Mamborock: La literatura es un arma de muchos filos

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Por Carlos Sánchez
Habla de El Quijote. La novela de todos los tiempos. De pronto en la región sonorense asoma su existencia La sierra y el viento, esa obra canónica escrita por Gerardo Cornejo.

En una banca del jardín frente a la Escuela de Letras de la Universidad de Sonora, el escritor homenajeado en la Feria del Libro Hermosillo 2018 (FELIH), Francisco González Gaxiola, nos cuenta sobre los días de llegar a la universidad. La ideología de los sesenta.

En esta conversación de mañana universitaria, donde los pájaros rondan los árboles y la honestidad es presencia al evocar el género autorreferencial que es la autobiografía, Francisco hace una pausa en el aula. Acuerda con sus alumnos para este tiempo de compartir parte del contenido en su equipaje de vida.




El primero de los temas es por demás una obligación abordarlo. La palabra literatura, ¿qué le dice?

–Es una palabra compleja, tiene muchas aristas, muchas de las cosas que se dicen de la literatura son desafortunadamente deseos, algunos quisieran verla como promisoria de lo que puede proporcionar a la sociedad o al individuo en particular.

Es una palabra mágica para mí, sin embargo soy consciente de que lo que quisiera o deseara muchas veces se quedará en deseo. Es una palabra de muchos significados porque como consta de tantos géneros, y éstos se van transformando y desarrollando, de lo que decimos de literatura en el siglo XVI es diferente a lo del XVIII y a lo del XX, al tiempo presente, pero quizá una de las palabras que me gustaría recalcar en el concepto de ese fenómeno es que la literatura no son los libros, la literatura es un complejo, un conjunto de muchas líneas que se traban con otros sistemas artísticos. Lo que me gustaría subrayar es que la literatura es un arma de muchos filos.

Cuando un estado o un gobierno trata de alienar a sus ciudadanos les da pan y circo, y mucha de la literatura que se da y muchas de las correspondientes artes conectadas con la literatura (casi todas se derivan de la literatura como el cine, el juego, la televisión), están orientados y tienen una intención muy clara, pero en los 70 cuando se daban los grandes golpes de estado, lo primero que hacía el dictador era prohibir la literatura y las matemáticas, eso es un aspecto muy importante y curioso, porque es un arma de mucho filo pero pueden desatar dos, tanto puede ser como para despertarte y crear conciencia, también sirve para, con mucho éxito, alienar.

Fulgor en el desierto

–Cuéntenos sobre su presencia en la Escuela de Altos Estudios de la Unison.

–Cuando se formó la Escuela de Altos Estudios yo estaba en la preparatoria, se fundó el 64, yo llegué a aquí dos años más tarde en virtud de una invitación que nos hicieron unos alumnos de la escuela en su tour de propaganda, digamos. Llegué aquí entusiasmado por el plan de estudios, lo que me atraía eran las materias que decían de que constaba. Llegué con muchas ilusiones, muchas esperanzas, el 66 llegué a aquí y el 67 inició la huelga contra el gobernador Encinas, yo era un simple soldado, no tenía ni idea en qué nos metíamos, pero me encantaba el idealismo que veíamos en todos los colegas, muchos años después me di cuenta cómo había sido el movimiento realmente, cómo había sido manipulado y nosotros igualmente, pero me llenó de gusto el saber que en momentos de dificultad puedes contar con la ayuda, la solidaridad, que te dan tus compañeros.

Las grandes obras de la literatura, que llamamos clásicas o canónicas, tienden hacia eso, hacia formar un espíritu de expectativas positivas sobre la naturaleza del ser humano. En el 64 eso fue como una explosión en el desierto, como le llama Roberto Corella, Fulgor en el desierto, a una de sus novelas, eso fue la Escuela de Altos Estudios en el 64, cuando inició, con el objetivo de formar profesores para enseñar a su vez en la escuela media superior, y aquí empezó a salir gente con mucha claridad ideológica, eso era peligroso y había que empezar a bajarle los ánimos a tanto idealismo, pero puedo decir y así lo dije, que vino a abrir una veta, un arroyo de semillas que cuando nacieran y crecieran serían árboles que darían frutos, se formaría un nuevo granero que a su vez tendría otras semillas y otros árboles, entonces para el norte de México en el 64, esto fue para mí, después lo he comprendido, un excelente acierto del rector que la propició.




–Esta escuela se convierte en su casa.

–Lo ha sido, así decimos mi mujer y yo: nuestra segunda casa, o a lo mejor es al revés. Yo tengo una clase a las siete de la mañana, me gusta porque es muy difícil que una clase se suspenda a esa hora. Si comparo el estado físico, las instalaciones, los jardines que hay ahora con aquella universidad de aquel tiempo, la veo tan cambiada, y me llena mucho de orgullo ver cómo se ha transformado.

–¿Qué ha aprendido siendo maestro?

–He aprendido que soy ignorante, reconozco que ahí atrás está la frase de Sócrates, él decía que era el hombre más ignorante, así le decía a la Pitonisa. Primero hay que darse cuenta de que uno ignora cosas y cuando cree uno ya saberlas, las sigue ignorando, eso te obliga a seguir escarbando, a seguir explorando qué hay detrás. Si tienes una inquietud nunca la vas a llenar salvo por pequeños trechos en los que avanzas.

