Imágenes urbanas: Cambio de vida

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
05:30 de la mañana, el padre sentado en un rincón de la cocina, con el sombrero a un lado, en el suelo.

El bullicio es grande, las hijas Rosalba y Patricia se van a trabajar, a la maquiladora, el padre a la construcción, en el fraccionamiento.

La madre fríe huevos, el olor a cebolla, ajo y tomates fritos se mete por todos los rincones de la casa.

Las muchachas se pelean por el espejo “¡ay apúrate, yo también me quiero pintar!”. Un bebé llora en su cuna “¡apá por favor dale el biberón a tu nieto!”.




El hombre atiende al niño de ojos rasgados mientras reflexiona cómo le ha cambiado la vida desde que emigraron a Hermosillo provenientes de Opodepe, allá donde su autoridad era indiscutible y que al llegar a la capital todo se derrumbó, es que allá no había trabajo y por eso están aquí, donde el dinero es el rey, sin dinero la gente no se mueve.

Por eso las muchachas empezaron a trabajar, pero en cuanto ganaron dinero se sintieron con poder, más la Rosalba que sacó casa en el Infonavit donde viven actualmente.




El bebé duerme y el padre vuelve a su rincón, a seguir con sus pensamientos, de cómo en la ciudad su familia se ha ido transformando, las muchachas con aquellas blusas escotadas y pantalones untados, tatuajes en el cuerpo, labios pintados de rojo y raya café en las orillas, orejas llenas de aretes y bailes de fin de semana cuando llegan hasta la madrugada, se hicieron groseras, contestonas, hasta que la mayor, Rosalba, de 20 años, simplemente informó que esperaba un bebé, “¿y quién es el padre, cuándo se van a casar?” se atrevió a preguntar, y la respuesta retadora “¡nada de padre, nada de casar, si no están de acuerdo búsquenle por otro lado al cabo que la casa es mía!”. Y ni modo, el sueldo de la futura madre era muy necesario para los gastos ya que él, el padre, que allá en Opodepe era todo un personaje acá solo es uno más entre los trabajadores del fraccionamiento, donde se la pasaba pegando block durante todo el día para ganar un triste sueldo que no alcanza para nada.




El trajín mañanero continuó: Patricia: “¡Que va a haber matrimonios colectivos en la empresa!”, el padre se atreve a preguntar “¿con vestido de novia y petición de mano?”, Rosalba: “¡hay apá, estamos en la ciudad, acá ya no se usan esas cosas, acá se maquilan familias, ja-ja-ja-ja!”.
“¡Vámonos, vámonos!”, dice Rosalba, “¡nos va a dejar el ruletero!”.

Las muchachas salen, el padre alcanza a escuchar a Patricia: “¡Y tú de qué te preocupas por llegar temprano Rosalba, si eres la reina de la maquiladora, ponte abusada porque si no vas a tener otro coreanito, ja-ja-ja-ja!”.

Cuando le toca el turno al padre de irse a trabajar, le grita a la esposa desde la puerta como recordando la época del terruño: “¡Adelaida, Adelaida, tráeme el sombrero, se me olvidó en la cocina!”, la señora le responde “¡vete así, acá en la ciudad no se usa, vete acostumbrando!”, “¡pero hace mucho sol!”, “¡pues amárrate un paliacate!”.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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