Imágenes urbanas: Frutas Robadas

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
Todo comenzó cuando Pancho, alias “El Tuercas” y la Esther, con poco de casados, emigraron de un pequeño poblado de la sierra a la colonia populosa que recién había creado el ayuntamiento al sur de la ciudad.

Desde que andaban construyendo su casa de cartón y madera, los vecinos se dieron cuenta del carácter fiero de aquel hombre, ya que a su mujer no la bajaba de burra y de taruga, además, cualquier plática con él terminaba envenenada.

La sorpresa fue cuando “El Tuercas”, apodo venido del anonimato más por lo golpeado del término que por el significado, plantó tres árboles frutales atrás de su casa: una granada, un durazno y un guayabo.




Resultó que tanto al levantarse por las mañanas como al llegar del trabajo por las tardes, lo primero que hacía nuestro personaje era visitar sus arbolitos, les platicaba y los acariciaba con mucho cariño como lo hacía de niño allá en su pueblo; pero en cuanto se retiraba de ellos volvía a aparecer el monstruo sin entrañas, exigiendo a gritos y sin respeto alguno el desayuno o la cena a su abnegada mujer, envidia de sus pocos amigos quienes preguntaban: “¿Pues de dónde la sacaste Pancho, hoy en día las mujeres no se dejan?”.

Para esto, poco después que nacieron sus dos hijos y cual si fueran soldados, les dio instrucciones de que por nada del mundo les fueran a hacer daño a sus árboles. Los niños, que apenas gateaban, obedecieron la orden más por miedo que porque la entendieran.

A su tiempo y durante el mes de mayo, los tres arbolitos amanecieron llenos de flores, entonces El Tuercas reforzó las amenazas: “¡Mucho cuidado!”. La presión familiar era tremenda.




Es oportuno decir que como regla general y a causa de la pobreza, en colonias como la que nos ocupa, las viviendas difícilmente cuentan con barda, aquí la evolución de una casa es la siguiente: al principio cuarto de cartón y madera, al fondo fosa séptica también de cartón sin techo; el cerco, si lo hay, de alambre de púas; con el tiempo y si el mantenimiento de los hijos lo permite, se inicia la construcción de la casa de material y hasta lo último se deja la barda, que rodeará y protegerá a la vivienda de los “ratones de dos patas”.

Aún hoy en día, la barda protectora constituye un artículo de lujo en la colonia que nos ocupa y el aire corre libremente de aquí para allá y de allá para acá llevando infinidad de olores y de pláticas.

Continuando con nuestra historia, cuando las flores se convirtieron en frutas despertaron la codicia de los chamacos del rumbo.




A finales de junio y al venir las vacaciones escolares, los niños con sus juegos se metían en todos los terrenos sin respetar la propiedad ajena, los adultos no hallaban qué hacer temerosos de que les hicieran daño a los árboles frutales de El Tuercas.

Un mal día, las frutas, verdes todavía, desaparecieron, al Pancho casi le da un infarto y agarró a cintarazos a sus hijos y a su esposa por no vigilar bien el terreno.

Esta situación se repetiría los veranos de los siguientes tres años, en una ocasión y ante las sospechas por los vecinos llamó a la policía, siendo insuficientes cinco patrullas para llevarse a la comandancia a todos los involucrados y aclarar el asunto.

Días después vino la tragedia; sucedió que la esposa del Tuercas llevó a los niños a un parque cerca de su casa y cuando cruzaban la calle, una Suburban salida quien sabe de donde, despavorida, se los llevó entre las llantas. En el lugar de los hechos se levantaron tres cruces.




Al verano siguiente nadie tocó las frutas y de tan maduras se cayeron y se pudrieron.

Al otro verano ocurrió lo mismo y esto, en lugar de contentar a su propietario lo entristeció, algo había ocurrido en su interior.

Las frutas se pudrían y se pudrían mientras que El Tuercas moría lentamente, y por más que trataba no comprendía lo que pasaba ya que si al fin tenía la paz para su pequeño huerto ¿Por qué no era feliz? ¿Por qué el verano ardiente se había convertido en gélido invierno? ¿Por qué la ciudad le resultaba tan insoportable?

Hace poco, cuando iniciaron las vacaciones de los escuelantes, Pancho se levantó de un brinco porque escuchó risitas infantiles atrás de su casa, eran las cinco de la mañana. Al ir a ver se encontró con que sus árboles no tenían ni una sola fruta y pegó un gritó de felicidad, mientras que el calor volvía a su alma.

Miró que había un caminito de cascaritas verdes y con curiosidad feliz las siguió a través de los demás lotes sin barda, caminó y caminó y el corazón casi se le detuvo al llegar al lugar de las tres cruces donde se dejó caer, llorando, abrazando el pequeño montículo de tierra, sintiendo el perdón de las culpas del pasado.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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