El color de las amapas: Biografía del Cerro de la Campana

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Por Ignacio Lagarda Lagarda
El cerro de La Campana es el símbolo de la ciudad de Hermosillo. Nació hace 65 millones de años, en los límites de los períodos Cretácico y Terciario, cuando un batolito granítico metamorfoseó unas rocas calizas que habían nacido hacía 145 millones de años, es decir, durante el período Jurásico de la era Mesozoica, y como producto de la alta temperatura que les transmitió las convirtió en mármol carbonoso y en proporciones menores en estratos y lentes relativamente delgados de hornfels calco silicatados, pizarra calcárea, cuarcita y diques de diorita, tal como nacieron también los cerros La Santa Martha, El Apache, Las Minitas y La Conveniencia, localizados a lo largo del cauce del vado del Río Sonora.

Las rocas marmoleas del cerro de La Campana están fuertemente falladas, fracturadas y rellenadas por diques andesíticos y, aunque no se han detectado en ellas cavernas kársticas, las posibilidades de que las contenga son altas, como ya existen en el cerro Santa Marta (La Cementera) en la margen izquierda del Río Sonora conocidas como cuevas de Santa Marta.

La cima del cerro tiene una elevación de 356 metros sobre el nivel del mar y una altura de 136 metros desde su base casi circular, la que a su vez cubre una superficie de 359,712.09 m2.

El primer español que lo menciona por su nombre fue Juan Mateo Mange alrededor de 1715, en el capítulo XII de su Diario de las Exploraciones en Sonora, luz de tierra incógnita, que a la letra dice:

“Nacen otros ríos, el uno en los llanos de Terrenate y Cananea a los 32 grados , que corriendo al sur pasa por los pueblos de Bacuachi y Chinapa, y el otro nace en este valle de Bacanuche , corriendo al sureste, se juntan ambos en el pueblo de Arispe y fertilizando todo el valle de Sonora riega los pueblos de Senoquipe, Banamichi, Guapaca, Aconchi, Bvia, Cora, Ures, hasta el Pitiquin , en donde se junta con otro río que naciendo en más de 30 grados y pueblo de los Dolores primera misión de la Pimería Alta, corriendo al sur, pasa y riega, los pueblos de Cucurpe, Tuape, Opodepe, Nacameri y Populo y Ángeles, y juntándose (como llevo dicho) en el del Pitiquín, donde suena la gran piedra campana; a pocas leguas que corren juntos, se sumen por debajo de las arenas, entran en el dicho brazo del mar de Californias .”




Años después, el 18 de julio de 1744, el agrimensor Salvador Martín Bernal, quien realizó la mensura del predio de la Hacienda del Pitic propiedad del Capitán Agustín de Vildósola, en el reporte que elaboró de su trabajo de medición, dice textualmente:

“Para dar principio a la medida mandada ejecutar, estando a la puerta de dicho presidio, al pie de un cerrito o loma donde se halla al presente la habitación de los soldados, al pie de un árbol llamado palofierro; presentes los ministros medidores, contador y apuntador, hice medir una cuerda de cincuenta varas usuales y habiéndose ejecutado, con ella, desde dicho palofierro hasta el cerro que comúnmente llaman de la Conveniencia, en igual hubo setenta cordeles que remató el último al pie de dicho cerro, enfrente de un peñasco que hace punta en él, en donde hice poner una cruz en señal de mojonera y desde ella se tendió la cuerda para la parte del norte y se midieron cuarenta y cinco cordeles, que remató el último en la orilla del río, enderezera del cerro que comúnmente llaman de las Campanas, en donde hice poner una cruz en señal de mojonera y desde ella, para cerrar el cuadro de dicha tierra, se tendió la cuerda por el viento del sur pasando por el pie de dicho cerro de las Campanas y se midieron cuarenta y cinco cordeles, que remató el último al pie del cerrito en que están situadas las casas de los soldados, en el referido palofierro, en donde mandé poner una cruz en señal de mojonera, con la cual concluyó la medida y los referidos ministros dijeron haberla hecho fiel y legalmente y además que obra en dicho pedazo de tierra cuatro caballerías y para que así conste lo mande poner por diligencia con quienes actuó a falta de escribano de que doy fe. Firmas: Salvador Martín Bernal; Ángelo León; Simón Argüelles; Javier de Ochoa y Lara; José Fontes; Tomás Pardo de Nava; Manuel Aldecoa.”




