Basura celeste: Leer sin prejuicios a Riva Palacio

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Por Ricardo Solís
Tengo la impresión de que los lectores de mi generación (y las anteriores) tenían, de algún modo, una vinculación mucho más cercana con la literatura mexicana del siglo XIX que los de la actualidad, cuando parece más bien recluida al ámbito de los estudios académicos. Por esto, un libro como Entre literatura e historia. Vicente Riva Palacio: visiones de España y México (El Colegio de San Luis, 2016), de Marco Antonio Chavarín, puede ser de particular importancia para mí pero, aunque mi alejamiento del ámbito académico es casi total, no dejo de pensar que también ofrece y sugiere puntos de vista que recuperan rasgos de actualidad en la obra tardía de uno de los escritores más emblemáticos de la antepasada centuria.

En este sentido, no se necesita mucho para traer de vuelta a la memoria lo que significa la figura de este hombre de numerosas actividades y aptitudes –fue novelista, poeta, dramaturgo, historiador, crítico, orador, periodista, escritor satírico, militar y diplomático– que nació en la Ciudad de México en 1832, como hijo de un abogado liberal que fue elegido por el propio Maximiliano de Habsburgo para ser su defensor en Querétaro pero, además, fue asimismo nieto (por la línea materna) de Vicente Guerrero.

Pero eso no basta, Vicente Riva Palacio y Guerrero, abogado de formación (y uno de los liberales más destacados de nuestra historia), rechazó una propuesta de Juárez para convertirse en titular de la Secretaría de Hacienda, aunque sí fue diputado y, durante la guerra de intervención, tomó parte en acciones militares al lado de Ignacio Zaragoza para, después, gobernar el Estado de México y también Michoacán, y convertirse en general en jefe del Ejército del Centro (lo que duró poco, pues entregó las tropas a su mando, a petición de Juárez).

Poco después, a pesar de haber incursionado en la dramaturgia y la novela, inicia una trayectoria periodística que lo enfrentaría al gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, por medio del famoso periódico satírico El ahuizote; posteriormente, en 1884, fue encarcelado por atacar al gobierno del presidente Manuel González (confinamiento durante el cual escribió buena parte del segundo volumen de México a través de los siglos) pero fue asimismo magistrado de la Suprema Corte de Justicia y Secretario de Fomento para el gobierno de Porfirio Díaz quien, en 1886, le nombró Ministro Plenipotenciario de México en España y Portugal, con residencia en Madrid, ciudad donde murió en noviembre de 1896.

Con todo, este breve resumen de su existencia deja de lado que fue un hábil narrador folletinesco que contribuyó a la construcción del imaginario “moderno” que tenemos de la época colonial (gracias a novelas como Martín Garatuza –que incluso fue adaptada como telenovela– o Los piratas del Golfo), lo mismo que cronista de la violencia mexicana (baste revisar El libro rojo), historiador (¿quién con más de 50 años de edad no recuerda el compendio de México a través de los siglos?) y un hábil representante diplomático de nuestro país en España, periodo en el que abordó la narración breve al reunir y publicar algunos de sus relatos en Cuentos del general (1896), justo el libro en el que se apoya Marco Antonio Chavarín para plantear las hipótesis de su libro en torno a cómo la escritura de estas historias evidencia las habilidades narrativas de Riva Palacio y su postura en torno a la relación política entre ambas naciones.

En estos términos, tras prefigurar históricamente la vida y obra de Riva Palacio, Chavarín nos revela las claves de una conferencia que el autor de Monja casada, virgen y mártir impartió en el Ateneo de Madrid con motivo de la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América en la que, bajo el título de “Establecimiento y propagación del Cristianismo en Nueva España”, se pueden descubrir tanto una postura política como una estrategia discursiva que se hace patente en los cuentos que conformarían el antes citado volumen de relatos (los cuales vieron la luz en publicaciones periódicas antes de adoptar la forma de libro).

Así, de acuerdo con Chavarín, este ejercicio comparativo da como resultado la posibilidad de leer como un diálogo “desde la ficción” el vínculo entre la conferencia y los cuentos de Riva Palacio; por ello, además de resaltar la postura crítica del ministro ante el positivismo y su peso en el discurso de la historiografía nacional de la época, la constante en la mayoría de las 26 narraciones breves que componen Cuentos del general es una ironía que destaca por su complejidad estilística, así como la posibilidad de dotar de enorme sutileza el ya conocido (y agudo) filo de la pluma-espada del polígrafo mexicano.

En palabras de Chavarín, Riva Palacio “usó algunos de los mismos recursos estilísticos y estéticos, tanto en los textos históricos como en los literarios; entre otros: un omnipresente autor implicado, una marcada ironía, el pastiche, un significativo uso de los espacios al interior de los universos narrativos y la presencia de la oralidad”; es por esto que, de igual forma, dichas características permiten “entender” lo mismo la obra histórica que la literatura del autor.

Para el ensayista y narrador sonorense, la viabilidad de su propuesta se sostiene “porque enfatiza una forma de ver la literatura sin prejuicios elitistas, donde el oficio de escritor no es más ni menos que otro oficio, sino sólo –si acaso– otra forma de convivir con la realidad”; de esa conclusión es que, al menos para mí, parte entonces un rasgo de interés que puede este ensayo despertar en sus probables lectores, esto es, dejarse sorprender por la aparentemente insospechada “actualidad” de una escritura en la que “conviven” historia y ficción de manera efectiva y atrayente.

Hace ya bastantes años –más de treinta–, cuando lejos estaban las redes sociales y el internet de existir, la estantería de la única biblioteca pública de la pequeña ciudad en que nací guardaba con orgullo algunas de las voluminosas novelas de Riva Palacio que, lo mismo que muchas páginas de Manuel Payno o Luis G. Inclán, estimularon mi imaginación sin necesidad de cuestionarme cómo o cuándo se habían escrito.

Quizá por eso este libro de Chavarín me devuelve la confianza en que cualquiera que se acerque a muchas obras de la literatura mexicana que se produjeron en el siglo XIX podrá “sin prejuicios” (como apunta el investigador) notar cuánto sobre nosotros mismos nos siguen diciendo historias como las que se narran en Cuentos del general, un muestrario diverso de personajes, actitudes y acontecimientos que no se distancian mucho de las ingeniosas formas que toma la naturaleza humana para manifestarse, sea bajo la túnica desgarrada del humor o el ingenio con que enfrentamos el amor, la adversidad o la muerte.




Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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