Basura celeste: Una escena de Spielberg

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Por Ricardo Solís
Más allá de los frecuentes calificativos que algunos cinéfilos le cuelgan a Steven Spielberg (muchos de ellos, en mi opinión, inmerecidos), se debe reconocer su importancia en la historia de la cinematografía mundial más allá de sus éxitos de taquilla porque, a querer y no, el legado de un cineasta puede establecerse gracias a escenas icónicas que perduran –por diferentes motivos– en la memoria colectiva y sirven de ejemplo o inspiración para futuros creadores.

Refiero lo anterior porque casi se cumple un cuarto de siglo del estreno de Schindler’s list (1993) y, aunque haya quienes deseen minimizar el talento de Spielberg, la cinta presenta escenas estremecedoras que poseen una descarnada belleza –sí, belleza– gracias a su excelente realización; esto, recalco, no quiere decir que el director no tenga detalles de “efectismo” pero, con todo, está muy lejos de caer en la ineficacia narrativa.




Una escena en particular me interesa aquí, no por famosa menos impactante con el paso de los años; se trata de la célebre secuencia donde el protagonista y su esposa contemplan, desde un plano elevado, el desalojo de un barrio judío y sólo Schindler percibe el ir y venir de una niña “marcada” por su abrigo de color rosado (notable porque la película se filmó casi completamente en blanco y negro, salvo por ese detalle).

El empresario alemán es el único que sigue con la vista a la niña, su esposa se aparta de ahí porque no soporta lo que ocurre (el abuso, la vileza, los asesinatos) a la distancia y, aunque Schindler mira lo mismo, el movimiento de la cámara sugiere que esa pequeña es el punto móvil que acapara su atención. Poco después, gracias a la coloración intencional de su ropa, el personaje encarnado por Liam Neeson verá pasar frente a él el cadáver de la niña, resaltado en una carretilla que transporta otros cuerpos.




Esa escena es la que indica a los espectadores el instante en que opera la transformación del protagonista, el punto de inflexión para que tome una decisión que le permitirá salvar cientos de vidas a precio de su ruina. ¿Por qué dicha escena sigue siendo importante? Tal vez porque, a sus 25 años, sigue “funcionando” como ejemplo de una narrativa efectiva que, sospecho, semeja mucho los recursos eficaces de los que echa mano la literatura (que muchas diferencias guarda para con el cine, se sabe).

Trátese de imágenes o palabras, los relatos se sirven de elementos que, como guiños, hacen posible la complicidad entre quien decide su ordenamiento y quien tratará de descifrarlos (sean lectores o espectadores); de este modo, destacar visualmente a un individuo entre la masa nos permite acceder a la visión particular de un personaje, es una señal que quienes intervienen en la ficción no pueden notar y sí los que nos hallamos fuera de ella (pero le creemos y nos vinculamos con ella).




Ejemplos de esta clase sobran, lo sé. Apenas recuerdo el que cito por un aniversario que se acerca. Es probable que algunos no compartan mi aprecio por algunas escenas filmadas por Spielberg que me parecen memorables, pero ese no es el punto; antes bien, lo que quiero es sugerir que la fascinación por las historias nos permite disfrutar lo mismo del cine que de los libros. Y en ambos casos, no siempre es perjudicial que ambos formatos ejerzan cierta influencia uno en otro. Digo, si la clave es despertar la curiosidad.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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