La Perinola: Aquí hay gato encerrado

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Por Álex Ramírez-Arballo
Tengo dos semanas atrapado en mi casa. Tengo 15 días enfrentado a la inexcusable obligación de observarme a mí mismo. No solo eso, además debo escucharme y -sobre todo- debo defenderme de todos esos demonios que habitan nuestra cabeza y que comúnmente llamamos imaginación. Son terribles. Ahí se hunden las raíces del miedo. Yo, que soy ansioso desde pequeño, entiendo bien cuáles son los mecanismos del pánico: la realidad suplantada por las ideas recurrentes de un inminente cataclismo a la vuelta de la esquina.

Todo esto se vuelve relativamente fácil de controlar con los años, pero en estos días y con la que está cayendo se me ha vuelto un asunto mucho más que difícil. He tomado algunas medidas, como desconectarme de los noticieros, escuchar música, ejercitarme diariamente y leer textos estimulantes que me ayuden a cultivar una esperanza razonable en medio de toda esta orgía de malas noticias que nos circundan.

¿Es posible sobrevivir una pandemia informativa?, me pregunto una y otra vez. No lo sé, lo averiguaré si al final de todo esto me encuentro con la cabeza en su sitio. Por el momento hago lo que puedo, nado a contracorriente reservando en la intimidad de mi casa un espacio mínimo para oficiar los rituales de esa normalidad hoy arrebatada.

Pero me ha sucedido algo no esperado: me he encontrado con la poesía y de eso voy a hablar. Quiero decir que al escribirla y leerla cotidianamente durante estos días la he reconocido como alguien muy querido al que no he visto durante muchos años; ciertamente leo y escribo poesía todo el tiempo, pero hasta estos días todo esto no había sido sino una especie de actividad rutinaria, algo como la obligación de un humilde profesor que vuelve una y otra vez a sus prejuicios con tal de seguir tirando con las faenas del oficio. Sin embargo, en estos días ha sido diferente. En ella ha aparecido ese viejo rostro que descubrí asombrado cuando era casi un niño y supe entender que todo aquello era una auténtica revelación de la vida, de las fuerzas de la vida y me estaba interpelando de una manera que no había experimentado hasta ese entonces. ¿No es acaso que la conciencia poética nace con nuestros deseos eróticos y nuestra conciencia mortal?

La poesía, pues, vuelve y tengo una teoría para explicarlo: cuando la condición humana se encuentra al límite, cuando las seguridades están en saldos mínimos y todo el futuro se extiende como un horizonte nebuloso, la poesía encarna los deseos humanos más profundos, la vocación de comunión, el anhelo de comprensión, el apetito insobornable de afirmarnos en lo que decimos. En el acto poético descubrimos, como en un espejo inesperado, nuestro verdadero rostro, ese rostro que el engaño de la costumbre de los días nos impide ver. Entonces comprendemos el engaño de la inercia cotidiana; esto a mi juicio es maravilloso porque nos vuelve humanos conscientes de nuestra humanidad. La poesía, perdonen lo tautológico del aserto, es el gesto existencial por antonomasia; el poeta quiere ser humano hasta las últimas consecuencias y quiere comprenderse a sí mismo en ese acto, así como en la relación de tensión dulce y violenta que sostiene con ese entorno que vulgarmente conocemos como mundo. Si no hay poesía no hay vida, así de radical debe ser nuestra afirmación; si no hay poema la vida se reduce a sus presencia y fisiología, a su pura temporalidad, al devenir de su materialidad determinada por el juego de espejos que conocemos como causas y efectos.

La poesía, entonces, da sentido, pero algo más: otorga un sentido último. El poema encarna el estado de pasmo al que nos enfrentamos cuando sabemos que somos y estamos, cuando intuimos (uno de los nombres de la certeza) que estamos sitiados por presencias fundamentales que trascienden la humilde red de nuestra experiencia; entonces sabemos que el lenguaje puede unirnos a esas sustancias a través de un gesto prodigioso: el verso.

Todo poeta entiende, a la hora de escribir, que alguien más rige sus movimientos espirituales. Parte de una idea concreta, un motivo, acaso, pero eso es solo el comienzo; luego le sigue esa ruptura radical con el orden de lo cotidiano: todo se presenta a la vez sobre el escenario de la conciencia, como si se escenificara ahí mismo, en ese preciso instante, el ritual definitivo. Todo poema es todos los poemas.

Todo esto se me ha planteado en estos días. Más allá de la paranoia y el miedo infantil que amplios sectores de la población muestran, eso que el filósofo italiano Giorgio Agamben denomina la “vida desnuda”, se yerguen posibilidades mayores, a la altura de lo humano, que el nihilismo de nuestra época ha condenado por considerarlas “esencialistas”. Bajo el imperio del accidente, como vivimos hoy, la crisis nos coloca de “golpe y porrazo” frente a una profusa sed de esencias y para lograr esto, tengo que repetirlo, no hay manera más elemental y al mismo tiempo poderosa que la vuelta al arte noble par excellence, la poesía. Tras el vértigo de la incertidumbre se esconde un tesoro escasamente encontrado: la visión del hombre.

Espero que cuando todo esto pase, que pasará, pueda volver a estas notas para recordarme que la poesía no es escritura o lectura, es encuentro necesario. Entonces, tal vez, pueda seguir caminando por la vida con un poco más de luz en la mollera y el corazón más tibio y feliz que de costumbre.

P.S. Deseo de todo corazón que el Miguel (Manríquez) se encuentre mejor y en abierta recuperación. Sé que lo acompañan unas lecturas deliciosas que, primero Dios, muy pronto tendremos la posibilidad de discutir agradablemente. Va para él un abrazo muy grande y el recuerdo de unos años felices que hoy nos van quedando cada vez más lejos. Así es la vida.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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