Basura celeste: Cuando la invención se pone en marcha

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Por Ricardo Solís
La novela El vano ayer (Seix Barral, 2005), del narrador español Isaac Rosa (Sevilla, 1974), obtuvo en el año de su aparición el Premio Rómulo Gallegos y, con ello, relevancia continental; asomarse a sus páginas hoy día significa notar que sus estrategias narrativas, si bien no son ni fueron novedosas, brindan a la historia concebida por su autor una cierta forma de efectividad que se sostiene gracias a que el lector avanza –en apariencia– a la par del relato y puede “sentirse” cómplice de lo mal o bien que resulta lo que va topando en su camino.

A grandes rasgos, en El vano ayer –cuyo título proviene de un verso de Machado y se sitúa en los años sesenta, esto es, la era del “tardofranquismo” en España– se “elige” tomar como protagonista a Julio Denis, un oscuro profesor universitario de literatura a quien las autoridades acusan de colaborar con organizaciones de izquierda y los estudiantes califican de “traidor” porque, suponen, delató a un joven líder (André Sánchez) que asiste a sus clases; la debacle de Denis, quien es también escritor de novelas policiales de quiosco, se ve marcada por una serie de infortunios que desemboca en un “error” judicial, lo que motiva su expulsión del país.

Pero nada es tan sencillo en esta novela de Rosa. En el principio, como lectores, se nos hace creer que tomamos parte en la “elección” del personaje principal tras consultar diferentes textos de una rara y desconocida bibliografía, lo que sigue es una permanente sensación de ir, de la mano del autor, desentrañando las distintas posibilidades ante la personalidad de Denis y lo que probablemente ocurrió para que se convirtiera en un “objetivo” de la policía franquista.

En estos términos, El vano ayer va ensayando su propia construcción a partir de “asumir” formatos que de manera convencional no “corresponden” al género novelístico: tras la consulta de archivos en bibliotecas se pasa a las notas periodísticas, luego se da voz a varios personajes que tomaron parte en los “hechos” de la trama, se nos muestran dos biografías de Denis que corren en paralelo, se recogen pistas falsas, testimonios sin uso ni resolución, episodios donde la “realidad” se disfraza de novelita detectivesca, guion cinematográfico o escena teatral y, a pesar de no establecer finales o destinos concluyentes, quedamos con la sensación de habernos “enterado” de las poco venturosas aventuras que se nos cuentan.

No se pretende eliminar aquí la lectura “política” que corresponde a la novela –como bien apuntó desde 2006 el cubano José Luis Prieto, en su reseña del libro para Letras Libres– pues, sin duda, se trata de un libro que pone de relieve el “colaboracionismo” de la sociedad para con un régimen que “torturó y mató hasta el final”; con todo, la eficacia de la historia radica, precisamente, en la dosificación arbitraria con que se plantean y se escogen los derroteros narrativos para ir, paso a paso, relatando lo que acontece con Denis (y otros personajes).

La “fórmula” que utiliza Isaac Rosa para El vano ayer suele calificarse como “novela en marcha”, y lo que proporciona es una estructura que va elaborándose de forma continua, a manera de un “modelo para armar” que ofrece oportunidades para la complicidad; sin embargo, esto no convierte al libro en mero artefacto ni le resta naturalidad, lo que hace es otorgar a la narración un sitio primordial aunque sin coartar la devastadora experiencia que entrega a quien lee. Bien sabe el autor que la invención “no es despreciable” para las personas porque, siempre, “acaba influyendo sobre sus decisiones, sobre sus actos”.




Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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