Basura celeste: Una historia de nadie

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Por Ricardo Solís
Lo primero que leí del escritor español Gonzalo Hidalgo Bayal (Cáceres, 1950) fue una novelita breve llamada Campo de amapolas blancas (2008) que, fiel a la publicidad que la acompañaba, es una verdadera joyita; ahora, tras la lectura de Nemo (Tusquets Editores, 2016), confirmo que la pluma del ibérico es pesada y más que solvente en términos de eficacia narrativa, aunque esta afirmación deba tomarse en más de un sentido y no siempre para bien.

Primero que nada, hay que reconocer que Nemo es, por sobre muchas cosas, una novela escrita de manera soberbia; en estos términos, se trata de uno de esos libros que cualquier lector debería agradecer y, sin embargo, queda asimismo la impresión de que la historia que se nos cuenta no es exactamente una que atrape de por sí gracias a lo que en ella ocurre sino por la probada calidad de su lenguaje lo que, sospecho, habrá de disuadir a más de uno.




¿De qué trata la novela? Bueno, describirla no es complicado. A un pequeño pueblo en la provincia española se notifica la llegada de un visitante que habrá de vivir ahí por un tiempo indeterminado y por ello se toman todo tipo de provisiones; ahora, dicho visitante –a quien los lugareños llamarán Nemo (que ya sabemos lo que significa en latín) de manera obvia– tiene la particularidad de que no habla, no profiere palabra, pero no por indisposición o condena sino por decisión: ha elegido mantenerse en silencio para siempre.

Quien relata la historia es un personaje que, en el pueblo, ha asumido las funciones del escribano local, más por afición que por designio, y por ello encara el compromiso de dar cuenta del paso de este raro visitante y lo que le acontezca. Y es, definitivamente, una narración minuciosa y detenida, porque consigna el azoro de los habitantes del lugar lo mismo que los eventos que se desencadenan tras la llegada de Nemo (todos son designados a través de meros apodos y, al final, el único nombre “real” en la trama es, para colmo, falso y concedido por el coro de lugareños que se reúnen día con día en la cantina).




De esta forma, la novela se conforma por las andanzas de Nemo y su impacto en los habitantes del pueblo; igual que en charla de tasca, la especulación es reina cuando no se conoce prácticamente nada del misterioso nuevo parroquiano que, además, comienza a ser víctima de acoso, bromas o ninguneo, pero siempre como foco de atención, lo que llega a su clímax cuando enferma y a pesar de indagar acerca de su procedencia, sólo se encuentran con un baldío en la gran ciudad.

Sí, Nemo es una novela acerca del silencio pero, asimismo, acerca de la palabra y sus funciones o provocaciones. El narrador, a pesar de llamarse aficionado, posee un dominio de la lengua digno de un filólogo (el autor lo es, de hecho) pero a todas luces poco verosímil. El ritmo de la prosa es cadencioso pero muy cercano al tedio que fácilmente rechaza –por lo general– un lector joven, a lo que se suman intentos fallidos de quien cuenta por parecer “humorístico”. Gran libro, sí; pero una prueba más de que las historias sesudas, sensibles e ingeniosas corren el riesgo de ser hoy día olvidadas injustamente (y muy pronto).




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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