Imágenes urbanas: Alma codiciada

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
A veces es bueno visitar personas a las que se estima y que se tiene tiempo sin ver, la plática puede ser hasta medicinal para el estado de ánimo, así que fui con don Teodoro a quien conozco de hace tiempo, setenta y cinco años, vive en una invasión en la periferia de la ciudad.

Llegué como a las diez de la mañana de un sábado, nos sentamos en el patio bajo un árbol de fuego, cerca de allí su cuartito de cartón, vive solo, olvidado de sus hijos, empezamos a platicar, de su dentadura, que le sacaron todas las muelas porque ya no le servían más que para darle dolor, en eso llegaron unos “Hermanos de la Cristiandad Primera”, de corbata, le ofrecieron el cielo y las estrellas a través de su religión, después de casi una hora se fueron.




Apenas habíamos reiniciado la plática sobre su próximo viaje como gambusino en el río cerca de Rebeico cuando llegaron otros de corbata, eran “Hermanos de la Fe en el Antiguo Testamento”, le hablaron de las mil y un maravillas de su creencia, más tarde al igual que los anteriores, le dejaron varios folletos con la ‘buena nueva’ y se fueron.

Cabe aclarar que los que llegaban solamente platicaban con don Teodoro ya que éste se levantaba e iba hasta el alambrado de púas que daba a la calle y allí los atendía.




Reiniciamos nuestra conversación, emocionado me mostró unos instrumentos fabricados por él, lavaderos de madera y lámina para la búsqueda del oro en su próximo viaje a Rebeico. “¡Oiga don Teo, estos instrumentos son una maravilla, estoy seguro que en cualquier museo le pagarían muy bien por ellos!” le dije, pero luego llegaron los misioneros de la “Iglesia de la Gran Verdad”, más tarde los “Bíblicos del Ayer, Hoy y Mañana”, luego los de la “Vida Eterna”, también unos católicos que junto con él, agarrados de la manos, hicieron oración por largo rato.

Don Teodoro iba y venía, nuestra conversación fue un tanto accidentada ya que apenas iniciábamos un tema cuando llegaban más y más predicadores, algo muy común en los nuevos asentamientos humanos.




Como a las tres de la tarde me despedí, no sin antes comentar: “oiga don Teodoro, qué alma tan codiciada tiene usted”, a lo que contestó: “salvar el alma es bueno don José, pero el cuerpo también necesita lo suyo, mire como vivo, no pierdo la esperanza de que algún día alguno de estos predicadores me llegue con una despensita, una ‘maruchán’ cuando menos”.

Me remordió la conciencia, fui a al abarrotes cercano y le compré café, azúcar, galletas, sardina, atún y su ansiado maruchán, no me los quería recibir, “si no era indirecta don José, no era para usted”.

Nos despedimos y quedé de volver después de su aventura en la gambuseada, a ver cómo le había ido.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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