Basura celeste: Equilibrio entre misterio y evidencia

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Por Ricardo Solís
Pocas novelas en lengua española consiguen hoy día colocarnos en un estado de desazón e intranquilidad como la más reciente del colombiano Juan Cárdenas (Popayán, 1978), un autor joven pero de enorme proyección internacional que cuenta ya con por lo menos tres títulos que se volverán imprescindibles; el libro al que me refiero es El diablo de las provincias (Periférica, 2017), una historia que revisa, sin nostalgia ni cursilería, el tópico del regreso al origen por parte de un personaje en el que podemos reconocernos, aunque a regañadientes.

El protagonista, un biólogo que ha vivido muchos años en el extranjero, retorna a la “ciudad enana” donde nació y en la que aún vive su madre, de la que busca escapar, lo mismo que de la misteriosa muerte de su hermano homosexual. El retorno obligado lo confronta con el pasado pero, de igual manera, con la actualidad de un país que no ha experimentado en largo tiempo y que, sin notarlo del todo, va enredándolo hasta hacerle sucumbir –y permanecer– en la más terrible cotidianidad.




El entrelazamiento de circunstancias lo consigue Cárdenas de forma particular y sin desatender lo que los promotores de la novela llaman la “lección de Sciascia”, es decir, un tapiz donde la política, el universo empresarial y la religión cobran importancia en una medida semejante a la naturaleza (y al sexo), esta última como un escenario expoliado que cobra su cuota de perturbación en un paisaje que, para el biólogo, “es el diablo” (aunque todo en el libro defina el rostro de ese diablo).

Cárdenas, gracias a entrañables y perturbadores personajes, nos convierte en espectadores de una historia donde las discusiones literarias –o sobre los fantasmas que acosan la corrección política– ocurren en entre productores y actores de telenovelas, la mano de la religión se tiende en una escuela de niñas pobres que desaparecen tras dar a luz, la política en el poder que conserva una madre que siempre prefirió a su hermano y las empresas en ofertas de trabajo por parte de la industria aceitera que devasta las tierras del país.




Al final, gracias a una prosa que va desarrollándose de la precisión al misterio que une lo poético y el desastre vacuo de la vida convencional, el desencanto envuelve el destino amenazado del protagonista y le deja en una zona de “felicidad” que produce escozor por su semejanza con “lo real” (sin evitar el encanto, claro). Ya lo había consignado la escritora española Marta Sanz –en el suplemento Babelia del periódico El País, en octubre de 2017– al referir que las últimas páginas de la novela “las leería en voz alta por su belleza y por su potencial incisivo contra nuestras renovadas buenas costumbres; por su capacidad para destruir todo eso que damos por sentado y estúpidamente nos alivia mientras nos mata”.

El diablo de las provincias tiene la fuerza inquietante de las mejores novelas porque en su brevedad ofrece dosis equilibradas de misterio y evidencia, así como una historia en la que no hay ni habrá vencedores. La propia Sanz indica que si hay algo atractivo en el proyecto narrativo de Juan Cárdenas es que resulta “heroico porque está fracasado de antemano”. Y es imposible no coincidir.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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