Basura celeste: Lo bueno y sus parásitos

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Por Ricardo Solís
Dentro de la colección de poesía de cierta prestigiosa editorial, se encuentra un breve libro que, bajo el título de La libélula (Sexto Piso, 2014), recoge en sus páginas un largo poema de la italiana Amelia Roselli (1930-1996) –en meticulosa traducción de Esperanza Ortega– que, si bien fue publicado originalmente en 1985, fue escrito casi tres décadas antes y, dentro de una obra diversa y excéntrica, puede leerse hoy como evidencia de una autonomía capaz de llevar el lirismo (muy acentuado) a los límites de la desesperación.

Poco conocida en lengua española, Roselli fue hija de una activista política inglesa y un héroe de la resistencia antifascista, de hecho, su padre y su tío fueron asesinados en 1937 por el servicio secreto del régimen de Mussolini mientras vivían en el exilio en Francia (donde ella nació). Después de eso, comenzó el éxodo familiar, por Inglaterra y los Estados Unidos. La autora regresaría finalmente a Italia en 1946, donde Pier Paolo Pasolini descubrió sus poemas y los publicó en la revista literaria Il Menabò, en 1963; desde entonces, Rosselli pasó su vida dedicada al estudio de la composición, la música y la etnomusicología, y participó de la vida cultural de su país durante la posguerra como poeta y traductora (de Emily Dickinson y Sylvia Plath, nada menos). Su obra, de carácter experimental, incluye poemas y prosa en inglés, francés e italiano.




Respecto de La libélula, subtitulado como “Panegírico de la Libertad”, se trata de un extenso poema que presenta una estructura muy libre –donde quizá la traductora encuentra lo que llama “la búsqueda de un nuevo modelo métrico”– en la que las repeticiones son clave, porque la voz insiste y persiste en una soledad que se proyecta desde un discurso que, por momentos, no parece coherente del todo y remite a una música que semeja el balbuceo (no en balde se le atribuyen ciertos “parentescos” con Rimbaud o Pound, aunque se aclara también que su vinculación a cualquier estética vanguardista “va por la libre”, pues no teme utilizar neologismos o incurrir en el error “voluntario” y la aparente escritura automática).

Con todo, bien viene que se haya “presentado” su trabajo en nuestra lengua; de esta forma, quizá se demande una nueva publicación del resto de sus libros y podamos acercarnos a esa “otra” sección de su trabajo que ha hecho que algunos editores italianos la comparen con poetas como Paul Celan, John Ashbery o Joseph Brodsky (sin olvidar que, es posible, su obra ha sido “pasada por alto” debido a su “singularidad”).




En estos términos, tal vez el lector encuentre más de un motivo para el entusiasmo en un vasto texto donde prima la desazón pero, de igual modo, una indeterminación emotiva que no abandona la búsqueda “de lo bueno y de sus parásitos”, siempre marcada por la acción –cada apartado se determina por los verbos que marcan la apertura de los versos– que apenas queda en la mera posibilidad, proclamando la soledad no como ausencia o abandono sino, más bien, como “una terrible refriega de beldad y rencor”. Roselli, por cierto, se suicidó en 1996, en Roma.




Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


– PUBLICIDAD –


Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *