Urantia: Ataraxia

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Para ALE

Miguel Manríquez Durán
i: Namurachi
La videncia fue clara y sorpresiva: estaba en Namurachi (“Ahí dan conciertos”, dijo la romana). Salír del sueño es volver al orden del mundo. Fue una noción matricial y devorante. Un sentido de pertenencia a un lugar (locus poético) compuesto tanto por mi mundo personal, así como por los mundos posibles levantados en el verso escrito. En esta diáfora de mundos, como otros poetas, se encuentra siempre una  revelación. Pero ocurre que “toda revelación ha de justificarse, ha de probar su derecho de ciudadanía” (María Zambrano, dixit) en el mundo de los bienaventurados. Como Wordsworth, creo que este llamado interior, este peso confuso, está lleno de paganos. Quizá es el momentáneo fulgor de alguna deidad que sabe del poder de la palabra: hiere desde lejos.

Aún recuerdo una charla con José Vicente Anaya en un café de Hermosillo. Hablamos, por supuesto, de “Hikuri” su poema ya emblemático. Compartimos el asunto de la etnopoesia (sigue sin convencerme el concepto). El por su extraordinario poema que ya va para más de treinta años y yo por Tetabiate. Tiempo después me envió otro libro con Gerardo. Sigo creyendo que su Hikuri es revelación y ascesis: por una parte es elevación y aprendizaje; por otro lado, es olvidó y reducción del ego. El poeta quiere destruir para existir, sea como derrumbe o tradición. No es una síntesis sino devoración contínua renovadora.

Después de todo esa videncia (Rimbaud, dixit) no es otra cosa que exploración de una realidad que se abre múltiple y disímil, una sensorialidad espiritualizada ante el asombro de la realidad. Es un kosmos en su sentido original: un orden. Carl Sagan define cosmos como “todo lo que es, lo que ha sido o lo que será”.

ii: Woolf
Desde hace décadas lo supe. Virginia Woolf y yo tenemos almas vacilantes. Sus diálogos internos me fascinan desde siempre. Pero me atrae más su sentimiento difuso e implacable: la angustia de escribir que Kierkegaard transforma en la angustia de existir. No hay modo de escapar a ella. Como bien dicen: la angustia es una enfermedad de la imaginación. Esta phobos ya tan arcaica aparece desde siempre. Especialmente en Esquilo. En Los Persas, la reina Atosa, madre de Jerjes, sufre la angustia por su hijo: “Estoy con una inquietud inexpresable”.

En Virginia Woolf, la angustia toma dimensiones épicas. Su intento y obsesión por apresar lo inasible, su fluir hacia lo fragmentario desde la austeridad de su prosa en “Las Horas” la revela como una maestra del monólogo interior y, al mismo tiempo, revela la belleza de las cosas más cotidianas y ordinarias. Su aventura con las palabras antiguas dichas en un orden y sentido moderno tiene un destino: decir la belleza con mucho de verdad. “Si no dices la verdad sobre ti mismo, no puedes decir la verdad de los otros”, escribió. Algunas romanas son de alma vacilante y tienen la mirada de Virginia Woolf.

iii: Mercado
El aire húmedo del Tigris era pesado y diferente al de otras noches. En la Ciudad Redonda, después de una jornada completa en La Casa de la Sabiduría, no podía dormir porque pensó en ella, la romana de ojos castaños y risa de esperanza. No pudo ser de otro modo: al encontrar su mirada, el corazón del persa Narsés se desbocó y no volvió a ser el mismo. Se incorporó inquieto por la visión del sueño. Las voces de su tribu, los Quraysh, aún le llamaban pero desobedecia su mandato. Desde hace varias noches, el impulso aparecía en el aire de la madrugada y deseaba entonces salir huyendo por alguna de las cuatro puertas de Bagdad. Sólo quería ir a buscarla al lugar favorito de ella pero le debía su lealtad al califato abasí.  “El corazón es una lámpara” musitó antes de mirar al cielo. Cerró los ojos y recordó un poema aún no escrito: “Anoche, recostado sobre el techo/ pensaba en ti/ y vi una Estrella especial,/ la llamé para que te lleve un mensaje;/ postrándome ante ella le pedí que lleve mi gesto/ a aquél Sol de Tabriz/ para que con su luz/ pueda tornar mis oscuras piedras en oro./ descubrí mi pecho para mostrarle mis cicatrices: le pedí noticias tuyas”. En el punto más oscuro de esa noche la imaginó feliz, emocionada y radiante caminando en el Mercado de Trajano de la Vía del Foro Imperial en la ciudad eterna. Sólo pensó en acompañarla entre el laberinto de mercaderes e invitarle a comer un durazno. Soñó tanto ese sueño que no escuchó llegar a los mongoles con Hulagu al frente. No se dio cuenta que nunca comería durazno con la romana de iluminados ojos tristes.

“Cuando ella camina con sus doncellas
su belleza es una luna entre faroles oscilantes.”




Miguel Manríquez Durán. Poeta.


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