Basura celeste: Shakespeare, elusivo y determinante

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Por Ricardo Solís
Para algunos, no es desconocida la frase en la que el notable crítico literario Harold Bloom dice que, de haber un dios, “su nombre es William Shakespeare”; asimismo, cualquier interesado en el tema se ha asomado a una de sus obras más célebres, Shakespeare: la invención de lo humano (1998), en la que se refiere a las 38 obras conocidas que conforman el legado del Cisne de Avon. Un poco en ese sentido se desarrolla un libro –diferente y mucho más breve– escrito por el novelista canadiense Stephen Marche (Edmonton, 1976) que, bajo el título de Cómo Shakespeare lo cambió todo (Taurus, 2014), reúne una serie de escritos en los que persigue demostrar la influencia desmedida y global que el trabajo del dramaturgo inglés tiene sobre nosotros.

En términos muy similares a los de Bloom –a quien jamás cita o refiere en sus textos–, Marche se embarca en develar la influencia “total” de Shakespeare en diferentes hechos históricos y concepciones que “han moldeado nuestro mundo” con mayor preponderancia (pero “sin proponérselo”) que cualquier inventor, descubridor, político o líder religioso que haya existido jamás.




Como maestro de profesión, Marche tiene el acierto de enfocar su libro desde una perspectiva didáctica; sus capítulos son breves, se centra en los hechos conocidos y probados, evade la pontificación académica y, sobre todo, se apoya en un estilo más parecido a la parábola que al ensayo tradicional, lo que brinda a su obra un carácter de ligereza relativa que permite leerla con fluidez.

De esta forma, en Cómo Shakespeare lo cambió todo, se nos relatan numerosas historias que, de acuerdo con el canadiense, dan cuenta del peso del universo creado por el bardo inglés en sucesos como el asesinato de Abraham Lincoln, el desarrollo de la teoría psicoanalítica por parte de Freud, la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos, los avances de la tolerancia racial, la “invención” de la adolescencia o el desastre ecológico que significó introducir cierta especie de ave en este continente.




Para nadie es un misterio que Shakespeare es, a partir del siglo XIX, el dramaturgo más popular del planeta, un fenómeno que sólo abona al grado de influencia que Marche le concede; además, otras curiosidades que abonan al interés por este libros son que el autor no deja de abordar el célebre “desprecio” que Tolstoi manifestó por las obras del inglés, así como la controversia en torno a la siempre elusiva identidad del bardo (que se despacha de forma contundente y sencilla).

Más allá de la admiración o reserva que la obra de Shakespeare despierte en nosotros, lo que sorprende es cómo –gracias a este libro– podemos descubrirnos como “producto” de su talento a más de cuatro siglos de distancia respecto de su muerte. Lo mismo que Marche, si nos acercamos a la breve pero determinante obra del Cisne de Avon, es probable que concluyamos con él que “es insondable. Siempre hay más. Sus profundidades son abismales” (pero, en el fondo, “algo” nos dejará intuir que su trabajo no deja de vincularse con nosotros).




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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