Celuloide: Érase una vez…

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Por Jesús Ricardo Félix
Érase una vez un director llamado Quentin Tarantino que desde el estreno de su primera película en la década de los noventas ha dado bastante de qué hablar. Para los que están familiarizados con su trabajo saben que su estilo es una mezcolanza de películas que van desde las artes marciales hasta el Spaghetti Western representado por directores como Sergio Leone. Cuando se estrenó Reservoir Dogs y luego le siguió Pulp Fiction el director norteamericano de raíces italianas parecía estar llamado a ser el autor de la década. Se nos vendió como el nuevo bastión del cine de arte llamado a romper todos los esquemas. Después se supo de guiones que había vendido como True Romance de Tony Scott o Natural Born Killers de Oliver Stone y la expectativa era aún mayor. La idea era que si al inicio de su carrera había logrado estructurar este tipo de historias donde los diálogos desbordaban originalidad, la música acompañaba las escenas como en una escenografía del estilo de Kubrick, los saltos en el tiempo, el kung fu, el spaghetti western, toda esa mezcla de elementos nos hacía pensar que lo que se venía era aún mejor. Pero cual disco de Maná, Tarantino nos demostraría que había que ir a lo seguro apelando a lo ya conocido. El hambre de aquel chico que rentaba películas cercano a una playa de Los Ángeles se esfumo. Le siguieron películas entretenidas pero carentes de originalidad, se dedicó a repetir una formulita que le permitía estar en su zona de confort. Películas basadas en otras películas donde la violencia resultaba acaso risible para unos, innecesaria para otros. En su último proyecto adopta una formula ya utilizada por el en Inglourious Basterds donde basándose en hechos históricos los distorsiona haciéndolos parte de la ficción. En aquella ocasión al asesinar a Hitler en una sala de cine. En la más reciente de sus películas Once Upon a Time in Hollywood pretende narrar su versión de los asesinatos de la familia Manson a finales de la década de los sesentas. Y es que así como en México se glorifica a los narcos en el país vecino se idolatra a los psicópatas. La película nos cuenta la historia de Rick Dalton (Leonardo Di Caprio) un actor buscando escalar el máximo pedestal del Hollywood de los años sesentas. Acompañado de su doble Cliff Booth (Brad Pitt) nos muestran un poco del ambiente que se vivía en la época. Creo que ese es el mayor fuerte de la película, lograr proyectar la nostalgia de una época entre el activismo hippie y el glamour de Hollywood. Ahora que mencionó el tema de los hippies, en la década de los sesentas representaban un movimiento pacifista contracultura, en la película son retratados como simples drogadictos, vagos. Del mismo modo Bruce Lee, estrella de artes marciales de la época es proyectado como un arrogante busca pleitos evidenciado por ese supuesto doble de acción. Es rescatable el conflicto que vive Rick Dalton como una especie de Marcelo en La Dolce Vita anda en medio de la farándula pero aspira a ser una estrella. Esta lucha con su ego que le obliga a perfeccionar su técnica es acaso lo que nos brinda las mejores escenas. Me parece que Tarantino ha perdido el hambre esa que necesitan los grandes boxeadores para brillar en el cuadrilátero o los directores en el set.





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