Basura celeste: El emotivo espíritu de Nietszche

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Por Ricardo Solís
Tomando como base la figura del Condotiero renacentista, el filósofo galo Michel Onfray revisa, en su libro La escultura de sí: por una moral estética (Errata Naturae Ediciones, 2009), cómo al par de las convenciones existe para la ética una opción que se relaciona directamente, aunque a contrapelo, con la vocación del artista y la toma de distancia respecto de la tradición filosófica predominante. Así, en este volumen –que le valió el Premio Médicis de Ensayo en 1996– la prosa de Onfray suma a su atractivo la capacidad de “actualizar” en buena medida un discurso que se nutre de Nietszche pero que, asimismo, se sirve de la tradición mítica grecolatina lo mismo que de autores como Maquiavelo o Carl von Clausewitz.

En este breve ensayo –y Onfray no parece despreciar la tradición de Montaigne– el tono personal en el que se presentan y discuten las cuestiones ofrece condiciones a cualquier lector para “filiarse” con un tema que, de entrada, parecería demandante en términos de erudición o saber enciclopédico; y nada de eso sucede, porque el autor decide no detenerse, deja al texto fluir y son las notas a pie de página las que ayudan a precisar el “sentido” en que la terminología es utilizada, sin menoscabo de lo eficiente que resulta su escritura.



¿Atractivos? Más de uno. Por principio, Onfray indaga –de manera personal– en lo que para él representan los valores éticos en virtud de convertirse en “acto”, camino que se aleja de lo performativo para volverse asunción, compromiso, “elevación” personal; para ello, además de la figura de este “personaje” renacentista, Bartolomeo Colleoni, óptimamente tomado solamente en algunos “aspectos” (aquellos que funcionan para la argumentación y los propósitos epistemológicos del autor), se ayuda de una “teoría de la escultura” en la que se resaltan los procesos, la supresión de lo innecesario, pero –y es aquí donde brilla el espíritu de Nietszche– asimismo “recupera” con intensidad la autonomía reflexiva, el individualismo acendrado, la soledad como elección y el no alejarse de lo que significa la experiencia vital y, por fuerza, “la emoción”.



Es justo para ese tipo de “experiencia” que Onfray defiende la figura del artista, más allá de sus concepciones descriptivas o filiadas a doctrina, casi como un “artista en sí” cuya concesión al poder es nula, que toma distancia de los fenómenos en función de su autonomía, que reflexiona por y desde sí mismo. En esta forma de individualismo es que el autor establece sus preferencias, su caro camino discursivo que, sin embargo, no anula las “otras” opciones; aunque sí dedica algunas líneas a fustigar esa filosofía que “huele a polvo y a menudo surge del arte de acomodar los restos o los viejos relieves dejados por religiones siniestras”.

Asimismo, “fuerza” y “elegancia” conducen su idea de ética que apareja a una estética, de un Condotiero renovado y tomado como ejemplo parcial, como “inspiración” para desarrollar “nuevas figuras” de pensamiento y acción. Finalmente, como virtud aparte, se debe agradecer a Michel Onfray que no deje –por decirlo de algún modo– de “jugar” conceptualmente a lo largo del libro (da la impresión de divertirse); una escritura de estas características y encaminada siempre hacia la reflexión se goza de principio a fin.



Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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