Basura celeste: No hay que perder la fe en el hambre

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Por Ricardo Solís
Cuando Paul Auster quiso enmendarle la plana a Philip Roth, tras uno de sus varios “anuncios” sobre la –en su opinión– inevitable muerte de la novela (tal como la conocemos), afirmó que tal cosa no era posible ya que la gente no dejará de tener “hambre de historias”. No creo que le faltara razón para llevarle la contraria al autor de Pastoral americana, porque tal apetito no busca solamente satisfacerse con los contenidos de los relatos sino, también, por el modo en el que llegan a nosotros para ser “devorados”.

Es probable que Roth no hubiera querido ser tan tajante como le parece a muchos; a veces sospecho que su idea fue la de ofrecer una suerte de “advertencia” respecto de la manera en cómo se nos presentan las novelas contemporáneas que, en su mayoría, significan un reto muy poco alentador para lectores avezados y conocedores de la tradición. Mucho trabajó el propio Roth para dar, en cada una de sus obras, con un determinado equilibrio que le dejara satisfecho en términos formales y “de fondo”; si es así, no se le puede culpar.




Por otra parte, aunque fueron amigos, pocas parejas de escritores pueden presentar diferencias tan notables como Auster y Roth, de ahí que no extraña si tenían opiniones contrarias en torno a los posibles “futuros” del género rey para la industria editorial que, dicho sea de paso, se alimenta de las ganancias que generan las ventas de libros. La cuestión, aquí, puede quizá zanjarse otorgando a cada uno su porción de “verdad”: quizá la novela se transforme progresivamente y ofrezca un rostro muy distinto al actual y, asimismo, con ello podremos conservar a salvo nuestra muy natural gana de perseguir historias que sacien la más exigente curiosidad.

Del mismo modo en que nuestra generación, tal vez, no vea extinguirse el libro “de papel”, es altamente probable que tampoco contemplemos un “final” para la novela tal como se ha desarrollado desde los inicios de la modernidad (sea que ubiquemos su origen en la obra maestra de Cervantes o, para la lengua inglesa, en el libro más conocido de Daniel Defoe); hoy día, el mercado mundial del libro se asusta un poco con “saturaciones” que, alegan, podrían dar al traste con su negocio pero, con todo, podría también reservar un horizonte promisorio en cuanto al desarrollo de formatos que multipliquen las estrategias narrativas (y, así, sus anheladas ventas).




A lo mejor, lo que preocupaba (o molestaba) a Roth era el hecho incontrovertible de que los lectores de antaño (a los que se dirigió siempre, quiero creer) prácticamente no existen ya, porque para una industria que ha ido perdiendo la tradicional figura del “editor” como filtro de relativa calidad y que privilegia temáticas y campañas de mercadeo en función de recuperar sus inversiones, ha conseguido acelerar el desarrollo de lectores cada vez menos demandantes (algo que, sin duda, causa escozor a más de un autor “reconocido”).

La lectura y nuestras formas de acopio y comprensión de conocimientos no dejarán de cambiar, eso es cierto, pero eso no significa que debamos perder la fe en que el “hambre de historias” (a la que Auster hace referencia) habrá de mantenerse. Si los nichos de mercado se agotan, si algunos géneros literarios dejan de ser atractivos o si colapsa la industria editorial, nada de eso importa si el espíritu crítico de Roth –o de otros muchos– pervive en libros que puedan escribirse y llegar después a nuestras manos para ayudar a comprendernos mejor.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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