un oficio al que le debo una fidelidad que no “paga” en modo alguno; no existen recompensas que vayan más allá de la experiencia misma de dejarse tomar por la soledad y el retiro, por el papel que se puebla poco a poco de osadías verbales que se fijan en ese feliz entrecruce de tiempo, espacio y circunstancia. Es todo. No hay más que eso que nadie más allá de mí y de algún otro bien intencionado puede valorar de alguna manera. Es increíble que esta vieja manía mía todavía me salve. Si traiciono la escritura me traiciono a mí mismo y al hacerlo me destruye, aunque quede todavía mi cuerpo respirando.

Me retiro del mundo para comprender el mundo. Creo que es eso, un deseo obstinado de entender las causas y efectos que entrelazan la maravilla diaria de un orden material que danza en sus formas, que se hace y deshace en todos sus ruidos. Para eso creo he nacido, para mirar y mirar, para escribir lo que veo, para suponer detrás de toda ensimismada materia una inasible sustancia que le otorga un sentido radical a la locura de estar vivos. Oscilo entre el terror y el deleite, aunque por momentos tengo la absoluta certeza de que son dos veneros de una misma fuente.

Sano en lo que escribo. Es como si al hacerlo se organizaran los desórdenes interiores y se expusieran las dolencias de tal modo que se volvieran visibles al ojo humano, cobraran forma y, como consecuencia natural, se empequeñecieran, se volvieran historia asible, susceptibles de ser derrotadas en el escenario de la vida. Hay una función terapéutica en el decir escrito, aunque no lo sepamos explicar, aunque no entendamos cómo operan sus leyes de sanación.

Pero hay algo más de orden metafísico: la escritura ofrece un sentido. Cuando uno escribe se aprecian, como he dicho, las formas; se vuelve visible lo oculto, se allega al tacto lo que parecía distante y palpamos los más indescifrables fondos de la vida. La escritura es también camino: hay un destino cierto en medio de la confusión, un sendero que se abre milagrosamente para llevarnos de regreso a casa en medio de nuestro extravío: instaura una razón que no es la razón del mundo sino la razón de la vida.

Es curioso pero en el retiro del escrito es posible la comunión más absoluta. Lejos de las convenciones sociales, las confusiones y los malentendidos de la vida cotidiana, la conciencia se serena y se asientan los ruidos de la calle; entonces es que la claridad lo ocupa todo. Entonces es que uno sabe sin intermediación de razones complejas que la unidad y la pluralidad humanas son dos pulsos, dos manifestaciones de una misma red de correspondencias absolutas.

Tengo por la escritura el mayor de los respetos. Sé que no hay medias tintas, que no es un pasatiempos sino un altísimo deber al que algunos nos hemos sentido llamados desde pequeños. Uno no explora en la escritura, uno debe arrojarse a ella como a un agua sin fondo en donde se encuentra eso que los deterministas llaman destino.

Si la escritura es la voz del ser, la soledad es el espejo en el que ese ser se asoma para ver su rostro. Entre el acto del decir por escrito y la separación a la que el escritor se ve obligado se extiende una tensión vital, un arco voltaico que justifica y ennoblece nuestros días terrenales.

Estoy feliz y emocionado, estoy sereno pero alerta. Me detengo mientras el sol se asoma lentamente, los pájaros cantan otra vez, el café hierve y despide la antigua mansedumbre de su aroma. He vuelto a mi lugar. Afuera la gente se arroja a lo suyo mientras yo aquí, separado libremente de sus causas, me dedico a lo mío, que es transcribir cosas que nunca nadie antes ha escuchado, cosas que todos sabemos sin conocer, cosas minúsculas y vivas, como la esperanza.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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