Imágenes urbanas: La Casa Feliz

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
Estaba atento, sentado en la sala principal del burdel, mirando aquel cuadro de sus recuerdos. La música, las pláticas a gritos, las carcajadas, el humo de cigarros, los ruidos de sillas y botellas, todo, inundaban el ambiente.

Los recuerdos se le dejaron venir como algo muy lejano, el regreso de la luna de miel, la alegría de su esposa que no tenía límites al abrir los regalos de boda: juegos de cubierto, vajillas, sábanas, una colcha, tazas, vasos, porta-retratos, un exprimidor eléctrico, una licuadora, sartenes y hasta un revistero. Había un regalo plano, grande de un metro por metro y medio con un gigantesco moño color de rosa envuelto en papel dorado con cupidos por todas partes, se trataba de una pintura de Meño Rivera.




La pintura se llamaba “La Casa Feliz”, se trataba de una casa de campo con su chimenea, árboles verdes la rodeaban, animales y aves diversas, montañas cubiertas de nieve y un riachuelo en donde brincaban unos pescados.

Vivirían en un fraccionamiento y platicaron mucho sobre la pared para “La Casa Feliz”, al final se decidieron por la recamara matrimonial, justo enfrente donde dormirían para verla permanentemente y así reforzar su bienestar futuro.

Pasó el tiempo y “La Casa Feliz” allí, al frente, cada que la miraban le encontraban más detalles, imaginándose a la familia de adentro, a lo mejor andaban en la montaña, esquiando; o a lo mejor río adentro, pescando; o tal vez habían ido a un pueblo cercano, de compras.




Habían decidido aplazar la llegada de los hijos, querían enyesar la casa, hacerle una recámara en la parte de atrás, bardearla, las rejas, los muebles y demás, y en los recesos de su entrega amorosa miraban y hablaban sobre “La Casa Feliz”.

Él en la embotelladora, ella en la maquila, el tiempo siguió su curso y así pasaron tres años cuando tuvieron las gemelitas, luego a los dos años otro bebé, hombrecito.

Él siguió en la embotelladora mientras que ella se dedicó de lleno al hogar, es que había que criar, los gastos iban en aumento y la estrés hizo acto de presencia, hasta que nuevamente optaron por seguir trabajando los dos.




Luego vinieron las carreras por el cuidado de los niños, también llegaron los reclamos y los celos: “¡Casi no estás con los niños, ni sentí a qué horas llegaste anoche!” “¡Es que necesitamos dinero, trabajé horas extras y me dejaron hasta lo último cuando repartieron al personal en sus casas!”.

Los desacuerdos fueron en aumento, cada quien ganaba por su lado, los niños conocieron de muchos brazos, las nanas empezaron a protestar, los parientes y el barrio criticando, y “La Casa Feliz” observando.

Un mal día, aquel maldito día, cuando llegó a su casa del trabajo ni los niños ni ella estaban, encontró un escrito en la mesa del comedor donde su esposa le decía: “No nos busques, nunca nos encontrarás”.




Le llegaron noticias diversas pero ni sus luces tanto de ella como de los pequeños, parecía como si se los hubiera tragado la tierra, lo que más le dolió fue cuando se enteró que se había ido con un supervisor coreano de la maquiladora.

Y empezó la difícil tarea de vivir a fuerzas, de luchas contra los resentimientos para salir del infierno en que se encontraba y dejar de sentir aquel dolor tan fuerte que lo inundaba todo, todo, hasta en las uñas.

Noches eternas mirando el cuadro de “La Casa Feliz”, en ocasiones lleno de rabia estuvo a punto de romperlo y tirarlo a la basura, pero no lo hizo para enfrentar sus corajes.




Un día, cuando la tormenta de la traición había disminuido, invitó a su casa a una sexoservidora la cual, al ver la pintura, se interesó en ella de inmediato: “¿En cuánto me la vendes?”, preguntó. La respuesta: “Es tuya por tres noches”.

Y el cuadro de “La Casa Feliz” cambió de dueño, ahora sirve de adorno en la pared de la sala principal allí donde el amor es mercancía y las penas se ahogan con licor.

El burdel se ha vuelto famoso, ahora es conocido como “La Casa Feliz” y allí estaba él, mirando en silencio a través del humo de cigarro a la casa con su chimenea, con árboles y animales por dondequiera, con montañas cubiertas de nieve y un riachuelo donde brincaban unos pescados, y como en un sueño trataba de imaginar que la familia de adentro andaba en la montaña, esquiando; o a lo mejor río adentro, pescando; o tal vez de compras, comprando.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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