Basura celeste: Historia, locura y corrección

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Por Ricardo Solís
Hay novelas que hacen difícil la labor de calificarlas con un término definitivo porque, de algún modo, contienen lo mismo detalles de interés que rasgos que desaniman o nos los vuelven poco atractivos; así me sucede con El grito del tambor (Alfaguara, 2012), de la escritora dominicana Emilia Pereyra (Azua de Compostela, 1963), un libro en el que se narra, desde diferentes puntos de vista, el asalto y sitio de la ciudad de Santo Domingo en 1586 por parte del explorador, pirata y caballero inglés Sir Francis Drake.

En estos términos, el bucanero y favorito de la monarca inglesa se nos presenta como voluble, sanguinario y, en ocasiones, encantador, esto es, no muy lejos de la representación histórica que nos heredó la corona española pero, por eso mismo, resulta un personaje complicado y útil para exhibir (nunca totalmente, pero sí desde la perspectiva del invasor) el estado de cosas que privaba en las colonias hispanas a fines del siglo XVI y las espinosas relaciones que siempre mantuvo Felipe II con los ingleses.




Así, Drake y sus hombres asaltan La Española –la isla donde Colón hizo su casa– y la suponen un botín excepcional, sin saber que, en esos años, esta colonia se hallaba bastante expoliada por el imperio y estaba sumida en la pobreza; por ello, debido a su error de cálculo y el fracaso seguro de la empresa, el bucanero se ensaña en contra de la población y se dedica a destruir lo que encuentra a su paso.

Pero es el juego de perspectivas el que nos mantiene con ánimo de conocer los hechos; del lado filibustero conocemos el relato del primer piloto de la flota de Drake, gracias a los cuadernos de bitácora que dan cuenta de los desmanes y delirios del capitán, pero también de otros miembros destacados de su tripulación (incluido el propio escribiente, amigo de la infancia del enjundioso capitán), lo que nos permite conocerlos más a fondo.




Por otra parte, del lado de los criollos, atestiguamos la cobardía del gobernador Cristóbal de Ovalle, quien huye de la ciudad y se oculta en las afueras ante la amenaza de invasión; surge entonces la figura antagónica de Garcí Fernández de Torrequemada, quien resiste el asedio como delegado de la autoridad local y, a un océano de distancia, Bernardino de Mendoza, embajador español en París, trata de dar seguimiento a los sucesos y, gracias su aborrecimiento por Drake y la impotencia que le invade al no poder detener el asalto en la colonia, brinda un pertinente trasfondo histórico de las relaciones entre los dos imperios.

Con mucho, el personaje más atractivo es el de la negra liberta Sadá, la que no se arredra ante Francis Drake y paga con cárcel el temor que despierta en el corsario que, con todo, persigue llevarla con él al abandonar la isla. Por lo poco que se conoce históricamente de esta hija de esclavos es que se torna un pretexto adecuado para la fabulación y un contrapeso efectivo para el detestable protagonista (pues en ambos se expresa la locura, bajo signos contrarios).

Y parecería que, hasta aquí, todo es miel sobre hojuelas; pero no. El problema, tal vez, en un libro como El grito del tambor es su lenguaje, revestido de un tono “antiguo” innecesario y plagado de adjetivos sobrantes. La narración es “correcta”, sí, pero su afán detallista se tiñe de exceso y repetición; sin embargo, tiene a su favor que es breve y su estructura revela orden e ingenio. Pero, después de todo, las imperfecciones de la novela no son salvadas por el conjunto.




Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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