Rosas blancas para una boda

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Carlos René Padilla
Cuando Ida Luisa Franklin adquirió la quinta de Las Delicias junto con su esposo e hijo, ignoraba que aparte de los muros caídos, los arcos devastados, las hectáreas de terreno repletas de árboles frutales y los tres pozos, la compra incluía un fantasma.

Poco a poco la mansión de estilo neoclásico de grandes pilares fue reluciendo su belleza hasta estar a la altura del mote con el que la gente del pueblo de Álamos la conoció muchos años atrás: “El cisne blanco del valle”.

Pero no solo el lustre empezó a notarse en la mansión, también una presencia que no era parte de la familia, al menos de la actual. En las habitaciones empezaron a moverse objetos como si hubiera corrientes de aire ocultas o un olor característico a rosas blancas anegaba la casa.

Fue la primavera de 1960 cuando Margarita Franklin se encontraba acostada en su aposento, despertó de improviso y descubrió una figura femenina resplandeciente en el umbral de su cuarto. Aterrorizada gritó preguntando que si quién era. La mujer no le contestó y simplemente se fue. A la mañana siguiente, su tía le mintió diciéndole que era ella en camisón y que solo se había asomado para ver si dormía. Meses más tarde, otra sobrina, Darlene Chubbuck, tuvo otro encuentro sin explicación. Una refulgencia salía del interior del ropero del cuarto donde dormía. Dicen que durante toda su estancia en Las Delicias no volvió a dormir con la luz apagada.

Fue entonces que la dueña decidió indagar sobre el misterio de Las Delicias a raíz de los dos sucesos relacionados con sus sobrinas. Su sorpresa fue grande cuando al preguntarle a su mayordomo, Rómulo, éste le dijo que la mayoría del pueblo conocía la leyenda de La Dama Blanca. “No se preocupe, creo que vea a La Novia, ella vaga de espejo en espejo, como esperando a alguien, y aquí no hay nada que la refleje”, apuntó Rómulo la sala llena de pinturas de la dueña.



Ida Luisa Franklin comprendió de golpe el motivo de que mucha gente le preguntaba por qué quería comprar esa casa. Pero el origen de La Dama Blanca va más atrás. Se dice que estuvo perdidamente enamorada de un primo hermano con el que le gustaba pasear por un jardín lleno de rosas blancas. Su padre no vio con buenos ojos esa relación y le impuso un marido igual de rico y noble que la familia. Cuentan que la boda fue un derroche de dinero donde las mujeres más prósperas usaron vestidos traídos de Europa y zapatillas hechas con los habilidosos artesanos del pueblo mientras que los hombres lo hacían con levitas hechas a la medida. La novia utilizó para su boda un encaje bordado a mano, blanco, junto con un velo de exquisita seda. Fue tanto el despilfarro que el padre de la futura despojada mandó poner losas de plata desde su casa hasta la puerta de la iglesia. Para ese entonces ya habían mandado todas sus pertenencias los nuevos esposos a la mansión de Las Delicias, lugar donde vivirían.

La tarde del casamiento el cielo se nubló y las nubes empezaron a quebrarse en agua como una señal de que un mal presagio se acercaba. Después de la ceremonia y ya en plena fiesta, el novio hizo un par de suertes montando su caballo. Un trueno traicionero y lo resbaloso de las baldosas provocó la caída del jinete. Otros, dicen que fue el sombrero del despechado primo que voló enfrente del caballo y asustó al animal. Lo que quedó claro es que el novio cayó al suelo de manera estrepitosa. El médico del pueblo hizo lo posible para salvarlo. El novio quedó con vida, pero jamás pudo volver a moverse. El galeno recomendó que diariamente lo pasearan a bordo de un carruaje tirado por caballos desde la casa de su suegro, donde quedó recluido, hasta “El cisne blanco del valle”, la casa que nunca llegó a ocupar el matrimonio.

Muchos años después, cuando la muerte llegó a esa familia, es que los lugareños empezaron a avistar a la Dama de Blanco quien recorría el pueblo con su traje de novia durante las madrugadas hasta ingresar a la mansión, que queda justo enfrente del panteón municipal, pararse frente a un balcón y esperar toda la eternidad para poder consumar su amor.

Tal vez fuera cierto lo que dijo Rómulo a Ida Luisa Franklin aquella tarde ya tan lejana, que un tiempo La Dama Blanca estuvo feliz porque Las Delicias retornaron a su antiguo esplendor, pero ahora que la mansión ha vuelto a estar en ruinas y solo es custodiada por un candado oxidado y un extraño perro pulgoso, lo más probable es que desde las ventana rotas te observe cuando pases por el lugar mientras la noche empieza a oler a rosas blancas.



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