La revolución científica que se dio en el siglo XVI, en el renacimiento, surgió del hecho de reconocer que el hombre era ignorante, no había respuestas para muchas cosas y las respuestas que habían sido proporcionadas por el dogma, por los libros sagrados, por las instituciones, no respondían a tantas nuevas preguntas, entonces para iniciar, para sentar las bases había que reconocer primero que no se sabía, cuando encuentras a una persona con esa actitud de aceptar que no conoce muchas cosas, creo que es el primer principio de la sabiduría.




La primera persona es mucho más confiable

–¿Qué significa este reconocimiento que se le entrega en la Feria del Libro Hermosillo 2018?

–Yo me he preguntado por qué se me escogió, se lo pregunté también a otras personas, a la conclusión a la que he llegado es a que he insistido en un género de escasa producción, es un género aparentemente fácil, yoísta, centrado en la primera persona, pero que en realidad una vez que has empezado te detienes porque no es fácil jactarse de decir la verdad, y ese género se llama autobiografía. Yo me esfuerzo por ser sincero, franco, incluso a nivel cínico porque si quieres decir algo verdadero va a causar escándalo. Bueno, yo me atrevo a eso, puedo decir muchas cosas que a muchos de mis compañeros avergonzarían. La autobiografía es un género maravilloso, como tal es una práctica que busca la literatura actualmente, y es el narrador en primera persona y es así porque la primera persona es mucho más confiable, aunque se equivoque, aunque tenga una idea confusa de lo que está sucediendo, es mucho más creíble, más fiable.




–¿Qué me puede decir de Pepe Revueltas?

–De José Revueltas, mira, conozco poco de él. En una de tantas vueltas de los 70 estuvo presente en la sala de Museo y Biblioteca, allí donde está la Librería de UNISON. Era una persona calmada, concentrada que hablaba con mucha confianza en sí mismo. Su novela El luto humano es una novela conmovedora, yo tardé mucho en leerla, no miraba a José Revueltas con buenos ojos, era un prejuicio, hasta que dije: por qué no, si quiero opinar sobre la literatura mexicana y no conozco a Revueltas me falta un escaño, una piedra de toque para apoyarme. El luto humano es excelente, me gustó mucho, sé que hay otras novelas que compiten, que están muy cerca del dar el brinco de lo que es el parteaguas en México, y no es la única, hay otras queriendo salirse de una tradición pesada para inaugurar otras posibilidades.

–¿Juan Rulfo?

–Juan Rulfo es un ejemplo de algo que yo llamo de dos caras. Él tiene una narrativa conservadora y tradicional de sus cuentos, pero cuando aborda Pedro Páramo, no sé cómo le hizo, no entiendo, muchos dicen que tenía un montón de hojas y que las tiró hacia arriba y que las que le cayeron encima son las que recogió primero, dicen tonterías de ese tipo, pero él era muy consciente de lo que hacía, él es representante de lo que ahora empezamos a entender cómo montaste, cómo se estructura, cómo se seleccionan tiempos, y en ese género en el que el lector tiene la responsabilidad absoluta de construir una historia a través de guiños, a través de recuerdos, para poder construir un hilo argumental, Pedro Páramo es mundialmente reconocida y creo yo que con toda razón. Juan Rulfo es uno de los grandes escritores mexicanos.




–¿El escritor que más le haya conmovido como lector?

–Soy conservador. La novela que más me ha gustado es El Quijote, la he leído varias veces, siempre encuentro cosas que me digo: esto es interesante. Es una novela larga, pero ¿qué es lo que uno busca cuando lee una novela? Creo que uno busca sentido a la vida, cuál es el sentido de la vida, cuál es el sentido del ser humano, y creo que ahí Cervantes se volcó en su creación porque es como una autorreflexión de lo que le sucede a los personajes. Él está volcado en los dos, tiene dos caras. Yo puedo asegurar que está traducida a casi todos los idiomas, y causa impacto, incluso en la actualidad por los niveles de composición que él utiliza, que a nadie le había parecido extraordinario colocar esos pisos o escalones y ahora en la novela autorreferencial pues decimos así como lo hacía Cervantes, allá en 1605, me parece, cuando se publica el primer tomo.

–¿De los escritores sonorenses?

-Siempre admiré a Gerardo Cornejo, la única novela que me gusta de él es La sierra y el viento, creo que he leído todas sus novelas, no todos sus cuentos, pero sí todas sus novelas, porque creo que en ella aborda el tema del desarraigo, tú naces en un lugar, creces y luego te tienes que ir. Esa salida del paraíso convierte a todo ser humano en un desarraigado, y siempre estás pensando en regresar, si no lo haces todo el tiempo vas a estar sintiendo la nostalgia, la melancolía, de aquel paraíso que ahora nuevamente andas buscando. Ese es el tema universal que plantea Cornejo y para mí La sierra y el viento es la gran novela sonorense.




 

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