Basura celeste: Tres lecciones de exotismo

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Por Ricardo Solís
El libro Tres novelas exóticas (Alfaguara, 2016), del escritor y cineasta guatemalteco Rodrigo Rey Rosa (1958), reúne en un solo ejemplar una triada de historias publicadas con anterioridad y hoy difíciles de encontrar por separado; se trata de Lo que soñó Sebastián (1994), La orilla africana (1999) y El tren a Travancore (2002), y en opinión de su autor el adjetivo les viene perfecto a pesar de “no tener el encanto de lo extraño” puesto que basta con que cualquier novela hayan sido escrita por alguien de su país para ser calificada “en rigor” como exótica.

Ahora, la idea es no discutirle la noción al narrador sino referir que las tres historias se ubican en espacios muy distanciados y sus protagonistas comparten la condición haber abandonado su lugar de origen para llegar a un sitio a cuyas condiciones deben adaptarse; así, una se desarrolla en la selva del Petén, otra en Marruecos y la última al sur de la India, y en los tres casos existe un personaje a quien el destino le guarda una sorpresiva jugada y eso desencadena los conflictos.




Primero que nada, en Lo que soñó Sebastián (que fue llevada al cine en 2004) un joven citadino consigue comprar un terreno en una zona selvática donde tiene intenciones de vivir, aunque entra en conflicto con los lugareños que se dedican a la caza furtiva y un asesinato –seguido de un sueño que nunca sabremos con seguridad si fue tal– trastorna su conducta y decide vengarse pero, al final, sólo consigue que la autoridad intervenga en perjuicio de todos los involucrados.

En cuanto a La orilla africana, el protagonista es un colombiano que pierde su pasaporte en una ciudad de la costa marroquí y eso le impide regresar a su patria; tras encontrar una lechuza herida que decide conservar, se involucra con delincuentes locales y dos mujeres francesas que, como su pasada vida en Cali, desaparecen y le dejan inmerso en el principio de una “nueva” existencia que no sabremos jamás (porque no se cuenta) hacia dónde va ni en qué concluye.




Por otra parte, El tren a Travancore es más un divertimento epistolar que una novela en forma, quizá por ello el autor se refiere a ella como “picaresca”. En las cartas, se desarrolla la visita de un escritor de libros de viaje que llega al sur de la India, a la ciudad de Chennai, donde se hospeda en un ashram perteneciente a la Sociedad Teosófica –que fundó la célebre madame Blavatsky en 1875– con el pretexto de escribir la biografía de una olvidada poeta y teósofa guatemalteca que visitó el lugar cien años atrás; en estos términos, a la distancia pierde a su novia, engaña a sus familiares y empleadores pero lejos del arrepentimiento queda la satisfacción de aquello que hizo dilapidando el dinero que obtuvo por parte de los destinatarios de sus misivas (electrónicas, claro).

La marca que determina estas tres pequeñas novelas es un estilo que no concede descanso, se trata de una prosa tan precisa como escueta, en la que –como afirma el español Luis Alberto de Villena– asistimos a contemplar “la magia de lo distinto” que se narra “sin explicarlo”; tal vez por estas razones el chileno Roberto Bolaño dejó consignado que leer a Rodrigo Rey Rosa era no sólo “aprender a escribir” sino aceptar la invitación a “dejarse arrastrar” por sus historias.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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