Imágenes urbanas: Vida de perros

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“Para el Duque, con cariño”

Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
Allí estaba, puntual como todos los días a las siete de la mañana, afuera de aquella casa que aunque no era la de sus amos la llevaba siempre en su conciencia.

El Duque era el perro más viejo de la colonia Olivos Tercera Sección al suroeste de Hermosillo, por eso todos lo conocían y lo querían, aunque para sus dueños ya se había convertido en una carga más pesada que la hernia que desde hacía tres años llevaba el canino entre sus patas y la cual casi le arrastraba contra el suelo.

Por eso, por cariño y por lástima, todos los vecinos le daban algo para que tragara.




El Duque había visto fundarse la colonia y era parte de su historia aunque en reversa, ya que mientras aquélla embelleció con los años contando poco a poco con todos los servicios públicos, el perro había envejecido y su pelo antes amarillo se volvió negruzco, y si el ser chapo lo había hecho verse gracioso hoy resultaba grotesco, ya que sus pequeñas patas apenas lo sostenían y cuando caminaba se balanceaba muy pesadamente, peor ahora con su hernia inseparable.

Por eso, porque todos lo querían siempre estaba allí, con toda la confianza del mundo a las siete de la mañana, esperando que la mano de la Julia, una de las vecinas, abriera la puertita de madera de aquel cuartito de cartón de cuatro por cuatro y tirara a la calle aquel pamper mañanero, su desayuno diario.

Cinco niños tuvieron la Julia y el Tacho, todos a su debido tiempo usaron pañales desechables los cuales habían contribuido a la manutención de El Duque, por eso quería tanto aquella casa, por eso los ojos le brillaban de felicidad y movía la cola como todo perro agradecido cuando aquella mano femenina, trabajada y con un anillo de matrimonio en el anular, lanzaba el pamper con todas sus fuerzas, mientras que al ir dando vueltas por los aires el perro pensaba ilusionado: “¿será un colado de pollo, o de ternera?”.




El Tacho se había casado muy joven, más bien lo habían forzado las circunstancias ya que la Julia iba adelantada y no le habían querido dar pastura a las lenguas viperinas.

El Tacho era un joven-viejo, porque a sus 25 años se había decidido por dedicarse de lleno a su familia y olvidarse de las diversiones, por eso le decían El Mandilón, porque él siempre de su casa al trabajo y del trabajo a su casa y todo lo que ganaba como carpintero se lo daba a su mujer, era muy formal en sus cosas y cuando había algún motivo de pleito con alguno de sus vecino siempre había sido lo suficientemente maduro para solucionarlo con palabras, ya que él mismo se decía: “si me comprometo, comprometo a mi familia”.




El Tacho, alias El Mandil, fue obligado por su doña a que les comprara pañales desechables a sus niños y eso los ha hecho famosos en la colonia ya que allí todo el mundo usa zapetas para los chichís, la pobreza no da para más y sólo la Julia prefiere dejar de comer antes que lavar pañales, dice que eso es algo que no puede resistir.

Suavelástic, Chiccolástic, Kleen-bebé, Sua-bebé, Chiccolor, Ajustadito, Ultra 2000 y Kleen-bebé Plus son palabras que le taladran la mente y que seguido no dejan dormir al Anastasio el cual siempre anda buscando las ofertas sobre todo cuando los chorrillos. ¿Y la Julia? A ella no le preocupan los predicamentos en que pone a su joven esposo. ¿Y los vecinos? Ellos se dan gusto criticando constantemente a la que han dado en llamar Casa de los Pampers, sobre todo se quejan de que El Duque deja despedazados pañales por donde quiera.




Y allí estaba el perro aquel, perro viejo mirando lleno de imaginación y de sorpresa cómo el Suavelástic, envuelto cuidadosamente, daba interminables vueltas por los aires, de su boca escurría baba de satisfacción en aquella hermosa mañana y corrió tras él con el ánimo de, como en sus buenos tiempos, atraparlo con el hocico aunque ya no tuviera dientes y… ¡Passs!, cayó en un charco lleno de lodo… y ya no lo quiso porque estaba sucio.

El Duque bajó la mirada, frustrado, con la cola entre las patas, sus quijadas golpearon la hernia cuyo dolor lo hizo ponerse firme y dándose ánimos a sí mismo volteó a ver simultáneamente a la Casa de los Pampers y al charco de lodo que tantos dolores de cabeza le había dado los últimos días y tranquilamente, muy tranquilamente, inició el camino hacia la casa de sus amos al tiempo que en su mente aparecía aquella frase tan consoladora: mañana, mañana será otro día.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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