Imágenes urbanas: El vampiro

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
Temblaba, el frío lo había despertado, miró para todos lados, las luces de los carros pasaban a su izquierda y a su derecha, luego la oscuridad, algo bajo su cuello y bajo sus piernas, palpó con cuidado, ¡eran las vías del tren! ¡Rápido se puso de pie y brincó una y otra vez para asegurarse que todavía tenía la cabeza y las piernas, por poco se cae ya que todo le empezó a dar vueltas pero se alcanzó a agarrar de un árbol!

Pensó: “Calma, calma, primero hay que ubicarse, ¿dónde estoy? ¿Ese edificio qué es? Ah, el molino harinero. ¡Sí! ¡Estoy en el boulevard Transversal! ¿Qué horas son? ¡Mi reloj! ¡El celular! ¡Mi cinto! ¡Mis zapatos! ¡El carro! ¡La quincena! ¡Dónde están!”

Se acercó lentamente y le preguntó la hora al velador del molino harinero, “¡son las tres de la mañana!”.




Regresó al camellón, se hizo bolita cerca de un árbol cuidándose de que no lo fuer a ver una patrulla y se puso a maldecir una y otra vez el momento en que aceptó asistir a la carne asada que habían organizado algunos compañeros del trabajo, “no, es que ya no quiero tomar, me va muy mal cuando tomo, se me olvida lo que hago” les había dicho, “¡ándale, no seas mandilón, dos o tres botes no te caen mal, es quincena, la vida hay que disfrutarla o a poco puro trabajo y trabajo!” le insistieron. No se pudo resistir y volvió a caer, ahora estaba solo, abandonado como un trapo viejo, temblando de frío, ni cuenta se dio cuando lo asaltaron si es que lo habían asaltado porque ni de eso estaba seguro. “¿Y el carro? ¿Dónde estaba? ¿También se lo habían robado? Qué terrible tener la mente en blanco”, pensaba.

La noche transcurría y él temblando por el frío y los remordimientos, sentía terror, miedo de tener que enfrentar su destino, la boca cada vez más amarga, no era la primera vez en tener la terrible sensación de que para él la llegada del día fuera peor que la muerte.




De pronto empezó a sonreír, sí, allí cerca vivía su compadre Nelson “El Borrachales” que en otras ocasiones lo había sacado de apuros, irían a “Jugos y frutas del centro” por la calle Serdán y se tomaría un “Vampiro” que lo dejaría como quinceañero, en el carro de su nino buscarían el suyo ya que estaba seguro que lo había dejado estacionado en alguna calle como medida de precaución por su borrachera, cosa que ya le había ocurrido antes. ¿Y si había atropellado a alguien?, no, no, fuera malos pensamientos, encontrarían su carro, su padrino le prestaría dinero para amortiguar la pérdida de su quincena y por qué no, hasta se tomaría unas cervezas en “El Gandarita” para festejar.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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