En 1748, J. Rafael Rodríguez Gallardo, en su calidad de Juez Pesquisidor y Visitador General de las provincias de Sinaloa y Sonora y de sus adyacentes presidios, fronteras y costas del Mar del Sur, visitó la Hacienda del Pitic y en su reporte al Virrey, hecho en 1750, menciona al cerro, pero sin decir su nombre de la siguiente manera:

En el costado de la plaza, al Sur, hay un cerro de piedra suelta, no muy alto, que al parecer por impedir la vista hacia aquel viento sirve de lunar o estorbo; pero no permitió otro plan de inmediación al río, y el que parece lunar podrá hermosear la fábrica, si circunvalando de las casas de los soldados se forma en su cima una garita para el centinela o posta, que desde allí, como un sitio dominante, podrá especular y acechar todos los movimientos del enemigo, y desde este superior terreno, amurallado y defendido de las casas, quedarán éstas abrigadas con pocos soldados y podrán ser rechazados los indios si – lo que es difícil – acometen el presidio.

En 1827, el teniente Hardy a su paso por Hermosillo escribió:

“Al oeste del pueblo hay una colina, compuesta por la cristalización del carbonato de calcio, el cual tiene un color y una textura que se asemeja, cuando lo quiebras, azúcar blanco, y, cuando se golpea con un martillo, produce un sonido parecido o similar al de una campana, por lo tanto lo llaman “Sierra de la Campana”.




A finales del siglo XIX sus laderas fueron concesionadas para la extracción de mármol y cal para ser utilizados en la construcción.

El 15 de septiembre de 1910, el gobernador Luis E. Torres y el vicegobernador Alberto Cubillas inauguraron el camino hasta la cima del cerro llamado paseo Amelia M. de Torres.

La obra realizada por el Ingeniero Tomás Fregoso, consistía en una vereda amplia de curvas empinadas que llegaba hasta la cumbre donde había un templete de madera que servía de mirador.

En la parte noroeste, a unos metros de iniciada la vía, había una glorieta, a la mitad del camino otra con un depósito de agua y el peñasco con forma de campana frente a la calle Garmendia tenía una escalera de piedra y madera que llegaba hasta su cima.

El nombre original de paseo Amelia M. de Torres no prosperó y siempre se le llamó El Caracol.

En 1935, siendo ministro de Comunicaciones don Rodolfo Elías Calles, envió a un grupo de ingenieros a realizar estudios con el propósito de forestar el cerro siendo infructuoso el intento.




El miércoles 14 de septiembre de 1955, El Imparcial publicó en su primera plana, una nota que en su encabezado dice: “Proyecto para levantar una estatua de Cristo en el Cerro de la Campana¨. La idea monumental comprendía también la erección de un templo, la reparación del camino y la forestación del cerro. La idea fue de don Germán Séldner, un hermosillense dedicado a los negocios, con grandes relaciones y afectos en la sociedad capitalina. Dicho personaje se inspiró en las estatuas del Cristo de Río de Janeiro, Brasil y el del Cerro del Cubilete, de Guanajuato. El objetivo básico de este proyecto era que Hermosillo y sus habitantes tuvieran en la cumbre de su principal símbolo natural, la presencia de Jesucristo y al incluirse en el plan un templo que sería construido con material del mismo cerro, como el que saldría del camino que obligadamente debía de arreglarse para llegar a la cima, así como la plantación de árboles, preferentemente de ornato, todo el conjunto se constituyera en un atractivo lugar para el solaz de los capitalinos y de los visitantes de nuestra ciudad. Refiriéndose a la forestación, el señor Séldner, comentó que cuando don Rodolfo Elías Calles era gobernador de Sonora, tenía el propósito de que se plantaran árboles en todo el cerro de la campana, habiendo comisionado especialistas del ramo para que hicieran un estudio al respecto. Al llevarlo a cabo dieron una opinión favorable, calculando además el presupuesto para su realización.

