Espejo desenterrado: Muerte sin fin

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Por Karla Valenzuela
Decía el buen Octavio Paz que “vivir bien exige morir bien; tenemos que aprender a mirar de frente a la muerte”, y en eso creo que los mexicanos, en la mayoría de las veces, somos así. Sabemos que vamos a morir alguna vez, lo comprendemos, jugamos con ello y, por supuesto, lloramos la muerte de alguien, aunque la tengamos siempre presente, porque extrañar simplemente está en nuestra naturaleza.

Los mexicanos somos melancólicos de por sí. Aprendimos a serlo desde que nuestra historia contemporánea surgió. Añoramos una y otra vez aquello que ya no tenemos y anhelamos, aún más, aquello que soñamos alguna vez tener.

No vivimos exactamente en el presente. Vivimos en el porvenir que vislumbramos y en el pasado que creemos que sucedió. Y así, con esa soltura, vamos por los caminos nostálgicos reconstruyendo una historia entre lo que fue y ya no es, entre lo que sería si todo hubiera sido diferente.




Por eso, cuando la muerte nos llega cercana, la sufrimos hasta las entrañas. Las personas se nos van sin que nos demos cuenta, sin que haya nada que las pueda detener y, otra vez nos lamentamos los momentos pretéritos.

Los mexicanos, y eso de ninguna manera exime a los sonorenses, convivimos con la muerte en muchos momentos, nos hace reír, celebrar, entristecernos y hasta enfurecernos, pero algo siempre tenemos claro: no podemos vencerla.

Quizás a consecuencia de esa claridad es que admiramos obras literarias tan nuestras como Pedro Páramo y tal vez por ello también nuestros ídolos más trágicos siempre son y serán José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel y/o Pedro Infante.




Es por medio del arte que considero que hemos encontrado la forma de burlar a la parca y de construir verdaderas fortalezas para que, cuando llegue, nos haga el menor daño posible.

Y es que, si lo pensamos, los mexicanos somos sobrevivientes. Hemos permanecido a pesar de nuestra historia de desagravios.

Acaba de pasar el Día de Muertos, y en el momento en que su servidora escribe esto la melancolía se aproxima a cada instante recordando a los “idos”. Creo que, a final de cuentas, a todos nos pasa que en estas fechas rememoramos a los seres queridos y, de cierta manera, los llamamos a través de nuestro festín de recuerdos. Y ellos entonces vienen, nos hacen reflexionar y nos dan algún consuelo. Los recordamos en noviembre, pero eso sí, están presentes siempre.




Hoy, invito a todos a que tratemos también de vivir el presente; a que convivamos con la gente que queremos, a que aprendamos a dialogar con la gente que no queremos. La vida es, amigos, un abrir y cerrar de ojos, así como viene el alma, se va.

La melancolía siempre estará de nuestro lado, porque –como dije- está en nuestra naturaleza, pero tengamos conciencia de ella, tengamos conciencia del dolor para no sufrir tanto, tengamos conciencia de la felicidad para vivir mejor.

Todos los días recordemos a los que ya no están y pongámosles un altar en nuestro corazón; nadie se va realmente nunca mientras los llame nuestro pensamiento y eso es algo que los mexicanos sabemos con claridad.




*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.


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