Basura celeste: Sencillez, brevedad y precisión

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Por Ricardo Solís
Si usted es amante del cine latinoamericano, seguramente conoce la película Magallanes (2015), de Salvador del Solar, que protagonizó el mexicano Damián Alcázar y obtuvo diversos premios internacionales; con todo, lo que aquí nos ocupa es la historia en que se basó dicha cinta, una breve novela llamada La pasajera (Tusquets Editores, 2016), del narrador peruano Alonso Cueto (Lima, 1954), que condensa en sus pocas páginas la trágica –y azarosa– búsqueda de la redención en que se embarcan sus personajes.

En esta novela de Cueto, el narrador asume dos puntos de vista, los de sus protagonistas. Primero, nos encontramos con Arturo, un ex capitán del ejército peruano que tuvo a su cargo una guarnición de soldados en las afueras de Ayacucho y lo mueve la obsesión por librarse de la culpa por su responsabilidad en una violación con la que no estuvo de acuerdo pero que “permitió” para no desobedecer al oficial que se lo ordenó (un coronel que, víctima de Alzheimer, vive ahora confinado en su casa).




En segundo lugar, tenemos a Delia; una mujer joven, de origen indígena, quien padece el abuso sexual de parte de los soldados durante la época de la guerra que mantuvo el gobierno contra el grupo terrorista Sendero Luminoso. Como consecuencia de la agresión, tuvo una hija y ahora (algunos años después) trabaja como peluquera en un barrio del sur de la capital del país, buscando rehacer su vida a sus 20 años de edad.

Lo que ninguno de estos dos personajes ha podido prever es su reencuentro. Arturo es taxista y la reconoce tras brindarle servicio y, cuando ella reacciona, su primer impulso es alejarse de todo, nuevamente, y abandonar la ciudad. Así, el ex capitán –que perdió a su familia en un fatal accidente– tratará de saldar su deuda con una fuerte suma de dinero y Delia se verá obligada a enfrentarlo, lo que dará paso a un desenlace sorpresivo y un final posterior no exento de esperanza.




En estos términos, si algo resulta admirable en La pasajera es la capacidad de Cueto para que, gracias al empleo de un lenguaje escueto y preciso, consigamos percibir la hondura de las tribulaciones que aquejan tanto a Delia como a Arturo. El narrador no pierde tiempo, no abunda en los detalles porque parece tener muy claras las señales que irá develando en un camino donde todo es acción (no sería extraño que alguien acusara al autor de ser “visual” en exceso).

Otra cosa que consigue Cueto con maestría es evadir la truculencia, no caer en la tentación de sumergirse en los terribles saldos humanos de un conflicto que afectó profundamente a su país por mucho tiempo; lo que sí le interesa –y hay que agradecerlo– son sus personajes, la hondura del sufrimiento por el que pasan y que logra proyectar para que adquieran solidez, para que se tornen “verdaderos” a los ojos de sus lectores.




La pasajera es, para concluir, una novela cuya complejidad no se halla en los giros léxicos o elementos constructivos que delaten tal o cual virtud estilística; su acierto es que no persigue impresionar sino atraer, son una prosa tan inteligente como precisa. Da gusto encontrar escritores que, como Cueto, de vez en cuando recuerdan que la escritura no requiere de florituras que devengan inocuos estallidos de pirotecnia verbal o voces de cartón. Bien por él.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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