Ese mismo año, el gobernador del estado Álvaro Obregón Tapia, influenciado por el regente del Distrito Federal Ernesto P. Uruchurtu, quien comisionó a su jefe de parques y jardines Francisco López Palafox a quien envió con camiones de tierra para macetas para plantar buganvilias y yucatecos en unas pozas hechas entre las rocas salientes, lo cual también fue un rotundo fracaso.

En 1966, siendo presidente municipal interino el señor don Alberto R. Gutiérrez y gobernador del Estado el señor Lic. Don Luis Encinas Johnson, la asociación civil “Jesús García, Héroe de Nacozari”, trabajaba para construirle un gran monumento al héroe de la humanidad, y convenció al gobernador Luis Encinas para que enviara una iniciativa al Congreso del Estado para que promulgara una ley a favor del mencionado prócer, y éste la promovió y fue aprobada por el Congreso del Estado el 26 de marzo de 1966 y publicada en el Boletín Oficial del Gobierno del Estado, el 30 de abril de 1966.




La mencionada ley se titula: Ley que declara al héroe ferrocarrilero Jesús García, “Hijo preclaro de la ciudad de Hermosillo” y dedica como monumento permanente a su memoria el lugar conocido como “Cerro de La Campana”.

La ley ordenaba erigir una obra escultórica en honor del Héroe de Nacozari en dicho cerro y que se formase de inmediato un Comité para llevar a cabo la erección de la escultura simbólica del héroe ferrocarrilero.

Al mismo tiempo declaraba de interés público la conservación del Cerro de La Campana y prohibía estrictamente colocar en el cerro cualquier otra clase de estatuas o monumentos, así como fijar anuncios comerciales, propaganda política o publicidad.

La Asociación empezó a colectar dinero para que el escultor Humberto Peraza construyera el monumento en la cima del cerro y el proyecto fue publicado en la prensa local.

En febrero de 1966, las autoridades municipales de Hermosillo anunciaron la terminación de los trabajos del Plan Cerro de la Campana, que consistió en la construcción de un camino empedrado para permitir subir en automóvil hasta la cima y convertirlo en un atractivo paseo familiar.




Posteriormente, con motivo de la aproximación de las Olimpiadas de 1968 en México, la empresa Telesistema Mexicano S. A. de C. V. (Hoy Televisa S. A.) obtuvo la autorización para colocar en la cima del cerro de La Campana una gran antena de microondas para transmitir el evento a todo Sonora y este camino sirvió para la instalación de una estación de microondas para recibir en Hermosillo, y el resto del Estado, la señal de televisión de los principales canales de la Ciudad de México.

El Imparcial publicó una nota de Basiliso Silva con el siguiente encabezado: “VEREMOS EL MUNDO A DIARIO POR LA TV: Desde 1968 nos incorporaremos al Gran Sistema de Comunicaciones. Hermosillo y el resto de las ciudades a lo largo de la Costa del Pacífico, estarán en condiciones de ver por TV cualquier acontecimiento mundial de gran relevancia (así como las Olimpiadas de 1968), al quedar completa la red de microondas que ha sido encargada para su instalación a la compañía Nippon Electric Co., Ltd., por el Gobierno de México.
El proyecto del monumento al prócer se canceló y los miembros del Comité cancelaron el pedido al escultor Peraza y le encargaron otra estatua a Julián Martínez, misma que colocaron en el Parque Madero.

El cerro de La Campana forma parte del patrimonio inmobiliario municipal desde al año de 1783, ya que quedó comprendido en las cuatro leguas que el Plan de Pitic establecía como Fundo Legal para la nueva población de San Pedro de la Conquista del Pitic.




*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


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